martes, 27 de enero de 2015

PARA SABER MÁS: Canal Historia - El Cid 1/5.wmv

Esta sería la visión histórica



El Cid - Legendario





A esta imagen legendaria, que se corresponde bastante con el Cantar del Mío Cid, le acompañaría el personaje histórico muy distinto del que también hablaremos

domingo, 25 de enero de 2015

Para los actores y actrices del futuro: LISISTRATA

Aquí os propongo la I parte de una adaptación de la divertida comedia de Aristófanes (mañana os cuelgo la II parte). Leedla y planteadme cambios (deberíamos abreviarla para hacer más sencilla la memorización de papeles y para intentar que el espectáculo teatral que estamos preparando no vaya más allá de las 3 horas)
PROPUESTA DE REPARTO:
LISISTRATA: ALBA
CLEONICE: DAYANA
MIRRINA: PAOLA
LAMPITO: MIGUEL
COMISARIO: MIGUEL BURGOS y su arquero JORGE 81º bACHILL)
CINESIAS: OSAS
HERALDO ESPARTANO: ISMAEL
PRITANIS ATENIENSE: ALEJANDRO
LACONIO, embajador espartano: GERMÁN
EL CORIFEO: DAVID
LA CORIFEA: FÁTIMA
CORO ANCIANOS (ÓSCAR, JUAN, ROLANDO, VÍCTOR Y alumnos de 1º Bachillerato)
CORO DE MUJERES (Otilia, Carolina .... y alumnas de 1º Bachillerato)


