LAS MEJORES HISTORIAS DE 2014

Empezamos con "Viaje al interior de nuestro cuerpo". La profesora de Biología nos lanzó el reto de escribir un relato en que demostráramos nuestro conocimiento de fisiología humana, de todos los presentados compartimos con vosotros este de David Cuadrado. Seguro que os encantará



“EXPLORANDO UN NUEVO MUNDO”:
Europa, Suiza, Ginebra,  C.N.E.A. (Centro Nacional Suizo del Estudio de la Anatomía), 09:24.
El laboratorio llevaba abierto varias noches. El suceso daría lugar en unas horas y, con la ayuda de los mejores científicos de Europa, todo saldría bien.
Acababa de llegar y ya se veía un inmenso alboroto en la sala principal. Incontables pantallas de muchos colores decoraban aquel lugar. Los científicos e investigadores –la mayoría vestidos con batas blancas- recorrían los pasillos nerviosos y sudorosos, volvían con kilos de folios, otros estudiaban en los paneles de control…
Anduve varios kilómetros (aquello era gigante) hasta uno de los despachos del director del experimento: Tom Hackleberry. Allí me esperaba él –un hombre serio, con el pelo blanco y el ceño fruncido. Vestía como siempre, un pantalón a juego con su chaleco y una camisa azul remangada- y Michael Jones, uno de los mejores militares de Inglaterra. Un hombre cuarentón, serio, pero con un extraño sentido del humor, disciplinario y duro. Era un hombre difícil de entender. Ambos dejaron de discutir y me miraron extraños.
-¿Qué haces tú aquí? –preguntó el director dando un golpe en la mesa.
-S… señor director –dije tartamudeando-, anoche me llamó y me dijo que viniese hoy a primera hora de la mañana…
-¡¿Y crees que estas son horas de venir?!
-Deja tranquilo al chico –intervino Michael-. Seguramente se haya dormido, ya está. Además, aún quedan ocho horas para el proyecto –me guiñó un ojo.
Cambié de tema:
-Por cierto, señor director, ¿por qué tenemos que entrar tan tarde?
-Simplemente porque si os inyectásemos unas horas antes, ¡habría problemas! –Se puso aún más rojo. Parecía que iba a explotar…
El capitán Michael dio un paso hacia delante.
-Lo que el jefe quiere decir es que la hora pensada para la inyección es sobre las 17:00, ya que si nos metiesen antes, el estómago seguiría en proceso de digestión.
De lo que hablaban era del proyecto que los suizos llevan pensando desde años muchos años: la idea de explorar el cuerpo humano desde dentro era de gran interés. Y aunque las cámaras estaban bien, el poder modificar los órganos a través de nosotros mismos (y sin necesidad de utilizar medicamentos) era perfecto.
C.N.E.A, 10:02
-El señor director se ha enfadado un poco, ¿no? –dije yo mientras caminábamos por los pasillos, yendo hacia la salida.
-No, déjale –contestó Michael sin preocupación-. El viejo está muy cascado, y más aún con este proyecto que lleva diseñando desde hace casi tres décadas.
Afuera, el capitán sacó un puro del bolsillo y lo encendió con un mechero.
-¿Fumas?
-No, gracias.
-Oiga, ¿podría hacerle una pregunta? ¿Es esta la primera vez que…? Ya sabe…
Me miró y, sonriendo, escupió una gran nube de humo a mi cara. Tosí, algo molesto.
-¿Tú no te enteras mucho, verdad?
Negué con la cabeza, aún con el humo atacando a mis pulmones.
-Hace veinticinco años, un equipo de Estados Unidos le “robó” la idea al jefe. Tras unos pocos años, nada comparado al trabajo de Tom, consiguieron diseñar una cámara con control remoto. Que sería miniaturizada e inyectada en un conejo. Por problemas que no puedo contar –me hecho una mirada asesina-, hubo un problema, y el “submarino” conducido por un tal piloto llamado Pendelton fue inyectado en un hombre. Eso es lo único que te puedo contar, chico.
-Y… ¿todo salió bien? –pregunté confuso.
-Sí, claro. Pero tranquilo, chico, ellos eran americanos, unos ignorantes. Nosotros llevamos a un gran equipo Europeo, con los mejores.
C.N.E.A. 15:15
Esperaba aburrido, andando por las salas del Centro. Ya llevaba el molesto traje: un mono naranja, con el interior térmico, unas botas que me llegaban hasta las rodillas. Sólo me faltaba el casco de Darth Vader. Como complemento una chapa en el pecho de la bandera de Suiza y otra de Europa; las doce estrellas.
