lunes, 28 de diciembre de 2015

COMENTARIO COLERIDGE

KUBLA KHAN

1. (Como nos propondrán un fragmento, lo primero que hay que hacer es localizarlo (estrofas 1 , 2, 3, ó 4) y explicarlo con un resumen. Luego, señalar dónde aparece en el texto el tema principal de la obra.)

El nombre del poema, “Kubla Khan o visión en medio de un sueño”,  hace referencia al gobernante asiático Kubla. El subtítulo y la fragmentariedad del poema se explica en el prefacio. El autor se había quedado dormido después de tomar opio. Antes de dormirse, había estado leyendo una historia en la que Kubla Khan ordenó la construcción de un nuevo palacio. Coleridge afirma que mientras dormía, tuvo una visión fantástica. Al despertarse el poeta comenzó a escribir. Llevaba unas cincuenta líneas cuando fue interrumpido por una persona de las empresas Porlock, que lo detuvo por una hora. Después de esta interrupción, no pudo recordar el resto de la visión. La persona de Porlock se ha convertido en una metáfora de las interrupciones maliciosas que el mundo lanza en el camino de la inspiración y el genio.
Kubla reside en Xanadú, lugar de gran belleza natural y misterio. De acuerdo con su decreto se construye una cúpula de placer, es decir, un edificio grande con espacio para cualquier goce físico y mental. Dentro de ese edificio hay una grieta de connotación misteriosa y siniestra. Por esa grieta se da una erupción de rocas y del río Alfa. Los desastres naturales van acompañados de los desastres humanos. Así, se anuncia el evento de la guerra que supone el fin de la cúpula del placer.
La sombra de la cúpula flotaba entre las olas. La ambición humana es fuente potencial de la catástrofe.
El poeta recuerda la visión de una doncella con una cítara. Desea recordar su sinfonía. Si consiguiera recordarla le proporcionaría un potencial imaginativo que le ayudaría a recuperar la visión de su sueño y a diseñar un lugar paradisíaco. Christabel. Cuenta la pasión femenina, entre la protagonista que da nombre al poema y Geraldine, un espíritu maléfico de gran belleza. 

Uno de los temas principales del poema es el poder de la imaginación. El poema celebra la creatividad y la forma en que el poeta es capaz de experimentar una conexión con el universo a través de la inspiración. El poema “Kubla Khan" trata de la obstrucción y frustración del genio visionario. La imaginación se aprecia también en la construcción de la cúpula del placer por parte de Kubla. Ese edificio, dado que está únicamente destinado al goce sensorial, sufre una erupción de rocas y del río Alfa. Los desastres naturales van acompañados de los desastres humanos. Así, se anuncia el evento de la guerra que supone el fin de la cúpula del placer, que con gran imaginación y entendimiento había construido Kubla. La alusión a la sombra de la cúpula del placer hace referencia a las pasiones humanas inadecuadas. La presencia de lo sobrenatural y de la imaginación aparece en la mención de un “soleado” palacio con “cuevas de hielo”. La imaginación queda patente también en la cuarta estrofa, cuando el poeta quiere superar a Kubla en la construcción del Paraíso, para lo cual necesita la imaginación y la inspiración, que se la proporcionará el recuerdo de la sinfonía que toca una doncella con una cítara. Si pudiera revivir esa sinfonía el poeta asumiría la personalidad del mago. El poder del poeta-mago, que ha probado la leche del Paraíso, se apreciaría en sus "ojos llameantes” y en el miedo sacro de sus oyentes que cierran sus ojos.
Otro tema que aparece en el poema es la naturaleza. Aparece su violencia aterradora en la erupción de rocas y del río Alfa. Aparece su inmensidad cuando menciona las cavernas que nunca ha sondeado el hombre o cuando habla de un mar que el sol no alcanza nunca. El tema de la naturaleza aparece en otros poetas románticos como Keats.
También es rasgo romántico la presencia de lo sobrenatural. Se aprecia en la mención de un “soleado” palacio con “cuevas de hielo”, de una sima llena de misterio y hechizada, de una mujer que gime de amor por un espíritu o de un poeta de ojos llameantes tras encontrar la inspiración.