LISISTRATA DE ARISTÓFANES
LISISTRATA DE ARISTÓFANES
ESCENA I
LISÍSTRATA.: (preoucpada) Como puede ser que todavía no se ha presentado ninguna mujer a esta importante cita. (CLEONICE  sale de su casa.)  Bueno, aquí sale mi vecina. ¡Hola, Cleonice!
CLEONICE. Hola, tú también, Lisístrata. ¿Por qué estás preocupada?  No pongas esa cara, hija mía, LISÍSTRATA:  Cleonice, estoy  muy afligida por nosotras las mujeres, porque entre los hombres tenemos fama de ser malísimas...
CLEONICE: (riéndose) Es que lo somos, por Zeus.
LISÍSTRATA: ... y cuando se les ha dicho a las otras que se reúnan aquí para deliberar sobre un asunto nada importante ¡se quedan dormidas y no vienen!
CLEONICE. Ya vendrán. Difícil resulta para las mujeres salir de casa: una anduvo ocupada con el marido; otra tenía que despertar al criado; otra tenía que acostar al niño; otra lavarlo; otra darle de comer.
LISÍSTRATA:  Pero es que había para ellas otras cosas más importantes que ésas.
CLEOLICE. ¿De qué se trata Lisístrata, el asunto por el que nos convocas a nosotras las mujeres? ¿En qué consiste, de qué tamaño es?
LISÍSTRATA. Se trata de un asunto que yo he estudiado y al que he dado vueltas y más vueltas en muchas noches en blanco.
CLEONICE. Seguro que es delicado eso a lo que has dado vueltas y vueltas.
LISÍSTRATA. Sí, tan delicado que la salvación de Grecia entera estriba en las mujeres.
CLEONICE. ¿En las mujeres? Pues sí que tiene pocas agarraderas.
LISÍSTRATA. Cuenta que están en nuestras manos los  asuntos de la ciudad; si no, hazte a la idea de que ya no existen los peloponesios...
CLEONICE. Mucho mejor que ya no existan, por Zeus.
LISÍSTRATA.... y de que los beocios perecerán todos, por completo. De Atenas no voy a pronunciar nada de ese estilo: adivina tú mis pensamientos. Pero si se reúnen aquí las mujeres, las de los beocios, las de los peloponesios y nosotras, salvaremos todas juntas a Grecia.
CLEONICE. Y, ¿qué plan sensato o inteligente podrían realizar las mujeres si  lo nuestro es permanecer sentadas, bien pintaditas, luciendo la túnica azafranada y adornadas con vestidos y con zapatillas de moda?
LISÍSTRATA. Pues eso mismo es lo que espero que nos salve: las tuniquillas azafranadas, los perfumes, las zapatillas, el colorete y  las enaguas transparentes.
CLEONICE. Y, ¿de qué manera?
LISÍSTRATA. De manera que de los hombres de hoy en día ninguno levantará la lanza contra otro...
CLEONICE.  Entonces, ¡por las dos diosas!, me haré teñir una túnica de azafrán.
LISÍSTRATA.... ni cogerá el escudo...
CLEONICE. Voy a ponerme el vestido recto.
LISÍSTRATA. ... ni el puñal.
CLEONICE. Voy a comprarme unas zapatillas de moda.
LISÍSTRATA. ¿Pero no tenían que estar aquí ya las mujeres?
CLEONICE.  No sólo eso, por  Zeus,  sino que hace ya rato que tenían que haber llegado volando.
LISÍSTRATA. Pero mujer, ya verás cómo resultan ser muy del Ática: hacen todo después de la hora. La cosa es que ni siquiera ha venido ninguna mujer de los costeños ,ni de Salamina. Ni siquiera las que yo esperaba y calculaba que estarían aquí las primeras, las de los Acarnienses
CLEONICE. Por lo menos, la mujer de Teógenes, para venir aquí, empinó... (Hace ademán de beber)...  la vela . Pero aquí están, ya se acercan algunas.
LISÍSTRATA. También llegan estas otras.
ESCENA II
CLEONICE. Uf, uf, ¿de dónde son?
LISÍSTRATA. De Anagirunte.
CLEONICE.  Sí, por  Zeus,  por lo  menos el maloliente «anágiro» me parece que se ha removido.
MÍRRINA: ¿Llegamos tarde, Lisístrata? ¿Qué dices? ¿Por qué te callas?
LISÍSTRATA. No te elogio, Mírrina, por haber llegado ahora siendo el asunto  tan importante.
MÍRRINA. Es que me costó trabajo encontrar el cinturón en la oscuridad
CLEONICE.  No, por  Zeus,  vamos a esperar por lo menos  un poco a que vengan las mujeres de los beocios y de los peloponesios.
LISÍSTRATA. Lo que has dicho está muy bien.  (Entra  LAMPITO )  Aquí viene Lampito. ¡Hola, Lampito, querida laconia! ¡Cómo reluce tu  belleza, guapísima!, ¡qué buen color tienes, cómo rebosa vitalidad tu cuerpo! Podrías estrangular incluso a un toro.
LAMPITO:. Zeguro que  zí,  azí lo creo yo,  pol loh  doh diozeh, pueh me entreno en er gimnazio y zarto dándome en er culo con loh taloneh.
CLEONICE. ¡Qué hermosura de tetas tienes!
LAMPITo: Me ehtáh parpando iguá que a una víctima para er zacrifisio.. Y a vé, ¿quién ha reunido ehta tropa de muhereh?
LISÍSTRATA. Yo, aquí.
LAMPITO:. Dinoh lo que quiereh que agamoh.
CLEONICE. Sí, por  Zeus,  querida, dinos ese asunto tan  importante que te traes entre manos.
LISÍSTRATA. Yo lo diría, pero antes de decirlo os voy a preguntar una cosa, algo de poca monta.
CLEONICE. Lo que tú quieras.
LISÍSTRATA. ¿No echáis de menos a los padres de vuestros  hijitos, que están lejos, de servicio? Pues bien sé que todas vosotras tenéis al marido lejos de casa.
CLEONICE. Mi marido, por lo menos, cinco meses lleva  fuera, pobre de mí,
MÍRRINA. Pues el mío, siete meses completos en Pilos.
LAMPITO:. Y  er  mío, zi arguna vé viene  der  frente, cohe  el ehcudo y desaparese volando.
LISÍSTRATA. Y ni siquiera de los amantes ha quedado ni  una chispa, desde que los milesios nos traicionaron. Así que, si yo encontrara la manera,  ¿querríais poner fin a  la guerra con mi ayuda?
Mujeres:  «Dinos lo que quieres que hagamos.»
CLEONICE.  Yo sí, por las dos diosas, desde luego, aunque tuviera que empeñar el vestido este curvilíneo y... bebérmelo el mismo día.
MÍRRINA. Pues yo, me dejaría cortar en dos y daría la mitad de mi persona, aunque pareciera un rodaballo.
LAMPITO:. Y yo, ahta me zubi  la  a todo lo arto  der  Taiheto, ayí donde pudiera vé la pá.
LISÍSTRATA. Voy a decíroslo, pues no tiene ya que seguir oculto el asunto. Mujeres, si vamos a obligar a los hombres a hacer la paz, tenemos que abstenernos...
CLEONICE:  ¿De qué? Di.
LISÍSTRATA: ¿Lo vais a hacer?
CLEONICE: Lo haremos, aunque tengamos que morirnos.
LISÍSTRATA: Pues bien, tenemos que hacérseles sufrir y no acostarnos con ellos. ¿Por qué os dais la vuelta? ¿Adónde vais? Oye, ¿por qué hacéis muecas con la boca  y negáis con la cabeza? ¿Por qué se os cambia el color? ¿Por qué lloráis? ¿Lo vais a hacer o no? ¿Por qué dudáis?
CLEONICE. Yo no puedo hacerlo: que siga la guerra.
MÍRRINA. Ni yo tampoco, por Zeus: que siga la guerra.
LISÍSTRATA. Y, ¿tú eres la que dices eso, rodaballo? ¡Si hace un momento decías que te dejarías cortar por la mitad!
CLEONICE. Otra cosa, cualquier otra cosa que quieras. Incluso, si hace falta, estoy dispuesta a andar por fuego. Eso antes que abstenernos, que no hay nada comparable, Lisístrata, guapa.
LISÍSTRATA. Y tú, ¿qué? (A MÍRRINA.)
MÍRRINA. También yo prefiero andar por fuego.
LISÍSTRATA. Jodidísima ralea nuestra, toda entera. No sin  razón las tragedias se hacen a costa nuestra, pues no somos nada más que amar y parir.  (A  LAMPITO.) Pero tú, querida laconia  -pues con que tú sola estés a mi lado, aún podríamos salvar el asunto-, ponte de mi parte.
LAMPITO:.  Pol loh  doh diozeh, éh difisi que lah muhere duerman zolah der todo. Zin embargo, zea, que jase musha farta la pá.
LISÍSTRATA. Querida, tú sí que eres una mujer y no todas éstas.
CLEONICE. Y si nos abstuviéramos todo lo posible de lo que tú dices  -lo que ojalá que no pase-, ¿eso influiría mucho para que se hiciera la paz?
LISÍSTRATA.  Mucho sí, por las dos diosas. Porque si nos quedáramos quietecitas en casa, bien maquilladas, pasáramos a su lado desnudas con sólo las camisitas transparentes y a nuestros maridos ardieran en deseos, pero nosotras no les hiciéramos caso, sino que nos aguantáramos, harían la paz a toda prisa, bien lo sé.
LAMPITO:.  Pol  lo menoh, Menelao, cuando eshó una mirada a  loh meloneh de Helena, que ehtaba dehnuda, tiró la ehpada, creo yo.
CLEONICE. Pero mujer, ¿qué pasará si nuestros maridos nos abandonan?
LISÍSTRATA. Lo de Ferécrates, «despellejar a un perro despellejado»
CLEONICE. Esos sucedáneos son pamplina. ¿Y si nos cogen y nos arrastran por la fuerza a la alcoba?
LISÍSTRATA. Tú agárrate a la puerta.
CLEONICE. ¿Y si nos pegan?
LISÍSTRATA. Hay que dejarse hacer poniéndoselo muy difícil, que no hay placer en esas cosas cuando se hacen por la fuerza. Además hay que causarles dolor. Y pierde cuidado, en seguida renunciarán. Pues nunca jamás disfrutará el hombre si no va de acuerdo con la mujer.
CLEONICE. Si eso es lo que os parece bien a vosotras dos, también nos lo parece a nosotras.
LAMPITO:  A nuehtroh maridoh, nozotrah  loh  convenseremoh de que agan una pá huzta y zin engaño en todah lah cozah, pero a eza hente atenienze, tan veleta, ¿cómo ze la puede convensé para que no digan tonteríah?
LISÍSTRATA:  Pierde cuidado, nosotras convenceremos a la parte que nos toca.
LAMPITO:». Ezo no puede zé, 
LISÍSTRATA. También eso  está bien preparado, ya que nos apoderaremos de la Acrópolis hoy mismo. A las más viejas se les ha ordenado hacer esto: que mientras nosotras nos ponemos de acuerdo en estas cosas, ellas, aparentando que celebran un sacrificio, se apoderen de la Acrópolis.
LAMPITO:. Todo puede rezultá, pueh lo que diseh tiene fundamento.
LISÍSTRATA. Lampito, ¿por qué no hacemos todas juntas un juramento sobre esto, para que sea inquebrantable?
LAMPITO:. Pueh áhnoh zabé la fórmula, a vé cómo huraremoh.
LISÍSTRATA. Hablas con acierto. ¿Dónde está la esciba?(Entra una «policía».)
LISÍSTRATA. Entonces, ¿cómo vamos a jurar?
CLEONICE. Por  Zeus,  yo te lo voy a decir si quieres. Poniendo una copa grande boca arriba y degollando... un cántaro de vino de Tasos, juremos sobre la copa...
LAMPITO:. Ozú, ozú, er huramento, no se puede ni desí cómo lo apruebo.
LISÍSTRATA. Que alguien traiga de dentro una copa y un cántaro.  (Sacan a escena la copa y el cántaro.)
CLEONICE. ¡Queridísimas mujeres!, ¡qué cacharro tan grande! Y la copa esa, con sólo cogerla, ya se alegra una.
LISÍSTRATA.  (A la que trae la copa).  Déjala ahí. Soberana Persuasión y Copa de la Amistad, recibe estos sacrificios mostrándote benévola para las mujeres.  (Mientras tanto, vierte vino en la copa.)
CLEONICE. De buen color es la sangre, ya lo creo, y corre estupendamente.
LAMPITO: Y dehde luego, uele de maraviya, por Cáhtor
CLEONICE. Mujeres, dejadme jurar a mí la primera.
LISÍSTRATA. No, por Afrodita; cuando te llegue el turno. Tocad todas la copa, Lampito:, y que una en vuestro  nombre repita exactamente lo que yo diga. Vosotras declararéis esto bajo juramento de acuerdo conmigo y lo mantendréis firmemente: «Ningún hombre, ni amante, ni marido»...
CLEONICE. «Ningún hombre, ni amante, ni marido»...
LISÍSTRATA.... «se acercará a mí ». Dilo. 
CLEONICE. ...  «se acercará a mí ». ¡Ay, ay!, se  me debilitan las rodillas, Lisístrata.
LISÍSTRATA. «En casa pasaré el tiempo »
CLEONICE. «En casa pasaré el tiempo »...
LISÍSTRATA.... «con mi vestido azafranado y muy bien arreglada»...
LISÍSTRATA. «Si mantengo firmemente estas cosas, que beba yo de aquí»...
CLEONICE. «Si mantengo firmemente estas cosas, que beba yo de aquí»...
LISÍSTRATA. «Pero si las violo, que se llene de agua la copa».
CLEONICE. «Pero si las violo, que se llene de agua la copa».
LISÍSTRATA. ¿Declaráis todas vosotras esto bajo juramento de acuerdo conmigo?
TODAS. Sí, por Zeus.
LISISTRZATA. Hala, yo haré la ofrenda de ésta. (Coge la copa para bebérsela.)
CLEONICE. Tu parte y gracias, querida, para que resultemos en el acto todas amigas unas de otras
 (Van bebiendo todas. Se oye un griterío de mujeres a lo lejos.)
LAMPITO: ¿Qué gritoh zon ézoh?
LISÍSTRATA.  Es  lo  que yo decía: las mujeres se han apoderado  ya de  la Acrópolis de la diosa.  (A  LAMPITO.)  Tú,  Lampito, ponte en camino y organiza bien lo de vuestra gente, y a éstas  (señala a la  BEOCIA  y a la CORINTIA) déjalas aquí como rehenes. (Se va LAMPITO.) Nosotras vamos a la Acrópolis para ayudar a las otras que están allí a poner las trancas
CLEONICE. ¿No crees que los hombres van a venir en masa contra nosotras en seguida?
LISÍSTRTATA.  Poco  me importan, que no vendrán trayendo tantas amenazas ni tanto fuego como para abrir las puertas esas, a no ser en las condiciones que hemos dicho.
CLEONICE. Desde luego, por Afrodita, nunca, que si no, en vano habríamos obtenido el calificativo de inconquistables y malvadas.
ESCENA III
(Las mujeres se van hacia la Acrópolis.) (Llega por otro lado el coro de viejos; vienen cargados con troncos  y  traen un cuenco de barro con brasas.)
CORIFEO. Anda, Draces, guíanos paso a paso aunque te duela el hombro por llevar la pesada carga de un tronco de olivo verde. «¿Qué griterío es ese?»
SEMICORO 1.°
Bien es verdad que en una vida larga caben muchos sucesos inesperados, ¡ay!pues ¿quién hubiera esperado nunca, oír  que las mujeres, a las que alimentábamos en casa se apoderaran de mi Acrópolis?
CORIFEO. Hala, démonos muchísima prisa en ir a la Acrópolis, y hagamos una sola pira, y con nuestras propias manos las quememos a toda.
SEMICORO 1.°
Pues del camino este trecho me falta, la pendiente hacia la Acrópolis, adonde me apresuro. Pero, sin embargo, hay que caminar, y hay que soplar el fuego para que no se me apague sin darme cuenta al final del  camino. 
SEMICORO 2.°
Es terrible, ¡soberano Heracles! cómo el fuego se echa sobre mí desde el cuenco y me muerde los ojos como una perra rabiosa. Seguro que es de Lemnos el fuego ese, de todas todas; pues, si no, nunca me mordería así, a dentelladas, las legañas. Date prisa, adelante, hacia la Acrópolis, ayuda a la diosa. ¿Cuándo si no, Laques, la socorreremos mejor que ahora? ¡Fu, fu! ¡Uy, uy, qué humareda!
CORIFEO. El fuego este se ha espabilado gracias a  los  dioses, y está muy vivo. ¿Qué tal si ponemos primero aquí los dos troncos, y entonces metemos la antorcha de sarmientos en el cuenco, la encendemos, y después nos abalanzamos contra la puerta como carneros? Y si al llamar nosotros las mujeres no aflojan las trancas hay que prender fuego a las puertas y acosarlas a ellas con el humo. Pues dejemos la carga. ¡Uy, qué humareda, puf, puf? ¿Cuál de los generales que están en Samos nos ayudaría a descargar el tronco?
 (Dejan los troncos en el suelo.)
(Entra el coro de mujeres con barreños de agua.)
LA CORIFEO. Me parece que veo una densa nube de humo, mujeres, como si ardiera un fuego. Hay que darse muchísima prisa.
PRIMER SEMICORO DE MUJERES.
una cosa temo: ¿no va a llegar mi ayuda demasiado tarde?
LA CORIFEO. Deja... (Divisa al coro de ancianos.) ¡Uy!,  ¿qué es eso? ¡Hijos de mala madre! Nunca unos hombres de bien y piadosos habrían hecho una cosa así.
EL CORIFEO. Esto que llega sí que no esperábamos verlo. ¡Menudo enjambre de mujeres está ahí fuera para echarles una mano!
LA CORIFEO. ¿Por qué os damos tanto miedo? ¿Es que os parecemos muchas? Pues aún no estáis viendo ni a la milésima parte de nosotras.
EL CORIFEO. Fedrias, ¿vamos a dejarles decir disparates semejantes? ¿No sería mejor que alguien rompiera su cachiporra a fuerza de molerlas a palos?
LA CORIFEO. Vamos a poner también nosotras los cántaros en el suelo, para que, si alguien nos pone la mano encima, esto no nos estorbe.
EL CORIFEO. Por Zeus, si alguien les hubiera dado de palos en la mandíbula dos o tres veces ya no tendrían ni pizca de voz.
LA CORIFEO. Aquí me tienes; ¡que alguien se atreva a darme! Yo me dejaré hacer bien quietecita.  Eso sí: desde luego no volverás a pegar a nadie.
EL CORIFEO. Sino te callas te voy a arrancarla piel y la vejez a golpes.
LA CORIFEO. Acércate y tócame con un solo dedo.
EL CORIFEO. ¿Qué pasa si te hago cenizas con mis puños?  ¿Qué cosa espantosa me vas a hacer?
LA CORIFEO. A mordiscos te voy a arrancarlos pulmones y los intestinos.
EL CORIFEO. No hay poeta más sabio que Eurípides,  pues ninguna criatura es tan desvergonzada como las mujeres
LA CORIFEO. Vamos nosotras a coger el cántaro de agua.
EL CORIFEO. Tú, enemiga de los dioses, ¿por qué has venido aquí con agua?
LA CORIFEO. Y tú, ¡sepulcro!, ¿por qué con fuego? ¿Para quemarte?
EL CORIFEO. Yo, para amontonar una pira y asediar con fuego a tus amigas.
LA CORIFEO. Yo, para apagar tu pira con esta agua.
EL CORIFEO. ¿Que tú vas a apagarme el fuego?
LA CORIFEO. Los hechos lo pondrán en seguida bien a las claras.
EL CORIFEO. (A su antorcha.) Quémale el pelo a ésta.
LA CORIFEO. (A su cántaro de agua). A lo tuyo.
(El coro de mujeres vacía sus cántaros en los ancianos.)
EL CORIFEO. ¡Ay, pobre de mí!
LA CORIFEO. ¿No estaba caliente, verdad?
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ESCENA IV
 (Llega un COMISARIO, acompañado de un arquero escita)
COMISARIO. ¿Es que se ha hecho patente la desvergüenza de las mujeres,?
EL CORIFEO. Pues, ¿qué dirías si te enteraras además del descaro de éstas? Aparte de su caradura en otras cosas, para colmo nos han dado un baño con sus cántaros,  hasta el punto de que podemos sacudirnos la ropa como si nos hubiéramos orinado en ella.
COMISARIO. Sí,  es verdad. Este tipo de cosas han dado lugar a esto de ahora, pues es el caso que yo, un comisario, después de que he conseguido que haya remeros, ahora mismo que tengo necesidad del dinero para ellos, me encuentro de puertas afuera por culpa de las mujeres. Pero no vale de nada quedarse aquí de brazos cruzados. (A un arquero.) Trae las barras para que yo acabe con su descaro. ¿Por qué te quedas con la boca abierta, imbécil? Y  tú, ¿a dónde miras, que no haces más que vigilar la taberna? ¿No vas a colocar las barras debajo de las puertas, por aquí, para apalancarlas y hacer que salten? Desde aquí yo también voy a echar una mano para apalancarlas.
(LISÍSTRATA sale de la Acrópolis, abriendo las puertas.)
LISÍSTRATA. No apalanquéis nada. Ya salgo yo sin que me obligue nadie. ¿Qué falta hacen las barras? No son barras lo que se necesita, sino sentido común y mollera.
COMISARIO. ¿Con que sí, eh, guarra? ¿Dónde está el arquero?  (Al arquero.) Deténla y átale las manos a la espalda.
LISÍSTRATA. Por Ártemis, como me ponga encima la punta de un dedo, me las pagará aunque sea un agente público.
COMISARIO.  (Al  arquero.)  ¿Qué, te da miedo, tú? ¿No vas a agarrarla por la cintura?
(Sale CLEONICE de la Acrópolis.)
CLEONICE. (Al primer arquero.)  Como la  toques, aunque sólo sea con  la mano, te vas a cagar encima, de los pisotones que te vamos a dar.
(Llega MÍRRINA.)
MÍRRINA. Por la Lucífera, como le pongas encima la punta de un dedo, vas a pedir en seguida una ventosa
COMISARIO. ¿Qué sucede? ¿Dónde hay un arquero?  (Al arquero) Échale el guante a ésa.  (A  las mujeres.)  Yo  haré que terminen vuestras salidas, una por una.
LISÍSTRATA. Como te acerques a ella, te voy a hacer gritar a fuerza de arrancarte el pelo.
(Se va el arquero.)