Olisqueé un olor sabroso.
Grasa. Hamburguesa con doble queso. Patatas fritas.
Fui directo al comedor. Un salón enorme con varias mesas redondas, donde muchas personas descansaban engullendo comida. En efecto, unas hamburguesas del McDonalds, algunas patatas recalentadas y cafés para mantenerse despiertos. Cuando terminaban dejaban las bandejas en el cubo de la basura y se iban deprisa a su trabajo de nuevo. No podía más.
Me acerqué a la cocina y abrí el frigorífico para intentar llevarme alguna que otra cosa a la boca.
-¡Bingo! –encontré una tableta de chocolate. Y justo cuando iba a morder una onza…
-¡Quieto! –dijo una voz detrás de mí- ¿Es qué quieres retrasar el proyecto?
Era un hombre de mediana edad. Delgado, con el pelo grasiento y repeinado. Llevaba una camisa sudada de algunos días y, como la mayoría de todos, unas grandes gafas.
Me estrechó la mano.
-Encantado, soy Peter Darling. Encargado de diseñar la estructura de la cámara –En efecto tenía un exagerado acento británico.
-Yo soy Rod Stuart, elegido para el proyecto.
-Lo sé. En fin… ¿nervioso?
Me sacó amablemente de la cocina. “Pufff, cómo huele a sobaco sudado”, pensé.
C.N.E.A. 16:40
El superior Michael y yo íbamos directos. Nos seguían decenas de hombres, quienes nos preparaban para el “lanzamiento”. Pero eso no era lo peor, sino que algunas cámaras de televisión nos entrevistaban sin dejarnos paso. Me sentía como Neil Armstrong.
-Hace algunos años, un equipo estadounidense intentó en vano recrear la idea de ustedes, ¿creen que esta vez funcionará? –preguntó un periodista del canal Telebasel.
-¿Es su primer trabajo aquí, señor Stuart? –decía otro que, según mi opinión, ya debería haberse jubilado hace unos años.
Michael se paró en seco.
-¿Podrían dejar de hacer preguntas estúpidas? –dijo con un tono borde.
Bajamos unas escaleras metálicas y continuamos por la planta más baja. Cada vez hacía más calor… Giramos por un pasillo iluminado únicamente por unas luces tenues que enfriaban el ambiente. Al final, una gran puerta protegida con una seguridad impresionante nos esperaba.
Medía unos cincuenta centímetros de grosor, el escaparate estaba blindado, y por último, una pantalla a la derecha pedía los datos menos comunes que había visto en mi vida. Michael colocó la palma de su mano y el monitor se encendió. Soltó una especie de flash, como esos que hacen las cámaras fotográficas y una voz monótona dijo:
-Nombre completo, por favor.
El superior se colocó recto y contestó:
-Michael Jones, superior militar del Ejército Británico de Submarinismo –y concluyó con un saludo militar.
El pasillo se apagó y una gran bombilla roja se encendió. Me recordaba a aquellas sirenas de policía. La puerta se abrió dejando oír un sonido eléctrico. Al entrar, la puerta se cerró de golpe.
-Bienvenido al núcleo del proyecto, chico.
No pude contenerme y soltar un “Guau…”. Me quedé asombrado por lo que me rodeaba: una gran sala sin ventanas (excepto el techo, que estaba construido de cristal), pares y pares de escaleras metálicas que resonaban continuamente mientras muchas personas con micrófonos y carpetas en las manos subían y bajaban. El calor se debía a la increíble piscina que se encontraba en el centro y que desprendía un vapor espeso. Pero eso no era la guindilla. Un cacharro de forma esférica y metálica flotaba en el centro. Solamente veía una escotilla por la que entrar o salir (eso me recordó mi claustrofobia que tenía desde mi infancia) y un parabrisas que permitía una vista casi panorámica. En la parte delantera, a ambos lados, aparecían dos enormes focos de una potentísima luz.
-¿Qué te parece, eh, chico? –me dijo el superior Michael dándome un amistoso golpe en el brazo y recogiendo un maletín.
Me quedé sin habla.
Durante mis estudios en la Universidad de Oxford, desde el principio hasta el fin, había estado en muchos centros de ingeniería submarina, militar y de navegación, y no tenía ni la menor idea –basándome en mis conocimientos científicos a nivel de anatomía- de cómo todo aquello serviría para un experimento como el que íbamos a realizar.