2. El poema se divide en cuatro estrofas irregulares, la primera cuenta con 11 versos, la segunda con 19, la tercera con seis y la última dieciocho. Los versos son también irregulares en cuanto al número de sílabas.
La descripción del espacio es lo más característico del poema. La imagen del círculo es símbolo de perfección y aparece constantemente (murallas circulares) convirtiéndose en alegoría del paraíso (suelo fértil, arroyos, prados verdes). En la primera estrofa el espacio está ordenado frente a lo salvaje de la cueva de la segunda estrofa. Tras ello, observamos como el palacio se sumerge en un onírico caos del océano, que recuerda al origen de la tierra. En estas enigmáticas descripciones predominan los epítetos (“espléndido palacio”, “Cavernas inconmesurables”…), los símiles (“jardínes… como arroyos sinuosos”, “bosques tan viejos como colinas”…), las misteriosas metáforas y personificaciones (“igual que si respirase la tierra con resuellos hondos y agitados”), las referencias a sonidos inquietantes (“una mujer gimiendo de amor por un espíritu”, “como si la tierra jadeara”, “voces de otros tiempos”…) . En resumen, todos los recursos formales se ponen al servicio de la creación de un ambiente salido de una alucinación y que mucho nos puede recordar al surrealismo que llegará con el principio del s. XX.
3. Producción literaria de Coleridge
Coleridge y Wordsworth son los poetas de los lagos. Reciben ese nombre porque residieron una temporada en la región de los lagos de Inglaterra. Para ambos la naturaleza es la gran forma de revelación de lo divino y un gran medio para el análisis de la propia interioridad.
Wordsworth escribe una poesía que se centra en el análisis del yo, la meditación solitaria y la emoción producida por la contemplación de la naturaleza. Se inspira en las cosas sencillas de la vida cotidiana. Coleridge, en cambio, recurre al pasado como un tiempo misterioso y fantástico, proyectando al lector hacia el fantástico mundo de la "imaginación" y de lo sobrenatural. 

En 1798 Wordsworth y Coleridge produjeron el libro de poemas Baladas líricas. Las cuatro primeras composiciones eran de Coleridge y las demás de Wordsworth. De Coleridge destaca su “Balada del viejo marinero”, que cuenta la historia de un marinero que fue castigado por matar a un albatros con la muerte de toda su tripulación. Sin embargo, al final es perdonado por un ermitaño, que le impone como penitencia contar su historia . La “Balada del viejo marinero” pertenece al grupo de poemas demoníacos, del que forman parte también “Kubla Khan” y “Christabel”. Estos poemas, llamados demoníacos, se caracterizan por la búsqueda del perdón divino a través de una purga espiritual. Su otro grupo de poemas son los poemas conversacionales o de meditación, donde se manifiesta el deseo del poeta de volver al hogar, a una infancia perfeccionada.
El tono de estos poemas oscila entre el tranquilo Escarcha a medianoche, donde el poeta se alegra de que su hijo se pueda educar en la naturaleza y así Dios pueda moldear su espíritu; a los muy emotivos Abatimiento, donde el poeta habla de un dolor que no encuentra desahogo ni alivio y Los dolores del dormir, donde el poeta reza en voz alta al sentirse torturado por sus pensamientos.

4. Contexto histórico - literario
Coleridge es uno de los representantes de la poesía romántica inglesa.
El Romanticismo es un movimiento ideológico y cultural del siglo XIX caracterizado por la libertad artística. La Revolución Francesa (1789) sienta las bases de este movimiento con las ideas de libertad, igualdad y fraternidad. El liberalismo se convertirá en la gran doctrina del siglo XIX. Defiende la iniciativa privada: las personas deben ser libres para intervenir en el mercado. Busca también la ampliación del número de personas con derecho a voto.  Aparece también una exaltación de los valores nacionales durante el Romanticismo.
 El Romanticismo se caracteriza por aspectos como la libertad artística, el rechazo de toda norma, la rebeldía, la evasión en el tiempo y en el espacio, el individualismo y subjetivismo, la presencia de una naturaleza que refleja los sentimientos del poeta …
Dentro de la poesía romántica inglesa podemos diferenciar:
• Los poetas de los lagos entre los que se encuentran Coleridge y Wordsworth. Este último cultiva una poesía que se centra en el análisis del yo y la contemplación de la naturaleza.
• Poetas rebeldes o satánicos, llamados así porque hicieron de su vida y su obra un acto de rebeldía contra la sociedad y moral de la época. Tenemos entre ellos a Lord Byron que crea personajes marginados y rebeldes como en su poema Caín, donde se critica la injusticia divina por elegir a Abel y no a Caín; a Percy B. Shelley, que compuso Adonais, elegía por la muerte de Keats, en la que hay una aceptación serena de la muerte; y Keats que con su “Oda a una urna griega” trata el poder inmortalizador de la belleza, manifestado en las producciones artísticas que elaboraron los antiguos griegos.