COMISARIO. ¡Desgraciado de mí! Ha abandonado el campo el arquero. Pero nunca cederemos ante las mujeres. Avanzaremos contra ellas hasta llegar a las manos.
LISÍSTRATA. Por las dos diosas, vais a saber que también entre nosotras hay cuatro batallones de mujeres preparadas para la lucha, completamente armadas, ahí dentro. LISÍSTRATA. (Dirigiéndose a la ciudadela.)  Mujeres aliadas, salid corriendo de dentro,  (Salen las mujeres al ataque desde la Acrópolis)  Parad ya, retiraos, no  cojáis botín.
(Las mujeres que acaban de aparecer vuelven a la ciudadela.)
COMISARIO. ¡Ay de mí!, qué mal ha ido la cosa para mi arquero.
LISÍSTRATA. Pues anda, ¿qué te pensabas? ¿Es que tú creías que atacabas a unas esclavas, o es que piensas que las mujeres no tienen arrestos?
COMISARIO. Sí, por Apolo, y muchísimos,
EL CORIFEO. Muchas palabras gastadas en vano, comisario de esta tierra. ¿Por qué te enzarzas en discusiones con estas fieras?
LA CORIFEO. Tío, es que no hay que poner la mano encima al prójimo como si tal cosa; si haces eso, forzosamente tendrás los ojos hinchados
CORO DE ANCIANOS.
Zeus, ¿cómo podemos tratar a estos monstruos? Pues esto ya no se puede aguantar
EL CORIFEO. Haz preguntas, no te dejes engatusar, contradícelas todo lo que puedas: que sería una vergüenza dejar un asunto así
COMISARIO. Por  Zeus,  de  lo primero que quiero enterarme es de esto: ¿con qué idea habéis cerrado nuestra ciudadela con las trancas?
LISÍSTRATA. Para poner a buen recaudo el dinero y para que no luchéis por él.
COMISARIO. ¿Es que luchamos por el dinero?
LISÍSTRATA. Sí, y también por él se originan todos los demás jaleos. Pues Pisandro y los que andan detrás de los puestos públicos, para poder robar, armaban siempre algún alboroto
COMISARIO. ¿Qué es lo que vas a hacer?
LISÍSTRATA. ¿Eso me preguntas? Lo vamos a administrar nosotras.
COMISARIO. ¿Qué vosotras lo vais a administrar?
LISÍSTRATA. Y, ¿por qué te parece chocante? ¿No somos  nosotras las que os administramos todo lo de la casa?
COMISARIO. Pero no es lo mismo.
LISÍSTRATA. ¿Cómo que no es lo mismo?
COMISARIO. La guerra hay que hacerla contando con ese dinero.
LISÍSTRATA. Pero lo primero de todo es que no hay que hacer la guerra.
COMISARIO. Pues, ¿de qué otra manera estaremos a salvo?
LISÍSTRATA. Nosotras os salvaremos.
COMISARIO. ¿Vosotras?
LISÍSTRATA. Sí, nosotras.
COMISARIO. ¡Asombroso!
COMISARIO. ¿Y de dónde os sale esa preocupación por la guerra y la paz?
LISÍSTRATA. Ahora lo explicaremos. Nosotras en las primeras  fases de la guerra y durante un tiempo, aguantamos, por lo prudentes que somos, cualquier cosa que hicierais vosotros los hombres  -la verdad es que no nos dejabais ni rechistar-, y eso que agradarnos, no nos agradabais. Pero nosotras estábamos bien informadas de lo vuestro. Pero cada vez que nos enterábamos de una decisión vuestra  es peor que la anterior. Y, luego, preguntábamos: «Marido, ¿cómo es que actuáis de una manera tan disparatada?». Y él, decía:. «De la guerra se ocuparán los hombres»
COMISARIO. Bien dicho lo de aquél, por Zeus.
LISÍSTRATA. ¿Cómo que bien, estúpido, si ni siquiera cuando vuestras decisiones eran malas nos estaba permitido sugeriros nada? Así es que si queréis atendernos ahora a nosotras que os hablamos cuerdamente, y callaros como antes nosotras, podríamos enderezaros.
COMISARIO. ¿Vosotras a nosotros? Tremendo es lo que dices; no lo aguanto.
LISÍSTRATA. Cállate.
COMISARIO. ¿Callarme yo porque tú lo digas, hija de perra, y eso que tú llevas un velo en la cabeza? Primero me muero.
LISÍSTRATA. Pues si eso te sirve de obstáculo, coge este velo mío, tenlo y póntelo en la cabeza, y después cállate. (Le da el velo.)
LA CORIFEO. Apartaos de los cántaros, mujeres, para que  también nosotras por nuestra parte ayudemos a nuestras amigas.
CORO DE MUJERES.
Yo nunca me cansaría de bailar, ni la agotadora fatiga podrá apoderarse de mis rodillas. Dispuesta estoy a realizar cualquier cosa junto a éstas, por su valor, en ellas hay dotes naturales, gallardía, coraje, sabiduría, y valor
COMISARIO. ¿Y cómo os las vais a arreglar vosotras para  reconciliar y poner fin a tal cantidad de asuntos enmarañados en las ciudades griegas?
LISÍSTRATA. Muy simple.
COMISARIO. ¿Cómo? Explícamelo.
LISÍSTRATA. Desenmarañaremos esta guerra, si es que nos dejan hacer, poniendo las cosas en su sitio por medio de embajadas a un lado y a otro.
COMISARIO. ¿Así con embajadas creéis que vais a poner fin a unos asuntos tan terribles? ¡Qué necias! ¿Cómo? A ver.¿No es terrible que ellas que ni siquiera tomaron parte ninguna en la guerra?
LISÍSTRATA. Hijo de perra, nosotras la aguantamos más que por partida doble. Lo primero de todo, que damos a luz a nuestros hijos y los enviamos como hoplitas...
COMISARIO. Calla, deja los malos recuerdos.
LISÍSTRATA. Además, cuando teníamos que disfrutar y sacarle partido a la juventud, dormimos solas por culpa de las campañas militares.
COMISARIO. ¿Es que los hombres no envejecen?
LISÍSTRATA. Por  Zeus,  no se parece nada. Pues cuando el hombre regresa, aunque esté lleno de canas, en seguida lo tienes casado con una jovencita. Pero el momento de la mujer es muy breve,
(Se va el comisario rezongando)
ESCENA v
(Se hace un oscuro, suena música de trompetas de guerra…) Luz
LISÍSTRATA-La actuación de mujeres mezquinas, y el caletre mujeril, me hacen dar vueltas arriba y abajo toda desanimada.
LA CORIFEO. ¿Qué dices, qué dices?
LISÍSTRATA. La verdad, la verdad.
LA CORIFEO. ¿Qué hay de malo? Cuéntalo a tus amigas.
LISÍSTRATA. Empachoso es decirlo, y callarlo, penoso
LA CORIFEO. No me ocultes la desgracia que nos pasa.
LISÍSTRATA. En dos palabras: queremos hacer el amor.
LA CORIFEO. ¡Ay, Zeus!
LISÍSTRATA. ¿Por qué llamas a Zeus? Las cosas están así. Yo no soy ya capaz de mantenerlas apartadas de los hombres: se escapan. A una la pillé muy temprano agrandando la abertura  por donde está la gruta de Pan; a otra, mientras se deslizaba serpenteando ayudada por una garrucha; a otra, cuando se pasaba al enemigo; ---Ponen todas las excusas posibles con tal de marcharse a su casa. Aquí viene una de ellas. 