-No, esto no puede ser… -Quizás no me había informado bien.
Bajamos y me colocaron un enorme casco de un peso casi mayor al mío similar al de un submarinista o un astronauta mientras me explicaban el uso del Cell Ferrum (en latín Célula de Hierro). No conseguí captar casi ningún dato del monstruoso cacharro en el que me iba a montar.
Momento clave: los científicos corrieron a sus puestos, activaron sus micrófonos y retocaron algunos datos en su ordenador. “¿Ready?” dijo una voz femenina.
Ambos nos metimos muy seguros (al menos el superior Michael) al cilindro metálico. Seguido del superior de la marina, entré en la escotilla mirando fijamente cómo la cerraba desde dentro.
El interior era acogedor. Un sitio oscuro con dos asientos. Delante, miles de botones relucían y se apagaban. Eran incontables. Detrás había dos trajes de submarinismo con sus respectivas bombonas de oxígeno, por si algún problema ocurría… En una compuerta se encontraban, además de algunos alimentos básicos, unos sobres con nombres como LECHE EN POLVO, PATATAS FRITAS EN POLVO, PROTEÍNAS EN POLVO. Algo que no me hacía mucha gracia.
Ya era el momento. Nos sentamos en nuestros respectivos asientos           
-acolchados con un material de seguridad- y nos abrochamos los cinturones. Me fije en el botón que más me llamó la atención; uno que decía PUSH IN CASE OF EMERGENCY. La voz femenina volvió a hablar:
- Ready to start the “Cell Ferrum” in 10, 9, 8, 7… -la cuenta atrás.
-¿Preparado, chico? –preguntó el superior Michael con su habitual guiño de ojo.
- … 4, 3, 2, 1… ¡Zero! –Entonces ocurrió.
Pude apreciar cómo, en una velocidad extremadamente veloz, unas jaulas cerraban la piscina, el agua soltaba burbujas, el “Cell Ferrum” se giraba en posición vertical y se sumergía.
¡¡¡ BUM !!!
Una especie de explosión en el agua. Cerré los ojos mientras sentía mi estómago girar. Todo daba vueltas. Era como una aguadilla multiplicada por cien.
Y perdí el conocimiento…
                                   .                       .                       .
La sala estalló en aplausos de los científicos tras un sobrecogedor silencio.
-Ladies and Gentleman, in principle, the “Cell Ferrum” project has been result good –que quería decir “Señoras y Señores, en principio, el proyecto “Cell Ferrum” ha resultado bien”.
La piscina comenzó a vaciarse mientras un pequeño remolino se movía en el centro. En el fondo, un filtro con una capacidad ultra extrema de ultimísima generación recogía los “restos”. Entonces los limpiaban y se analizaba la microscópica nave.
En unos minutos de tensión consiguieron encontrar un puntito identificado. Rápidamente, y tras desinfectarlo, lo metieron en una jeringa y la llevaron con cuidado en una bandeja metálica.
En otra habitación, un hombre de aspecto musculoso, con facciones varoniles, con una edad media y, de aparente salud, esperaba en una camilla. Ya se había quitado la camiseta y le acababan de insertar una goma en el bíceps, en la parte anterior de la vena.
-¿Preparado?
El hombre asintió. Durante un par de años antes se había presentado voluntario para diferentes pruebas médicos de experimentación. Unos meses antes le habían hecho una llamada telefónica para informarle sobre un proyecto que llevaba diseñándose casi treinta años atrás. Por supuesto se ofreció. Había sido víctima de muchas pruebas: desde innumerables radiografías, TACs y resonancias hasta pinchazos en zonas muy dolorosas…
Sin más dilación, la mujer se colocó unos guantes de látex, haciendo algo de presión, jeringó una dosis completa de suero junto con extra de célula metálica.
Luego se tumbó y le ordenaron que se relajase. La sangre tenía que fluir a una velocidad normal…
                                   .                       .                       .
…..
Una potente luz blanca me iluminó la cara por completo. Haciendo un esfuerzo conseguí abrir poco a poco los ojos algo mareado.
-¿E…estoy muerto?
Ante mi parabrisas visualicé una imagen. La primera imagen de un nuevo mundo: Un gran camino de extrañas formas irregulares de color rojo. Se movían y flotaban en un líquido viscoso.
Sangre.
-¡Sangre! ¡Sangre! –Salté de mi asiento-. ¡Es sangre! ¡Estamos flotando entre glóbulos rojos! ¡Funciona!