ESCENA VI
MÍRRINA. ¿Qué hay? Dime, ¿por qué esas voces?
LISÍSTRATA. Un hombre,  un hombre veo que se acerca  trastornado,
MÍRRINA. ¿Y dónde está, sea quien sea?
LISÍSTRATA. Junto al templo de la Demeter
MÍRRINA. Ah, sí, por Zeus, ahí está, y, ¿quién puede ser?
LISÍSTRATA. Fijaos: ¿Lo conoce alguna de vosotras?
MÍRRINA. Sí, por Zeus, yo; ¡es mi marido, Cinesias!
LISÍSTRATA. Lo que tienes que hacer ya es ponerlo en el  asador, darle vueltas, engatusarlo con el quiero y no  quiero, y decirle que sí a todo menos a lo que conoce la copa
MÍRRINA. Descuida, yo lo haré.
LISÍSTRATA. Pues yo me quedo aquí contigo para ayudarte a engatusarlo y ponerlo a punto de caramelo.  (A las  demás mujeres.)  Ahora, marchaos.
ESCENA VII
(Salen; entra CINESIAS con un criado que trae un niño.)
CINESIAS.  ¡Ay  de mí, desdichado, qué convulsiones me  dan, y qué rigidez, como si me torturaran en la rueda!
LISÍSTRATA. ¿Quién está ahí, que ha rebasado los puestos de guardia?
CINESIAS. Yo.
LISÍSTRATA. ¿Un hombre?
CINESIAS. Un hombre, desde luego.
LISÍSTRATA. ¡Largo de ahí!
CINESIAS. ¿Y quién eres tú que me echas?
LISÍSTRATA. Un centinela de día.
CINESIAS. Por los dioses, entonces, llámame a Mírrina.
LISÍSTRATA. ¡Anda, que yo te llame a Mírrina!, ¿y quién eres tú?
CINESIAS. El marido de ella, Cinesias de Leónidas
LISÍSTRATA. Hola, querido.  Tu  nombre no está entre nosotras falto de prestigio ni deja de ser conocido, pues tu  mujer siempre te tiene en la boca. Si coge un huevo o una manzana, dice: «Ojalá fuera para Cinesias».
CINESIAS. ¡Oh, dioses!
LISÍSTRATA. Sí, por Afrodita, y si se tercia hablar de maridos, tu mujer en seguida dice que al lado de Cinesias todo lo demás son pamplinas.
CINESIAS. Pues ve y llámala.
LISÍSTRATA. Pues hala, voy a bajar a llamártela. (Se va.)
CINESIAS. A toda prisa. Pues ninguna ilusión tengo por la  vida, desde el momento en que ella se marchó de casa;  sufro al entrar en ella, que todo me parece desierto. La comida, ningún gusto me da comerla. Y la deseo tanto….
MÍRRINA.  (A  LISÍSTRATA.)  Yo  le  quiero, le quiero, pero él  no deja que yo le quiera. Así que tú no me llames a su lado.
CINESIAS. Mirrinita, encanto, ¿por qué haces eso? Baja aquí.
MÍRRINA. No, por Zeus, yo ahí no.
CINESIAS. ¿Llamándote yo no vas a bajar, Mírrina?
MÍRRINA. Es que me dices que salga sin que te haga ninguna falta.
CINESIAS. ¿Ninguna falta a mí? Destrozado es lo que estoy.
MÍRRINA. Me marcho.
CINESIAS. (Para sí.)  La encuentro mucho más joven  y  de  mirada más tierna. Sus  enfados hacia mí y sus humos,  eso mismo es lo que me tiene destrozado de deseo.
CINESIAS. Majadera, ¿por qué te portas así y haces caso a las otras mujeres? Me haces sufrir a mí y lo pasas mal tú también. (Se acerca a ella.)
MÍRRINA. No me arrimes la mano.
CINESIAS. Las cosas de casa, tuyas y mías, las echas a perder.
MÍRRINA. Me importan un rábano.
CINESIAS. ¡Los ritos de Afrodita no los cultivas hace tanto tiempo! ¿No vas a venirte?
MÍRRINA. Por  Zeus,  no, a menos que hagáis las paces y  pongáis fin a la guerra.
CINESIA. Vale, si eso te parece bien, hasta eso haremos.
MÍRRINA. Vale, si eso os parece bien, también yo regresaré allí. Pero ahora he jurado que no.
CINESIAS. Pues acuéstate conmigo: ¡el tiempo que hace ya!
MÍRRINA. Ni hablar. Sin embargo, no te diré que no te quiero.
CINESIAS. ¿Que me quieres? Entonces ¿por qué no estás  ya acostada, Mirrinita?
MÍRRINA. Y entonces, ¿voy a faltar a lo que he jurado, desdicha de hombre?
CINESIAS. Que recaiga en mí. No estés preocupada por el juramento.
MÍRRINA. Hala, pues voy a traer una cama para nosotros dos.
CINESIAS. De eso nada. Nos basta con el suelo.
MÍRRINA. No, por Apolo, aunque seas así, no te haré  acostarte en el suelo.
(Sale MÍRRINA.)
CINESIAS. Desde luego mi mujer me quiere, está clarísimo.  (Regresa MÍRRINA con la cama.)
MÍRRINA. Aquí está, échate, acaba ya, que yo me voy desnudando. Pero, la cosa esta, la esterilla, hay que traerla.
CINESIAS. ¿Qué rayo de esterilla? Para mí no.
MÍRRINA. Sí, por Ártemis, que encima del jergón da vergüenza.
CINESIAS. Déjame que te bese.
MÍRRINA. Espera. (Sale MÍRRINA.)
CINESIAS. ¡Ay, ay, ay! Vuelve a toda prisa. (Vuelve con una esterilla.)
MÍRRINA. Aquí está la esterilla. Échate, que ya me desnudo. Pero, la cosa esa, la almohada, no tienes.
CINESIAS. No me hace ninguna falta.
MÍRRINA. Por Zeus, a mí sí. (Sale MÍRRINA.)
(Vuelve MÍRRINA.)
MÍRRINA. Levántate, alza. (Le pone la almohada.) Ya tengo todo.
CINESIAS. Todo, seguro. Ven aquí, tesoro.
MÍRRINA. El sujetador me lo suelto ya. Y recuerda: no vayas a engañarme en lo de hacer las paces.
CINESIAS. ¡Que me muera, por Zeus!
MÍRRINA. ¡Pero si no tienes manta!
CINESIAS. Por Zeus, ni la necesito.
MÍRRINA. vengo en seguida. (Sale.)
 (Entra MÍRRINA.)
MÍRRINA. Ponte erguido. ¿Quieres que te eche perfume?
CINESIAS. No, por Apolo, a mí no.
MÍRRINA. Sí, por Afrodita, quieras o no. (Sale.)
CINESIAS. ¡Ojalá se le derrame el perfume, Zeus soberano! (Entra MÍRRINA.)
MÍRRINA. Extiende la mano, coge y úntate.
CINESIAS. (Untándose.)  No es agradable  el perfume este,  por Apolo,
MÍRRINA. ¡Qué boba! Si he traído el perfume de Rodas
CINESIAS. Es bueno, déjalo en paz; ¡dichosa mujer!
CINESIAS. Venga, calamidad, échate y no  me traigas nada más.
MÍRRINA. Eso voy a hacer, por Ártemis. Ya estoy descalza, por lo menos. Pero, vida mía, tienes que votar que se haga la paz.
CINESIAS. Lo tendré en cuenta. (MÍRRINA  se va.)  Me ha matado, me ha hecho trizas mi mujer, y encima de todo lo demás, se marcha y me deja así. ¡Ay!, ¿qué hago?
EL CORIFEO. En terrible desgracia, desdichado,  tienes el alma afligida por haber sido engañado. También yo te compadezco. Ay, ay, pues, ¿qué riñón podría aún resistir, qué alma,..?
ESCENA VIII
HERALDO. ¿Donde ehtá  er  Conceho de Ansianoh de Atenah o  loh  prítaneh? Quiero desí una notisia.
PRÍTANIS. ¿Quién eres? ¿Un ser humano o Conísalo?
HERALDO: Shiquiyo, como erardo vengo de Ehparta,  ¡pol loh  doh diozeh!, para tratá de la pá.
PRÍTANIS.  (Se descubre.)  háblame con franqueza ¿Cómo andan vuestros asuntos en Lacedemonia? ¿De quién os ha caído esa desgracia? ¿De Pan?
HERALDO:.  No, la primera fue Lampito, creo yo, y dehpuéh lah demáh muhereh de Ehparta, todah a una, como zi tomaran la zalida a lavé.
PRITANIS. ¿Y cómo andáis?
HERALDO. Desehperadoh. Pueh lah muhereh no noh deban ni ziquiera  tocal les er mirto ahta que todoh, en común, agamoh lah paseh en Gresia.
PRÍTANIS. El asunto este es una conspiración de todas las mujeres, ahora lo veo. Rápido, di que envíen aquí embajadores con plenos poderes para tratar de la paz. Y yo le diré al Consejo que elija a otros embajadores de aquí.
HERALDO.  Voy volando, que lo que diseh ehtá muy requetebién. (Salen los dos personajes en distintas direcciones.)
ESCENA Ix
EL CORIFEO. (Entran los embajadores lacedemonios.)  Aquí llegan de Esparta estos embajadores, arrastrando sus barbazas, Laconios, lo primero, hola, y ahora, contadnos en qué situación venís.
LACONIO: ¿Qué farta jase que oh digamoh mushah palabrah? Pueh bien ze puede vé en qué situasión emoh venido.
EL CORIFEO. ¡Ahí va!, mucho tendón le ha salido a la desgracia esta de mala manera,
 (Entra  EL PRÍTANIS con otros atenienses.)
PRITANIS. ¿Quién puede decir dónde está Lisístrata?  ¡Por  Zeus!,  por pasarnos eso estamos hechos  polvo, así es que si alguien no hace en seguida la paz  con nosotros, no habrá manera de que seamos felices
 (Entra LISÍSTRATA.)
PRÍTANIS. No hace falta, al parecer, que la llamemos, pues ella por su cuenta, al oírnos, viene ya.
EL CORIFEO. Hola, la mujer más valiente de todas. Ahora te toca a ti aparecer  inflexible  y  suave, buena  y  mala, orgullosa y humilde, llena de mañas, que los principales de los griegos, cautivados por tu hechizo, se
han rendido ante ti-
LISÍSTRATA. No es difícil la cosa, si se les coge llenos de deseo y sin que intenten nada unos contra otros. Pronto lo sabré. ¿Dónde está Conciliación?  (Aparece  CONCILIACIÓN  personificada en una chica ligera de ropa.)  Coge y trae primero a los laconios, no con mano arisca e insolente, ni a lo bruto como hacían nuestros hombres, sino como suelen hacerlo las mujeres, muy amistosamente. (CONCILIACIÓN  trae a los laconios.)  Ahora ve y trae a estos atenienses; por donde te dejen, cógelos y  tráemelos.  (Trae a los atenienses.)  Laconios, colocaos junto a mí,  y  vosotros  (a los atenienses)  a este lado, y escuchad mis palabras: «Mujer soy, pero tengo inteligencia» Teniéndoos cogidos quiero reñiros a la vez y con razón a vosotros, cuando está presente el enemigo con su ejército bárbaro, dais muerte a los griegos y destruís sus ciudades. «El primer tema aquí lo he concluido»
PRÍTANIS. Y yo estoy que reviento.
LISÍSTRATA. Ahora, laconios, a vosotros me dirijo: después de lo que han hecho por vosotros  los atenienses, ¿devastáis el país del que habéis recibido favores?
PRÍTANIS. Son injustos éstos, por Zeus, Lisístrata.
LACONIO. Zomoh inhuhtoh, pero  (mirando a  CONCILIACIÓN) ¡qué culo, qué maraviya!, no ze puede ni desí.
LISÍSTRATA. ¿Y crees que yo os voy a dejar sin reproche a  vosotros los atenienses? ¿No sabéis que los laconios, por  su parte, cuando vosotros usabais zamarra, vinieron con sus armas y mataron a muchos tesalios?, y siendo los únicos aliados vuestros en aquel día, os liberaron,
LACONIO:. (Refiriéndose a LISÍSTRATA.) Muhé máh noble no e vihto nunca.
LISÍSTRATA. Y habiendo por medio tantas y buenas acciones, ¿por qué seguís luchando y  no acabáis ya con esa  hostilidad? ¿Por qué no os  reconciliáis? A ver, ¿qué os lo impide?
LACONIO. Nozotroh  zí  queremoh, zi arguien quiere  devorvernoh ehta redondé (Mira el trasero de CONCILIACIÓN.)
LISÍSTRATA. ¿Cuál, amigo?
LACONIO. Piloh,  que  jase  tiempo que la pedimoh y  la tentamoh.  (Hace ademán de tocar a CONCILIACIÓN.)
PRÍTANIS. No, por Posidón, eso no lo conseguiréis.
LISÍSTRATA. Cedédsela a ellos, buen hombre.
PRÍTANIS. Y después, ¿a quién vamos a menear?
LISÍSTRATA. Reclamad otra plaza a cambio de ésa.
PRÍTANIS. ¡Eso sí!, entregadnos lo primero de todo Equinunte,
LACONIO. No, pol loh doh diozeh, tanto no, amigo.
LISÍSTRATA. Dejadlo, no os peléis por un par de piernas.
LISÍSTRATA. Bien dicho. Ahora atended a purificaros para que las mujeres os convidemos en la Acrópolis con lo que teníamos en nuestras cestas. Allí os daréis juramentos y fidelidad mutua. Y después cada uno de vosotros cogerá a su mujer y se irá.
PRÏTANIS. Hala, vamos de prisa.
LACONIO. Yévanoh adonde tú quierah.
PRÍTANlS. Sí, por Zeus, llévanos a toda prisa.
(LISÍSTRATA sale hacia la Acrópolis con los laconios y los atenienses.)