Alguien gimió a mi lado. Era el superior Michael Jones, despertando de su inconsciencia. De repente se volcó bruscamente y puso las manos en el timón de rumbo.
-¿Hemos entrado ya?
-Sí contesté sonriente-. Superior, nos encontramos en una vena, navegando entre glóbulos de camino al corazón.
Con su saludo militar añadió simplemente:
-Buen trabajo... ¡Y ahora, manos a la obra!
Durante varios minutos –que aunque se me hicieron eternos, fueron los más felices de mi vida- atravesamos la misma vena, encontrándonos de vez en cuando con alguna forma similar, aunque de tamaña más grande y de color blanco. Al mando de Michael, intentábamos no chocar con ninguna pared de la vena. Pues esta era más frágil que el de las arterias.
Tiempo más tarde la presión aumentó, al igual que la velocidad del circuito. Pudimos apreciar a lo lejos unos latidos que cada vez resonaban más fuerte.
-Nos acercamos al corazón –dije yo-. Gire, superior, para mantenernos más cerca de las venas cavas.
Giramos a la izquierda y notamos bastante la presión.
-Dios mío, ¡¿qué ocurre?! –gritó el superior tapándose los oídos.
Le expliqué básicamente el recorrido que haríamos si todo salía bien. Ahora nos dirigíamos derechos a la aurícula derecha. Cuanto más no adentrábamos, más oscuridad había. Nos retumbaban los oídos.
-Encenderé los focos.
Ahora la vista era mucho mejor, y gozábamos de un paisaje genial.
Como un torbellino inesperado, entramos a toda velocidad hacia el corazón. Nos iba a tragar.
-¿Y ahora qué hacemos? –Aunque no le pareciera y lo intentase disimular, el superior Michael estaba aterrorizado. Me pareció una escena extraña, cuando habitualmente yo era el miedica y él un hombre fuerte.
-Tranquilo, sólo vamos a entrar hacia el corazón.
-¡Pero si vamos directos a la muerte!
-Es algo natural, superior. El corazón, a la vez que traga, escupe –le explique simulando un músculo cardíaco con las manos.
-¡No! ¡No me alisté en esto para morir tragado por un estúpido corazón!
Pulsó un botón e hizo una maniobra de esas que sólo se ven en las películas. Con toda la fuerza que podía, giraba el timón a trescientos sesenta grados mientras unos brazos metálicos que sobresalían de la parte delantera se agarraban a las paredes de la vena.
-¡No, detente! –No me imaginaba que hubiese dicho eso- ¡Si sigue así puede romper las paredes!
Algo ocurrió que nunca me imaginaría que ocurriría: me obedeció. Al decir esas palabras, el superior me miró y contestó:
-Está bien, tú eres el experto, chico –y pulsó otra vez el botón. Los brazos se soltaron de las paredes venosas y nuestra nave siguió su camino.
La verdad es que estaba bien que uno de los mayores capitanes de las Fuerzas Militares Británicas me obedeciese. El ser uno de los científicos más jóvenes del mundo, y con una capacidad de 162 sobre 100 estaba bien, era una ventaja.
Entramos por fin en el corazón que, aunque teníamos los focos encendidos, no dejaba ver a más de dos milimicras. Pero algo nos volvió a fallar. Algo nos detenía.
-¡Oh, ¿y ahora qué?!
Nos dimos cuenta de que los brazos metálicos se habían quedado aún enganchados al miocardio. Tirábamos de él mientras este se movía involuntariamente, causando así los propios latidos que nos transportaban.
Cada vez había más velocidad y más fuerza. Tras unos minutos, una brecha comenzó a abrirse en el tejido muscular. Y cuanto más tirábamos más se abría.
Se podía notar cómo el corazón hacía un sobresfuerzo.
-Maldición… -suspiró el superior Michael enfadado.
                                   .                       .                       .
El paciente saltó de la camilla.
-¿Qué ocurre?
Se puso la mano en el pecho y miraba hacia el suelo asustado. Respiraba entrecortadamente, sintiendo unos terribles y dolorosos pinchazos que nunca antes había sentido.
-E… el pecho. M… me duele….
-Tendrás que tranquilizarte. Bombeas demasiado rápido.
Volvieron a tumbarle en la camilla mientras le tomaban el pulso.
-Cien –decía una doctora mientras otra apuntaba en una hoja.
-¿Podría darle una taquicardia?
-Puede haber posibilidades –dijo mirando seria a la otra.
Cogió la mano del paciente.