CORO CONJUNTO: Colchas bordadas,ricos chales de lana, finas túnicas y joyas, eso poseo;
no tengo inconveniente en permitiros a todos que os llevéis para vuestros hijos, y para cuando vuestra hija sea canéforo. A todos vosotros os exhorto a que ahora toméis de lo mío ahí dentro; nada está tan bien sella-do que no se puedan arrancar los precintos y llevarse lo que haya dentro. Pero aunque miréis no vais a ver nada.
 (Se oye la voz del PRÍTANIS desde dentro de la Acrópolis.)
PRITANIS. Abre la puerta, tú. (Se abre la puerta y llega EL PRÍTANIS con otros atenienses.)  Tenías  (a las mujeres del  CORO) que haberte echado a un lado. ¿Qué hacéis ahí, paradas? ¿No querréis que os queme yo con  la antorcha, verdad?  (Al público.)  Es una grosería. No lo haré. Pero si hace falta llegar a eso, lo soportaré por daros ese gusto.
UN ATENIENSE. También nosotros lo soportamos contigo.
PRÍTANIS. (Al CoRo de mujeres.)  ¿Os  marcháis de una vez? Vais a llorar largo y tendido por vuestra cabellera.  (Las amenaza con la antorcha  y  se alejan de los Propíleos.) (Al  CORO  de ancianos.)  ¿Os marcháis de una vez para que los laconios salgan de ahí dentro tranquilamente, después del convite? (Los ancianos se sitúan a un lado.)
UN ATENIENSE. Nunca vi banquete igual. ¡Qué simpáticos los laconios! Y nosotros, en cuanto empinamos el codo, somos muy ocurrentes.
PRÍTANIS. Claro, como que sin beber no estamos en buena forma. Si llego a convencer con mis palabras a los atenienses, como embajadores iremos siempre a todas partes borrachos. Pues ahora, cada vez que vamos a Lacedemonia, sobrios, en seguida buscamos cómo alborotar, de manera que lo que nos dicen no lo escuchamos, pero lo que no dicen, eso lo suponemos, y sobre las mismas cosas no contamos lo mismo. Pero en este momento nos agradaba todo,  lo daríamos por bueno incluso jurando en falso.  (Se aproximan algunos ancianos del  CORO.) Anda, éstos vienen otra vez al mismo sitio. ¿No os iréis con viento fresco, bribones? (Se sitúan a un lado.)
ATENIENSE. Sí, por  Zeus,  que ya van saliendo de dentro.  (Aparecen los atenienses y los espartanos; y, más atrás,  LISÍSTRATA  y  las restantes mujeres.)
LACONIO.  (Aun flautista.)  Queridízimo, cohe la flauta para que yo y entone una cansión muy presiosa para  loh  atenienzeh y para nozotroh al mihmo tiempo.
PRÍTANIS. Sí, coge los tubos, por los dioses, que me encanta veros bailar.
LISÍSTRATA.  Hala, como todo lo demás ha salido muy bien, llevaos, laconios, con vosotros a éstas (Señala a las mujeres espartanas), y  vosotros, a éstas de aquí  (Señala a las mujeres atenienses).  Que el marido esté junto a su mujer, y la mujer junto a su marido, y, después de bailar en honor de los dioses por estos sucesos felices, que tengamos cuidado en lo sucesivo de no volver a cometer errores nunca más.
CORO CONJUNTO.

Da impulso al coro, conduce aquí a las Gracias, invoca a Ártemis,y a su hermano gemelo, maestro de coros, Y a Zeus que con su fuego brilla, y a su soberana esposa bienaventurada. Y después a las divinidades que tomaremos como testigos de imborrable memoria de esta tranquilidad deliciosa, esposa Hera; por ultimo, Cipris o Afrodita.  Saltad a lo alto, iai, como en una victoria, iai. Euoi, euoi, euai, euai.

viernes, 23 de enero de 2015

Para los obsesionados con la sintaxis

Antes de ver las oraciones propuestas, tendréis que reconocer que los de 4º B estaban elengantísimos:


1.- A los alumnos de Cuarto les encantan las corbatas que, realmente, les quedan muy bien
2.- La corbata, que es una prenda muy masculina, se viste para ocasiones especiales
3.- En las fiestas donde se pide etiqueta es imprescindible la corbata siempre
4.- Nadie sabrá nunca el lugar donde se inventó la corbata en el siglo XIX y el modo como fue creada
5.- El vestuario con el que se coordina perfectamente la corbata es la camisa blanca
6.- La sintaxis que puede ser difícil se convierte, a veces, en un juego divertido
7.- Anímate a jugar en el lugar donde te sientas más cómodo, es decir, en tu habitación
8.- Lisistrata, que es una obra de Arsitófanes del s. IV a C, será interpretada por alumnos pero necesitamos ensayos diarios que nos ayuden a triunfar
9.- El papel protagonista, que lo hará una chica con carácter, tiene gran fuerza, que se evidencia en sus palabras.
10.- Algunos de los actores, con los que se contará en el reparto, son geniales.

martes, 13 de enero de 2015

Un ejemplo de lo creativo que puede ser un trabajo

César Yeboles, el pianista que nos acompañó en El Pozo  en nuestra "Noche de Ánimas" ha compuesto e interpretado esta estupenda canción para hacer un trabajo de Física y explicar  por qué el cielo es azul

lunes, 12 de enero de 2015

CHALK - (2 minutes) Cute short film

LIBRETO DE PIC NIC

Pic – Nic de Fernando Arrabal.



PERSONAJES: ZAPO. SEÑOR TEPÁN. ZEPO. PRIMER CAMILLERO. CAMILLERO SEGUNDO (Propuesta de REPARTO: Antonio como Zapo, David como Zepo, Joel como Sr. Tepán, Sandra como Sra. Tepán, ¿camilleros? pueden ser Iván y Nacho aunque estén en otra obra son papeles cortos)

Decorado: Campo de batalla.Cruza el escenario, de derecha a izquierda, una alam­brada.
Junto a esta alambrada hay unos sacos de tierra,
            (La batalla hace furor. Se oyen tiros, bombazos, rá­fagas de ametralladora.ZAPO, solo en escena, está acurrucado entre los sacos. Tiene mucho miedo. Cesa el combate. Silencio. ZAPO saca de una cesta de tela  una madeja de lana y unas agujas. Se pone a hacer un jersey que ya tiene bastante avanzado. Suena el tim­bre del teléfono de campaña que ZAPO tiene a su lado.)
ZAPO.-Diga... Diga... A sus órdenes mi capitán... En efecto, soy el centinela de la cota 47... Sin novedad, mi capitán... Perdone, mi capitán, ¿cuándo comienza otra vez la batalla?.. Y las bombas, ¿cuándo las tiro?.. ¿Pero, por fin, hacia dónde las tiro, hacia atrás o ha­cia adelante?..  No se ponga usted así conmigo. No lo digo para molestarle... Capitán, me encuentro muy solo. ¿No podría enviarme un compañero?.. Aunque sea la cabra... (El capitán le riñe.) A sus órdenes... A sus ór­denes, mi capitán. (ZAPO cuelga el teléfono. Refunfu­ña.)
            (Silencio. Entra en escena el matrimonio TEPÁN con cestas, como sivinieran a pasar un día en el campo. Se dirigen a su hijo, ZAPO, que, de espaldas y escon­dido entre los sacos, no ve lo que pasa.)
SR. TEPÁN.- (Ceremoniosamente.) Hijo, levántate y besa en la frente a tu madre. (ZAPO, aliviado y sorpren­dido, se levanta y besa en la frente a su madre con mu­cho respeto. Quiere hablar. Su padre le interrumpe.) Y ahora, bésame a mí. (Lo besa en la frente.)
ZAPO.-Pero papaítos, ¿cómo os habéis atrevido a ve­nir aquí con lo peligroso que es? Iros inmediatamente.

SR. TEPÁN.- ¿Acaso quieres dar a tu padre una lec­ción de guerras y peligros? Esto para mí es un pasatiem­po. Cuántas veces, sin ir más lejos, he bajado del metro en marcha.
SRA. TEPÁN.-Hemos pensado que te aburrirías, por eso te hemos venido a ver. Tanta guerra te tiene que aburrir.
ZAPO.-Eso depende.         
SR. TEPÁN.-Muy bien sé yo lo que pasa. Al princi­pio la cosa de la novedad gusta. Eso de matar y de tirar bombas y de llevar casco, que hace tan elegante, resulta agradable, pero terminará por fastidiarte. En mi tiempo hubiera pasado otra cosa. Las guerras eran mucho más variadas, tenían color. Y, sobre todo, había caballos, mu­chos caballos. Daba gusto: que el capitán decía: «al ata­que», ya estábamos allí todos con el caballo y el traje de color rojo. Eso era bonito. Y luego, unas galopadas con la espada en la mano y ya estábamos frente al ene­migo, que también estaba a ]a altura de las circunstan­cias, con sus caballos -los caballos nunca faltaban, mu­chos caballos y muy gorditos- y sus botas de charol y sus trajes verdes.
SRA. TEPÁN.-No, no eran verdes los trajes del ene­migo, eran azules. Lo recuerdo muy bien, eran azules
SR. TEPÁN.-Te digo que eran verdes.
SRA. TEPÁN.-No, te repito que eran azules. Cuántas veces, de niñas, nos asomábamos al balcón para ver ba­tallas y yo le decía al vecinito: «Te apuesto una chocola­tina a que ganan los azules.» Y los azules eran nues­tros enemigos.
SR. TEPÁN.-Bueno, para ti la perra gorda.
SRA. TEPÁN.-Yo siempre he sido muy aficionada a las batallas. Cuando niña, siempre decía que sería, de mayor, coronel de caballería. Mi mamá se opuso, ya            conoces sus ideas anticuadas.
SR. TEPÁN.-Tu madre siempre tan burra.
 ZAPO.-Perdonadme. Os tenéis que marchar. Está prohibido venir a la guerra si no se es soldado.
SR. TEPÁN.-A mí me importa un pito. Nosotros no venimos al frente para hacer la guerra. Sólo queremos pasar un día de campo contigo, aprovechando que es domingo.
SRA. TEPÁN.-Precisamente he preparado una comida muy buena. He hecho una tortilla de patatas que tanto te gusta, unos bocadillos de jamón, vino tinto, ensalada y pasteles.
ZAPO.-Bueno, lo que queráis, pero si viene el capitán, yo diré que no sabía nada. Menudo se va a poner. Con lo que le molesta a él eso de que haya visitas en la guerra. Él nos repite siempre: «en la guerra, disciplina y bombas, pero nada de visitas».
SR. TEPÁN.-No te preocupes, ya le diré yo un par de cosas a ese capitán.
ZAPO.- ¿Y si comienza otra vez la batalla?
SR. TEPÁN.- ¿Te piensas que me voy a asustar? En peores me he visto. Y si aún fuera como antes, cuando había batallas con caballos gordos. Los tiempos han cambiado, ¿comprendes? (Pausa.). Hemos venido en moto­cicleta. Nadie nos ha dicho nada.
ZAPO.-Supondrían que erais los árbitros.
SR. TEPÁN._Lo malo fue que, como había tantos tanques y jeeps, resultaba muy difícil avanzar.
 SRA. TEPÁN.-Y luego, al final, acuérdate aquel cañón que hizo un embotellaje.
SR. TEPÁN.-De las guerras, es bien sabido, se puede esperar todo.
SRA. TEPÁN.-Bueno, vamos a comer.
SR. TEPÁN.-Sí, vamos, que tengo un apetito enorme. A mí, este tufillo de pólvora, me abre el apetito.
SRA. TEPÁN.-Comeremos aquí mismo, sentados sobre la manta.
ZAPO.- ¿Como con el fusil?
SR. TEPÁN.-Nada de fusiles. Es de mala educación sentarse a la mesa con fusil.(Pausa) Pero qué sucio estás, hijo mío… ¿Cómo te has puesto así? Enséñame las manos.
ZAPO.- (Avergonzado, se las muestra.) Me he tenido que arrastrar por el suelo con eso de las maniobras.
SRA. TEPÁN.-Y las orejas, ¿qué?
ZAPO.-Me las he lavado esta mañana.
SRA. TEPÁN.-Bueno, pueden pasar. ¿Y los dientes? (Enseña los dientes.) Muy bien. ¿Quién le va a dar a su niñito un besito por haberse lavado los dientes? (A su marido.) Dale un beso a tu hijo que se ha lavado bien los dientes. (El SR. TEPÁNbesa a su hijo.) Porque lo que no se te puede consentir es que con el cuento de la            guerra te dejes de lavar.
ZAPO.-Sí, mamá. (Se ponen a comer).
SR. TEPÁN.-Qué, hijo mío, ¿has matado mucho?
ZAPO.- ¿Cuándo?
SR. TEPÁN.-Pues estos días.
ZAPO.- ¿Dónde?
SR. TEPÁN.-Pues en esto de la guerra.
ZAPO.-No mucho. He matado poco. Casi nada.
SR. TEPÁN.- ¿Qué es lo que has matado más, caba­llos enemigos o soldados?
ZAPO.-No, caballos no. No hay caballos.
SR. TEPÁN.- ¿Y soldados?
ZAPO.-A lo mejor.
SR. TEPÁN.- ¿A lo mejor? ¿Es que no estás seguro?
ZAPO.-Sí, es que disparo sin mirar. (Pausa.) De to­das formas, disparo muy poco. Y cada vez que disparo, rezo un Padrenuestro por el tío que he matado.
SR. TEPÁN.-Tienes que tener más valor. Como tu padre.
SRA. TEPÁN.-Voy a poner un disco en el gramófono.
            (Pone un disco. Los tres, sentados en el suelo, escuchan).
SR. TEPÁN.-Esto es música, sí señor.
            (Continúa la música. Entra un soldado enemigo: ZE­PO. Viste como ZAPO.Sólo cambia el color del traje. ZEPO va de verde y ZAPO de gris. ZEPO, exta­siado, oye la música a espaldas de la familia TEPÁN. Termina el disco. Al ponerse de pie, ZAPO descubre a ZEPO. Ambos se ponen manos arriba llenos de te­rror. Los esposos TEPÁN los contemplan extrañados.)
SR. TEPÁN.- ¿Qué pasa?
            (ZAPO reacciona. Duda. Por fin, muy decidido, apun­ta con el fusil aZEPO).
ZAPO.- ¡Manos arriba!
            (ZEPO levanta aún más las manos, todavía más ame­drentado. ZAPO no sabe qué hacer. De pronto, va hacia ZEPO y le golpea suavemente en el hombro mien­tras le dice):
ZAPO.- ¡Pan y tomate para que no te escapes!
SR. TEPÁN.-Bueno, ¿y ahora, qué?
ZAPO.-Pues ya ves, a lo mejor, en premio, me ha­cen cabo.
SR. TEPÁN.-Átale, no sea que se escape.
 ZAPO.- ¿Por qué atarle?
SR. TEPÁN.-Pero, ¿es que aún no sabes que a los prisioneros hay que atarles inmediatamente?
ZAPO.- ¿Cómo le ato?
SR. TEPÁN.-Átale las manos.
SRA. TEPÁN.-Sí. Eso sobre todo. Hay que atarle las manos. Siempre he visto que se hace así.
ZAPO.-Bueno. (Al prisionero.) Haga el favor de po­ner las manos juntas, que le voy a atar.

ZEPO.-No me haga mucho daño.
ZAPO.-No.
ZEPO.-Ay, qué daño me hace...
SR. TEPÁN.-Hijo, no seas burro. No maltrates al prisionero.
SRA. TEPÁN.- ¿Eso es lo que yo te he enseñado? ¿Cuántas veces te he repetido que hay que ser bueno con todo el mundo?
ZAPO.-Lo había hecho sin mala intención. (A ZEPO.) ¿Y así, le hace daño?
  ZEPO.-No. Así, no.
SR. TEPÁN.-Diga usted la verdad. Con toda confian­za. No se avergüence porque estemos delante. Si le mo­lestan, díganoslo y se las ponemos más suavemente.
ZEPO.-Así está bien.
SR. TEPÁN.-Hijo átale también los pies para que no se escape.
ZAPO.- ¿También los pies? Qué de cosas…
SR. TEPÁN.-Pero ¿es que no te han enseñado 1as or­denanzas?