-Escúchame. Relájate, tranquilo, vamos…
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Conseguimos –a base de algunos gritos y unos cuantos esfuerzos- desenganchar el brazo que había dejado un leve pero importante desgarre muscular.
-Ahora tranquilícese, superior. Déjese llevar por la sangre.
-¿Qué me tranquilice? –Se levantó furioso de la silla- Casi somos tragados un maldito corazón. Mira chico –me puso la mano en el hombro-, he visto mucha, mucha, pero que mucha sangre en la guerra… pero nunca tanta como en este maldito viaje.
Durante el rato que pasamos estuvimos relajados y hablando. Charlamos sobre nuestras cosas, nuestros trabajos, nuestros estudios. Él me contó de sus aventuras, sus heridas de guerra y de todos los compañeros que había perdido. Yo solamente le hablé de cómo conseguí mi beca para entrar en Oxford, como nació mi amor al cuerpo humano y cómo me convertí en uno de los científicos anatómicos para jóvenes del mundo.
Ya acostumbrados a la presión, nos disponíamos a descansar y tomar algo. Michael se levantó para ir a por algo de comida cuando…
-¿Y ahora qué ocurre?
Chocamos contra una pared. Simplemente giramos.
-Ya estamos en el ventrículo derecho. Ahora, directos a los pulmones…
Seguimos un recorrido más o menos normal. Junto con la sangre cargada de oxígeno, llegamos a la arteria pulmonar. Era bastante más ancha que las venas por las que habíamos pasado anteriormente. Las paredes eran mucho más gruesas (lo supimos porque chocamos contra una de ellas).
-Nos encontramos yendo hacia los pulmones –dijo el superior pulsando un botón-, acabamos de pasar por la…
-Arteria pulmonar –respondí.
Esperamos unos segundos y un hombre nos contestó con un simple “De acuerdo, seguid así. Os estamos vigilando en todo momento”, que seguramente sería algún científico.
Conseguimos llegar y salir del túnel. Entramos en un pulmón.
Era grande –mucho más grande que el corazón-, solitario y lleno de aire. Seguramente esta sea la descripción más acertada, puesto que en general sólo había eso; aire. Por lo que pudimos ver, los pulmones eran efectivamente de tejidos esponjosos. No dejaban salir el oxígeno de allí, pero lo mantenía fresco.
-La pleura… -suspiré maravillado.
El paciente inhaló y volvió a respirar. Como un tornado, el dióxido de carbono comenzó a salir mientras que el oxígeno se mantenía. Algo similar a un globo. Observábamos agarrados con un método dentro del “Cell Ferrum” para no salir disparados, como en un par de segundos, el dióxido de carbono ya no estaba. Los pulmones volvieron a hincharse. Y nuestro huracán de dióxido de carbono volvió a interrumpirse algunas veces.
-Creo que ya es suficiente. Volvamos a otro lugar.
Pensamos en ponernos al fondo del pulmón, pero por razones obvias que expliqué al superior de la marina, preferíamos colocarnos en la “boquilla”, es decir; la salida.
Directamente, el paciente respiró y salimos muy veloces hacia la boca, pero gracias a los reflejos y la preparación del superior Michael Jones, nos desviamos:
Poniendo la nave en estado de “ VERY HEAVY POWER “ (“ POTENCIA MUY FUERTE “), y tras casi dos horas de aburrimiento total, conseguimos ir a contracorriente, luchando contra la propia sangre. Lo más difícil fue pasar por alguna que otra válvula, la cual solamente estaba para que el líquido homogéneo (la sangre) fuese en una sola dirección. Por suerte lo conseguimos y nos pudimos meter en una arteria que nos llevaba directa a algún órgano.
-Veamos… -dije yo-. Vamos hacia… -tras pensar un rato subí la cabeza y grité- ¡la cabeza! ¡Vamos hacia la cabeza!
-Tranquilo, chico. Sólo es la cabeza.
-Lo siento, Michael… digo; Superior Michael, pero es que el cerebro es un órgano muscular que el hombre lleva estudiando desde miles de años, y entiendo perfectamente que para usted sea sólo un trozo de mil trescientos gramos, pero para nosotros los descubridores científicos, es algo más.
-Lo comprendo –me contestó-. Pues entonces, ¡al cerebro!
Dio un suave volantazo y giró. Luego se dejó llevar por la sangre, junto con otras sustancias. Estuve todo el viaje pensando en todas las personas que habían soñado con adentrarse –además de psicológicamente- en el cerebro. Un órgano muscular dividido en varias partes. ¡Era magnífico! Como una torre de control de una fábrica.