ZAPO.-Sí.
SR. TEPÁN.-Bueno, pues todo eso se dice en las or­denanzas.
ZAPO.- (Con muy buenas maneras.) Por favor tenga la bondad de sentarse en el suelo que le vaya atar los pies.
ZEPO.-Pero no me haga daño como la primera vez.
SR. TEPÁN.-Ahora te vas a ganar que te tome tirria.
ZAPO.-No me tomará tirria. ¿Le hago daño?
ZEPO.-No. Ahora está perfecto.
ZAPO.- (Iluminado por una idea.) Papá, hazme una foto con el prisionero en el suelo y yo con un pie sobre su tripa. ¿Te parece?
SR. TEPÁN.- ¡Ah, sí! ¡Qué bien va a quedar!
ZEPO.-No. Eso no.
SRA. TEPÁN.-Diga usted que sí. No sea testarudo.
ZEPO.-No. He dicho que no y es que no.
SRA. TEPÁN.-Pero total, una foto de nada no tiene importancia para usted y nosotros podríamos colocarla en el comedor junto al diploma de salvador de náufra­gos que ganó mi marido hace trece años...
ZEPO.-No crean que me van a convencer.
ZAPO.-Pero, ¿por qué no quiere?
ZEPO.-Es que tengo una novia, y si luego ella ve la foto va a pensar que no sé hacer la guerra.
ZAPO.-No. Dice usted que no es usted; que lo que hay debajo es una pantera.
SRA. TEPÁN.-Ande, diga que sí.
ZEPO.-Bueno. Pero sólo por hacerles un favor.
ZAPO.-Póngase completamente tumbado.
          (ZEPO se tiende sobre el suelo. ZAPO coloca un pie sobre su tripa y, con aire muy fiero, agarra el fusil.)
SRA. TEPÁN,-Saca más el pecho.
ZAPO.- ¿Así?
SRA. TEPÁN.-Sí. Eso. Así. Sin respirar.
SR. TEPÁN.-Pon más cara de héroe.
ZAPO.- ¿Cómo es la cara de héroe?
SR. TEPÁN.-Es bien sencillo: pon la misma cara que ponía el carnicero cuando contaba sus conquistas amo­rosas.
ZAPO.- ¿Así?
   SR. TEPÁN.-Sí, así.
SRA. TEPÁN.-Sobre todo, hincha bien el pecho y no respires.
  ZEPO.-Pero, ¿van a terminar de una vez?
SR. TEPÁN.-Tenga un poco de paciencia. A la una, a las dos y... a las tres.
  ZAPO.-Tengo que haber salido muy bien.
SRA. TEPÁN.-Sí, tenías el aire muy marcial.
 SR. TEPÁN.-Sí, has quedado muy bien.
SRA. TEPÁN.-A mí también me han entrado ganas de hacerme una contigo.
SR. TEPÁN.-Sí, una nuestra quedará también muy bien.
ZAPO.-Bueno, si queréis yo os la hago.
SRA. TEPÁN.- ¿Me dejarás el casco para hacer más militar?
ZEPO.-No quiero más fotos. Con una ya hay de sobra.
ZAPO.-No se ponga usted así. ¿A usted que más le da?
  zEPO.-Nada, no consiento que me hagan más fotos. Es mi última palabra.
SR. TEPÁN.-(A su mujer.) No insistáis más. Los pri­sioneros suelen ser muy susceptibles. Si continuamos así, se disgustará y nos ahogará la fiesta.
ZAPO.-Bueno, ¿y qué hacemos ahora con el prisio­nero?
SRA. TEPÁN.-Lo podemos invitar a comer. ¿Te pa­rece?
SR. TEPÁN.-Por mí no hay inconveniente.
ZAPO.-(A ZEPO). ¿Qué? ¿Quiere comer con nos­otros?
ZEPO.-Pues...
SR. TEPÁN.-Hemos traído un buen tintorro.
ZEPO.-Si es así bueno.
SR. TEPÁN.-Usted haga como si estuviera en su casa. Pídanos lo que quiera.
ZEPO.-Bueno.
SR. TEPÁN.- ¿Qué?, ¿y usted, ha matado mucho?
ZEPO.- ¿Cuándo?
SR. TEPÁN.-Pues estos días.
ZEPO.- ¿Dónde?
SR. TEPÁN.-Pues en esto de la guerra.
ZEPO.-No mucho. He matado poco. Casi nada.
SR. TEPÁN.- ¿Qué es lo que ha matado más, caballos enemigos o soldados?
ZEPO.-No, caballos no. No hay caballos.
SR. TEPÁN.- ¿Y soldados?
ZEPO.-A lo mejor.
SR. TEPÁN.- ¿A lo mejor? ¿Es que no está seguro?
ZEPO.-Sí, es que disparo sin mirar. (Pausa.) De to­das formas, disparo muy poco. Y cada vez que disparo, rezo un Avemaría por el tío que he matado.
SR. TEPÁN.- ¿Un Avemaría? Yo creí que rezaría un Padrenuestro.
ZEPO.-No. Siempre un Avemaría. (Pausa.) Es más corto.
SR. TEPÁN.-Ánimo, hombre. Hay que tener más valor.
SRA. TEPÁN.- (A ZEPO.) Si quiere usted, le soltamos las ligaduras.
ZEPO.-No, déjelo, no tiene importancia.
SR. TEPÁN.-No vaya usted ahora a andar con ver­güenzas con nosotros. Si quiere que le soltemos las ligaduras, díganoslo.
SRA. TEPÁN.-Usted póngase lo más cómodo que pueda.
ZEPO.-Bueno, si se ponen así, suéltenme las ligadu­ras. Pero sólo se lo digo por darles gusto.
SR. TEPÁN.-Hijo, quítaselas. (ZAPO le quita las liga­duras de los pies.)
SRA. TEPÁN.- ¿Qué, se encuentra usted mejor?
ZEPO.-Sí, sin duda. A lo mejor les estoy molestando mucho.
SR. TEPÁN.-Nada de molestarnos, Usted, considérese como en su casa. Y si quiere que le soltemos las manos, no tiene nada más que pedírnoslo.
ZEPO.-No. Las manos, no. Es pedir demasiado.
SR. TEPÁN.-Que no, hombre que no. Ya le digo que no nos molesta en absoluto.
ZEPO.-Bueno... entonces, desátenme las manos. Pero sólo para comer, ¿eh?, que no quiero yo que me digan luego que me ofrecen el dedo y me tomo la mano entera.
SR. TEPÁN.-Niño, quítale las ligaduras de las manos.
SRA. TEPÁN.-Qué bien, con lo simpático que es el señor prisionero, vamos a pasar un buen día de campo.
ZEPO.-No tiene usted que decirme «señor prisione­ro», diga «prisionero» a secas.
SRA. TEPÁN.- ¿No le va a molestar?
ZEPO.-No, en absoluto.
SR. TEPÁN.-Desde luego hay que reconocer que es us­ted modesto.
(Ruido de aviones.)
ZAPO.-Aviones. Seguramente van a bombardeamos.
(ZAPO y ZEPO se esconden. (A toda prisa, entre los sa­cos terreros.)
ZAPO.-( A sus padres.) Poneos al abrigo. Os van a caer las bombas encima.
(Se impone poco a poco el ruido de los aviones. In­mediatamente empiezan a caer bombas. Explotan cer­ca, pero ninguna cae en el escenario. Gran estruendo.ZAPO y ZEPO están acurrucados, entre los sacos. El SR. TEPÁN habla tranquilamente con su esposa. Ella le responde en un tono también muy tranquilo. No se oye su diálogo a causa del bombardeo. La SRA. TEPÁN se dirige a una de las cestas y saca un paraguas. Lo abre. Los TEPÁN se cubren con el paraguas como si es­tuviera lloviendo. Están de pie. Parecen mecerse con una cadencia tranquila apoyándose alternativamente en uno y otro pie mientras hablan de sus cosas. Continúa, el bombardeo. Los aviones se van alejando. Silencio. El SR. TEPÁN extiende un brazo y lo saca del paraguas para asegurarse de que ya no cae nada del cielo.)
SR. TEPÁN.- (A su mujer.) Puedes cerrar ya el pa­raguas.
(La SRA. TEPÁN lo hace. Ambos se acercan a su hijo y le dan unos golpecitos en el culo con el paraguas.)
SR. TEPÁN.-Ya podéis salir. El bombardeo ha termi­nado.
(ZAPO y ZEPO salen de su escondite.)
ZAPO.- ¿No os ha pasado nada?
SR. TEPÁN.- ¿Qué querías que le pasara a tu padre? (Con orgullo.) Bombitas a mí...
(Entra, por la izquierda, una pareja de soldados de la Cruz Roja. Llevan una camilla.      .
PRIMER CAMILLERO.- ¿Hay muertos?
ZAPO.-No. Aquí no.
PRIMER CAMILLERO.- ¿Está seguro de haber mira­do bien?
ZAPO.-Seguro.
PRIMER CAMILLERO.- ¿Y no hay ni un solo muerto?
ZAPO.-Ya le digo que no.
PRIMER CAMILLERO.- ¿Ni siquiera un herido?
ZAPO.-No.
CAMILLERO SEGUNDO. - ¡Pues estamos apañados! (A ZEPO, con un tono persuasivo.) Mire bien por todas partes a ver si encuentra un fiambre.
PRIMER CAMILLERO.-No insistas. Ya te han dicho que no hay.
CAMILLERO SEGUNDO.- ¡Vaya jugada!
ZAPO.-Lo siento muchísimo. Les aseguro que no lo he hecho a posta.
CAMILLERO SEGUNDO.-Eso dicen todos. Que no hay muertos y que no lo han hecho a posta.
PRIMER CAMILLERO.-Venga, hombre, no molestes al caballero.
SR. TEPÁN.- (Servicial.) Si podemos ayudarle lo hare­mos con gusto. Estamos a sus órdenes.
CAMILLERO SEGUNDO.-Bueno, pues si seguimos así ya verás lo que nos va a decir el capitán.
SR. TEPÁN.- ¿Pero qué pasa?
PRIMER CAMILLERO.-Sencillamente, que los demás tie­nen ya las muñecas rotas a fuerza de transportar cadáve­res y heridos y nosotros todavía sin encontrar nada. Y no será porque no hemos buscado...
SR. TEPÁN.-Desde luego que es un problema. (A .ZAPO.) ¿Estás seguro de que no hay ningún muerto?
ZAPO.-Pues claro que estoy seguro, papá.
SR. TEPÁN.- ¿Has mirado bien debajo de los sacos?
ZAPO.-Sí, papá.
SR. TEPÁN.- (Muy disgustado.) Lo que te pasa a ti es que no quieres ayudar a estos señores. Con lo agradables que son. ¿No te da vergüenza?
PRIMER CAMILLERO.-No se ponga usted así, hombre. Déjelo tranquilo. Esperemos tener más suerte y que en otra trinchera hayan muerto todos.
SR. TEPÁN.-No sabe cómo me gustaría,
SRA. TEPÁN.-A mí también me encantaría. No puede imaginar cómo aprecio a la gente que ama su trabajo.
SR. TEPÁN.- (Indignado, a todos.) Entonces, ¿qué? ¿Hacemos algo o no por estos señores?
ZAPO.-Si de mí dependiera, ya estaría hecho.
ZEPO.-Lo mismo digo.
SR. TEPÁN.-Pero, vamos a ver, ¿ninguno de los dos está ni siquiera herido?
ZAPO..-(Avergonzado.) No, yo no.
SR. TEPÁN.-(A ZEPO.) ¿Y usted?
ZEPO.- (Avergonzado.) Yo tampoco. Nunca he tenido suerte...
SRA. TEPÁN.- (Contenta.) ¡Ahora que me acuerdo! Esta mañana al pelar las cebollas me di un corte en el dedo. ¿Qué les parece?
SR. TEPÁN.- ¡Perfecto! (Entusiasmado.) En seguida te llevan.
PRIMER CAMILLERO.-No. Las señoras no cuentan.
SR. TEPÁN.-Pues estamos en lo mismo.
PRIMER CAMILLERO.- No Importa.
CAMILLERO SEGUNDO.-A ver si nos desquitamos en las otras trincheras.
(Empiezan a salir.)
SR. TEPÁN.-No se preocupen ustedes, si encontramos un muerto, se lo guardamos. Estén ustedes tranquilos que no se lo daremos a otros.
CAMILLERO SEGUNDO.-Muchas gracias, caballero.
SR. TEPÁN.-De nada, amigo. Pues no faltaba más...
(Los camilleros les dicen adiós al despedirse y los cua­tro responden. Salen los camilleros.)
SRA. TEPÁN.-Esto es lo agradable de salir los domin­gos al campo. Siempre se encuentra gente simpática. (Pausa.) Y usted, ¿por qué es enemigo?
ZEPO.-No sé de estas cosas. Yo tengo muy poca cultura.
SRA. TEPÁN.- ¿Eso es de nacimiento, o se hizo usted enemigo más tarde?
ZEPO.-No sé. Ya le digo que no sé.
SR. TEPÁN.-Entonces, ¿cómo ha venido a la guerra?
ZEPO.- Yo estaba un día en mi casa arreglando una plancha eléctrica de mi madre cuando vino un señor y me dijo: « ¿Es usted Zepo? Sí. Pues que me han dicho que tienes que ir a la guerra.» Y yo entonces le pregunté: «Pero, ¿a qué guerra?» Y él me dijo: «Qué bruto eres, ¿es que no lees los periódicos?» Yo le dije que sí, pero no lo de las guerras...
ZAPO.-Igualito, igualito me pasó a mí.
SR. TEPÁN.-Sí, igualmente te vinieron a ti a buscar.
SRA. TEPÁN.-No, no era igual, aquel día tú no esta­bas arreglando una plancha eléctrica, sino una avería del coche. .
SR. TEPÁN.-Digo en lo otro. (A ZEPO.) Continúe. ¿Y qué pasó luego?
ZEPO.-Le dije que además tenía novia y que si no iba conmigo al cine los domingos lo iba a pasar muy aburrido. Me respondió que eso de la novia no tenía im­portancia.
ZAPO.-Igualito, igualito que a mí.