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-¿Dónde se encuentran?
-Ahora mismo van de camino hacia su cabeza –contestó una científica algo mayor que los otros. Vestía una bata blanca, tenía algunas arrugas y tenía un gesto serio y algo marimandón.
Señaló un panel que simulaba el cuerpo del paciente. Una lucecita parpadeante subía lentamente hacia el cerebro.
Las tres mujeres que permanecían en la pequeña habitación observaron a través del escaparate a todos los trabajadores que se encontraban en su labor. Recorriendo los pasillos, generando datos con los ordenadores, programando todo para que vaya bien.
-Señora  Hélèna –dijo de repente el paciente-, ¿pueden provocar algún cambio en mi mente?
La mujer francesa se acercó lentamente hacia él.
-Señor Albert, llevamos mucho tiempo en este proyecto. ¿Cree usted que le hubiésemos llamado para que en nuestra primera experimentación le provocaran cambios en su cerebro?
-No lo sé –contestó dudoso-. Pero, puede a ver un fallo, ¿no es así?
-Efectivamente, si no tienen cuidado, pueden cambiar su personalidad, sus pensamientos o su memoria… Pero no creo que eso ocurra. Quédese usted tranquilo. Prosigamos con nuestro trabajo, señor Albert, tenemos mucho que aprender de su cuerpo…
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A través de finas túneles conseguimos llegar a un lugar bastante grande. Decorado completamente con billones de “cables”, comunicaciones, venas e hilos entrelazados entre sí.
-¿Hacia dónde giro, señor Stuart? –preguntó Michael.
Había tantas cosas que elegir: por una parte, teníamos la oportunidad de viajar al globo ocular (más conocido como ojo) para poder visualizar una imagen del paciente, conseguir comunicar sus finas venas con nuestra nave o provocar a la glándula lacrimal. También nos podíamos dirigir al oído, para –al igual que con los ojos-, comunicarnos e intentar generar una conexión o investigar más sobre la sordera. Los reflejos, la vista de colores, porqué vemos uno y otros no, los sentidos… Habían TANTAS cosas.
-Recto. Vamos al cerebro.
Nos introducimos en un lugar extraño, muy extraño. De tejidos rugosos y musculosos. Con líneas diferentes que separaban diferentes, circunvoluciones y  hemisferios.
Pude apreciar mientras rodeábamos la zona el cerebelo, una importante zona situada en la zona trasera del cerebro, el cual ayudaba a coordinar los movimientos.
Una voz sonó en el altavoz de la nave:
-Superior Jones, señor Stuart… -algunas interferencias- precaución… falta de oxígeno… volver cuanto antes…. Superior Jones, como hablamos… salida… por el aparato excretor…
Nos miramos en silencio.
-De acuerdo, tenemos que volver –dijo el superior, dando marcha atrás.
-No, espere un momento, superior. Por favor…
Michael hacía caso omiso. Ni siquiera me miraba.
-Obedezco órdenes de mis superiores, no de usted, señor Stuart.
-Por favor, ¿sabe usted lo que es esto? ¿Un nuevo mundo, infinito de nuevas investigaciones, más cosas que aprender, ayudar al hombre?
-Me gustaría, pero no.
Sin mi ayuda se metió en una vena para volver al corazón. Pulsó otro botón: “ AUTOPILOT “ ( “ PILOTO AUTOMÁTICO “).
-No, podíamos haber entrado por el sistema óseo. Para observar el interior de los huesos, estudiar el comportamiento de la reproducción de sus células…
-Cállese, señor Stuart –Esta vez su tono era mucho más serio-. He venido a cumplir una misión,  ya está cumplida. Se lo vuelvo a repetir por última vez, obedezco a mis superiores, no a un pelele como usted.
Me quedé callado y sentado en un rincón, imaginando todo lo que podríamos haber hecho. Podríamos ir por el aparato reproductor, tanto femenino como masculino, que era la diferencia principal de ambos cuerpos. Pero no… nos íbamos a casa, después del maravilloso viaje que habíamos pasado.
La verdad: había sido un bonito viaje.
Llegamos al corazón tras unos tristes minutos. Durante el camino no hablamos en ningún momento. Nos acercábamos más.
-¿Hacia dónde, Stuart?
-Únase a la aurícula izquierda –contesté desanimado.
Pasamos al ventrículo izquierdo también. Nos preparamos en nuestros asientos y, cuando había suficiente sangre, salimos impulsados por la gran arteria aorta. Un túnel gigante, de gran diámetro (en comparación con las anteriores).
Viajamos entre la sangre que llevaba partículas y partículas de oxígeno para repartirlo por los órganos. El tiempo siguiente era monótono e igual. En todo momento seguíamos el camino sin nada que decir.
-          40% de oxígeno –anunció una voz en off.
Por fin desembocamos ante el estómago. Un lugar muy parecido al pulmón, excepto que este constaba de varios líquidos, era más grande, daba mucho más miedo y engullía todo lo que estaba dentro. Y, en efecto, nosotros estábamos dentro.
Al encender los focos, vimos al fondo, como si sobrevolásemos un gran mar desde un helicóptero, un lago burbujeante de un color verdoso.
-¿Qué es?
-Los deshechos –contesté mirando el mar con cara de asco-. Los deshechos junto con ácido; una sustancia que elimina y deja que todo se “digiera” mejor ahí abajo. Pero, ¿cómo demonios pasaremos a través del píloro sin… morir deshechos?
-Tranquilo, Stuart –Volvió a pulsar uno de los muchos botones que había.
La nave, de material sólido (metal, hierro, entre otros materiales más específicos para dar mayor seguridad…), se cubrió con una capa metálica blindada.
-Ahora sí.
Como una especie de araña, bajamos hasta el mar de ácido –que si no fuera por la capa, ya nos habría derretido- y nos dejamos flotar. Nos sumergimos hasta llegar abajo y esperamos un buen rato a que este se abriera.
-Ya no aguanto más –dijo el superior Michael impaciente. Empujamos hacia el píloro y empezó a abrirse, como una válvula.
Finalmente, y muy felices, proseguimos junto con las heces hasta abajo, pasando por el duodeno. Nos adentrábamos casi al intestino delgado, cuando…
-Oh, no.
-Mierda… -gritó el superior dando un fuerte golpe.
-En efecto, es mierda.
Las heces se mantenían algo unidos y, al parecer, les costaba pasar. Os juro que fue una imagen especial, pero prefiero no daros detalles.
-¿Un cólico? –preguntó.
-No lo creo. Más que un cólico, parece ser un quiste…  De bastante tamaño –añadí.
-¿No podemos pasar entre las mier…?
-Heces le corregí-. Llamémoslas heces. No, sería peligroso. Además, costaría mucho pero que mucho tiempo salir por el aparato excretor hasta la luz?
-¿Entonces qué demonios hacemos?
Me quedé pensando. ¿Cómo podemos salir sin tener que utilizar el aparato excretor –el ano para ser más exactos-, habrá algún método de defensa, pero cómo?
Tras un largo rato:
-¡Lo sé!
-¿Cómo?
-La vesícula biliar.
Me miró con cara de no entender nada.
-La encargada de “crear” los deshechos que más tarde desaparecen: la vesícula biliar.
Esta vez la vuelta fue algo más difícil, ya que íbamos en sentido contrario. “Hacia arriba”. De nuevo, como una araña y enganchándonos con cuidado de las paredes estomacales, conseguimos subir hasta arriba, cambiar de dirección e ir a la vesícula biliar.
Allí, en un pequeño sitio, comenzamos a manifestarnos a base de movimientos en ella. Pudiendo ver, por desgracia, el jugo intestinal que formaba con la bilis. Por suerte, algo comenzó a sonar. Por lo que parecía, había funcionado: ¡íbamos a salir de ahí, y vivos!
-          28% de oxígeno –volvió a alertarnos.
                                   .                       .                       .
Albert sintió algo extraño. Le picaba la garganta, le dolía el estómago y tenía ganas de vomitar. Seguramente porque en esos precisos momentos, dos hombres miniaturizados se andaban por ahí removiéndose para intentar buscar una salida rápida.
-Doctoras, tengo ganas de vomitar…
                                   .                       .                       .
Volvimos hacia el otro lado, preparados para salir.
-¿Preparado?
-Preparado.
Como un terremoto, o más bien una ola gigante, los jugos comenzaron a removerse hasta que “explotaron”.
La nave, junto con el vómito viajaba a toda velocidad hacia arriba. Subíamos y subíamos y…
El líquido salió.

Albert sintió un gran y molesto picor en la garganta. Acababa de vomitar un líquido blanco y pastoso junto con algunos deshechos.
                                   .                       .                       .
Los mejores canales de televisión europeos (la mayor parte suizos) acompañados con sus cámaras esperaban impacientes formando un gran ola de preguntas.