ZEPO.-Luego bajó mi padre y dijo que yo no podía ir a la guerra porque no tenía caballo.
ZAPO.-Igualito dijo mi padre.
ZEPO.-Pero el señor dijo que no hacía falta caba­llo y yo le pregunté si podía llevar a mi novia, y me dijo que no. Entonces le pregunté si podía llevar a mi tía  para que me hiciera natillas los jueves, que me gus­tan mucho.
SRA. TEPÁN.-.(Dándose cuenta de que ha olvidado algo.) ¡Ay, las natillas!
ZEPO.- Y me volvió a decir que no.
ZAPO.-Igualito me pasó a mí.
ZEPO.-Y, desde entonces, casi siempre solo en esta trinchera.
SRA. TEPÁN.-Yo creo que ya que el señor prisionero y tú os encontráis tan cerca y tan aburridos, podríais re­uniros todas las tardes para jugar juntos.
ZAPO.-Ay, no mamá. Es un enemigo.
SR. TEPÁN.-Nada, hombre, no tengas miedo.
ZAPO.-Es que si supieras lo que el general nos ha     contado de los enemigos.
SRA. TEPÁN.- ¿Qué ha dicho el general?
ZAPO.-Pues nos ha dicho que los enemigos son muy malos, muy malos muy malos. Dice que cuando cogen prisioneros les ponen chinitas en los zapatos para que cuando anden se hagan daño.          .
SRA. TEPÁN. - ¡Qué barbaridad! ¡Qué malísimos son!
SR. TEPÁN.- (A ZEPO, indignado.) ¿ Y no le da a us­ted vergüenza pertenecer a ese ejército de criminales?
ZEPO.-Yo no he hecho nada. Yo no me meto con nadie.
SRA. TEPÁN.-Con esa carita de buena persona, quería engañamos…
SR. TEPÁN.-Hemos hecho mal en desatarlo, a lo me­jor, si nos descuidamos, nos mete unas chinitas en los zapatos.
ZEPO.-No se pongan conmigo así.
SR. TEPÁN.- ¿Y cómo quiere que nos pongamos? Esto me indigna. Ya sé lo que voy a hacer: voy a  ir al capitán y le voy a pedir que me deje entrar en la guerra.
ZAPO.-No te van a dejar. Eres demasiado viejo.
SR. TEPÁN.-Pues entonces me compraré un caballo y una espada y vendré a hacer la guerra por mi cuenta.
SRA. TEPÁN.-Muy bien. De ser hombre, yo haría lo mismo.
ZEPO.-Señora, no se ponga así conmigo. Además le diré que a nosotros nuestro general nos ha dicho lo mismo de ustedes.
SRA. TEPÁN.- ¿Cómo se ha atrevido a mentir de esa forma?
ZAPO.-Pero, ¿todo igual?
ZEPO.-Exactamente igual.
SR. TEPÁN.- ¿No sería el mismo el que os habló a los dos?
SRA. TEPÁN.-Pero si es el mismo, por lo menos po­dría cambiar de discurso. También tiene poca gracia eso de que a todo el mundo le diga las mismas cosas.
SR. TEPÁN.- ( A ZEPO, cambiando de tono.) ¿Quiere otro vasito?
SRA. TEPÁN.-Espero que nuestro almuerzo le haya gustado…
SR. TEPÁN.-Por lo menos ha estado mejor que el del domingo pasado.
ZEPO.- ¿Qué les pasó?
SR. TEPÁN.-Pues que salimos al campo, colocamos la comida encima de la manta y en cuanto nos dimos la vuelta, llegó una vaca y se comió toda la merienda. Hasta las servilletas.
ZEPO.- ¡Vaya una vaca sinvergüenza!
SR. TEPÁN.-Sí, pero luego, para desquitamos, nos co­mimos la vaca. (Ríen.)
ZAPO.-(A ZEPO.) Pues, desde luego se quitarían el hambre. ..
SR. TEPÁN.- ¡Salud! (Beben.)
SRA. TEPÁN.-(A ZEPO.) Y en la trinchera, ¿qué hace usted para distraerse?
ZEPO.- Yo, para distraerme, lo que hago es pasarme el tiempo haciendo flores de trapo. Me aburro mucho.
SRA. TEPÁN.- ¿ Y qué hace usted con las flores?
ZEPO.-Antes se las enviaba a mi novia. Pero un día me dijo que ya había llenado el invernadero y la bodega de flores de trapo y que si no me molestaba que le en­viara otra cosa, que ya no sabía qué hacer con tanta flor.      
SRA. TEPÁN.-¿ Y qué hizo usted?
ZEPO.-Intenté aprender a hacer otra cosa, pero no pude. Así que seguí haciendo flores de trapo para pasar el tiempo.            .
SRA. TEPÁN.- ¿Y las tira?
ZEPO.-No. Ahora les he encontrado una buena utili­dad: doy una flor para cada compañero que muere. Así ya sé que por muchas que haga, nunca daré abasto.
SR. TEPÁN.-Pues ha encontrado una buena solución.
ZEPO.- (Tímido.) Sí.
ZAPO.-Pues yo me distraigo haciendo jerseys.
SRA. TEPÁN.-Pero, oiga, ¿es que todos los soldados se aburren tanto como usted?
ZEPO.-Eso depende de lo que hagan para divertirse.
ZAPO.-En mi lado ocurre lo mismo.
SR. TEPÁN.-Pues entonces podemos hacer una cosa: parar la guerra.
ZEPO.- ¿Cómo?
SR. TEPÁN.-Pues muy sencillo. Tú le dices a todos los soldados de nuestro ejército que los soldados enemi­gos no quieren hacer la guerra, y usted le dice lo mismo a sus amigos. Y' cada uno se vuelve a su casa.
ZAPO.- ¡Formidable!
SRA. TEPÁN.- Y así  podrá usted terminar de arreglar la plancha eléctrica.
ZAPO.- ¿Cómo no se nos habrá ocurrido antes una idea tan buena para terminar con este lío de la guerra?
SRA. TEPÁN.-Estas ideas sólo las puede tener tu pa­dre. No olvides que es universitario y filatélico.
ZEPO.-Oiga, pero si paramos así la guerra, ¿qué va a pasar con los generales y los cabos?
SRA. TEPÁN.-Les daremos unas panoplias para que se queden tranquilos.
ZEPO.-Muy buena idea.
SR. TEPÁN.- ¿Veis qué fácil? Ya está todo arreglado.
ZEPO,-Tendremos un éxito formidable.
ZAPO.-Qué contentos se van a poner mis amigos.
SRA. TEPÁN.-¿Qué os parece si para celebrarlo baila­mos el pasodoble de antes?
ZEPO.-Muy bien.
ZAPO.-Sí, pon el disco, mamá.
(La SRA. TEPÁN pone un disco. Expectación. No se oye nada.)
SR. TEPÁN.-No se oye nada.
SRA. TEPÁN.- (Va al gramófono.) ¡Ah!, es que me había confundido. En vez de poner un disco, había pues­to una boina.
(Pone el disco. Suena un pasodoble. Bailan, llenos de alegría, ZAPO con ZEPO y laSRA. TEPÁN con su mari­do. Suena el teléfono de campaña. Ninguno de los cua­tro lo oye. Siguen, muy animados, bailando. El teléfono suena otra vez. Continúa el baile. Comienza de nuevo la batalla con gran ruido de bombazos, tiros y ametra­lladoras. Ellos no se dan cuenta de nada y continúan bailando alegremente. Una ráfaga de ametralladora los siega a los cuatro. Caen al suelo, muertos. Sin duda, una bala ha rozado el gramófono: el disco repite y re­pite, sin salir del mismo surco. Se oye durante un rato el disco rayado, que continuará hasta el final de la obra .Entran, por la izquierda, los dos camilleros. Llevan la camilla vacía. Inmediatamente, cae el

TELÓN