-Les informamos de que en estos momentos, la cápsula nombrada como “Cell Ferrum” se dirige hacia una salida bucal. El aparato, que forma parte del proyecto diseñado por el científico suizo Tom Hackleberry fue hace unas horas un éxito al introducirse, al mando del Superior de Fuerzas Militares Británicas; Michael Jones y Tod Stuart, uno de los científicos más jóvenes del mundo, con un conjunto de títulos universitarios increíble, en el cuerpo de un voluntario, quién ahora mismo se encuentra en la zona de pruebas. Les informa Mathew Prats.
-Nos acaban de informar –decía otra cadena televisiva- que han sucedido algunos fallos, pero que nada ocurre. Según los científicos de varias zonas de Europa. En cuanto sepamos más les contaremos. Les informa Susan Grate.
-Noticias de última hora: el voluntario Albert Cheester ha sido modificado por el “Cell Ferrum” para programar una salida  más directa. Ahora mismo uno de los trabajadores del Centro, español, por cierto, se dispone a contárnoslo con más detalle.
Tom Hackleberry interrumpió en la sala. Sudorosa y nervioso, a punto de darle un ataque de nervios.
-¡No, no, no! ¡Nada de datos!
                                   .                       .                       .
En la enfermería atendían a Albert.
Habían rebuscado muchas veces en los jugos del, pero no encontraban a la cápsula metálica.
                                   .                       .                       .
-¡No salimos!
-Algo ha ocurrido. Un fallo, no lo sé, algo… -dije yo muy nervioso.
Nos encontrábamos en la entrada –o salida- del esófago. Enganchados con los brazos metálicos, que no nos dejaban salir.
-Siento todo esto, superior Michael, ha sido mi culpa.
-No, sin usted no hubiese conseguido nada. Y con mi honor le doy las gracias de verdad. Gracias, amigo, gracias.
-Señor superior, yo…
-Señor Stuart, llámeme Michael –me dijo cariñosamente y con una sonrisa. E imitándole le contesté:
-Michael, llámeme Rod.
Los dos nos chocamos las manos y seguido de esto nos fundimos en un abrazo.
-Por si no salimos de esta…
-Michael –le volví a interrumpir-, ¡vamos a salir de esta!
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Las cámaras de televisión, que tras la bronca del director Hackleberry, se habían colado en la sala, esperaban.
-Este proyecto ha significado una nueva época. Desde hace millones de años, el hombre ha estado buscando la forma de facilitar y mejorar la vida. Y hoy hemos podido ver que, a lo largo del tiempo, así es. La industria farmacéutica ha mejorado con el tiempo. Y hoy en día se presenta con algo como esto: Una experimentación que ha creado un antes y un ahora, que mejorará las vidas y que, seguramente podría, salvar muchas de ellas. Demos gracias a todos los investigadores que han podido hacer todo esto.
Era entonces cuando el señor Tom Hackleberry, más calmado, hablaba de su situación laboral, de sus investigaciones y de lo mucho que podría cambiar el mundo.
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-¿Saldremos? –volvió a repetir.
-Saldremos –dije muy seguro.
Hubo un largo silencio de pensamientos y recuerdos del viaje.
-En fin… ha estado bonito el viaje, ¿no?
-Sí, no ha estado mal…
-Vamos, Rod, no disimules. Te ha encantado.
-En realidad sí –dije entre risas-. Y tú, ¿has aprendido algo nuevo?
-Mucho. Muchísimo. Y más contigo.
-Sí… -nos miramos-. ¿Repetiremos, no?
-Esto es sólo el principio de una nueva era en la medicina.
-Entonces, ¿repetiremos?
-Repetiremos. Además, ¿tú no querías ver que si los huesos –comenzó a imitarme-, que si el aparato reproductor, que si el cerebro?
-Sí. Tengo mucho que enseñarte.
Con un 12% de oxígeno, nos pusimos las bombonas. Y nos pusimos a trabajar.
Me encantaría contaros todos los detalles, pero fue algo muy pero que muy impresionante. Mucha intriga, mucho nervio y mucho agobio. Pero os lo resumiré:
Juntos, conseguimos deshacernos de los brazos metálicos y, con la ayuda de nuestra dotes militares e intelectuales –y algo de saliva- conseguimos salir.
¡¡¡ Por fin !!!
¡¡¡ LIBRES !!! Pero repetiríamos, eso sí…
Albert escupió.
En fin, ¡hasta la próxima!
¿¿¿ FIN ???

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