Comentario KEATS

ODA A UN RUISEÑOR
(Recordad que debéis redactar el comentario formal, luego lo incorporaremos aquí).

1. Señale el contenido del poema (o del fragmento) y relaciónelo con la totalidad de la obra. El poema Oda al ruiseñor pertenece al escritor John Keats, que fue uno de los poetas de la segunda generación de la poesía romántica inglesa..
El tema principal del  poema  es la fugacidad de la vida.
Externamente, el poema está dividido en ocho estrofas claramente diferenciadas en las que la canción del ruiseñor es la imagen dominante dentro de la oda. El ruiseñor es también objeto de la empatía y la alabanza en el poema. El canto del ruiseñor en el poema está relacionado con el arte de la música de la misma manera que la urna en la "Oda a una urna griega" está conectado con el arte de la escultura. Como tal, el ruiseñor representa una presencia encantadora y, a diferencia de la urna, está directamente relacionada con la naturaleza. La conclusión de la canción representa el resultado de tratar de escapar en el reino de la fantasía.
El tono del poema rechaza la búsqueda de placer y explora los temas de la naturaleza, la fugacidad y la mortalidad, siendo este tema el más personal de Keats.
El ruiseñor que se describe en el poema parece que muere, pero esto no ocurre realmente. Parece que el pájaro puede vivir de su canto, algo de lo que el ser humano no puede disfrutar. El poema termina con una aceptación de que el placer no puede durar y que la muerte es una parte inevitable de la vida.
En el poema, Keats imagina la pérdida del mundo físico y se ve a sí mismo muerto. El contraste entre el ruiseñor inmortal y el mortal, sentado en su jardín, se hace aún más agudo a través de la imaginación.

El yo lírico se eleva entre los árboles, con las alas de la palabra poética, para reunirse con el ruiseñor que allí canta. Eso le sirve para comparar la naturaleza eterna y trascendental de los ideales con la fugacidad del mundo físico: el poeta, que se siente morir, ansía esa eternidad.
Muchos críticos están a favor de los temas que se tratan en "Oda a un ruiseñor", pero algunos creen que es estructuralmente deficiente porque el poema a veces se aleja de su idea principal..
2.  Comentario formal.
Al ser una traducción del inglés no podemos analizar su métrica pero respondería a una oda libre o inglesa que comúnmente se utiliza para celebrar algo  o a alguien especial Con  longitud de sus estrofas, métrica y ritmo muy flexibles. (incluid vuestro comentario)
3. Comente la producción literaria del autor. 
Estos poetas, por sus actitudes e ideas, son conocidos con el nombre de poetas rebeldes y entre ellos podemos destacar a Lord Byron, Percy Bysshe Shelley y al ya mencionado anteriormente John Keats.
John Keats comenzó su aprendizaje como cirujano en 1810, pero poco después abandonó los estudios para dedicarse a la vida literaria. Hacia 1818 comenzó a notar los primeros síntomas de tuberculosis, por lo que se trasladó a casa de un amigo suyo. Allí conoció a una joven de la cual se enamoró. Finalmente tuvo que abandonar Inglaterra y se instaló en Italia, donde murió en 1821.
Keats se caracteriza por su llamada “capacidad negativa”, que consiste en experimentar sensaciones misteriosas, dudas e incertidumbres, sin buscar el hecho y la razón.
Entre sus composiciones destaca “Endimión”, en la que el protagonista busca a su amada Diana (diosa de la luna). Endimión se enamora de una mujer terrenal, cometiendo así una especie de infidelidad hacia la diosa, si bien acaba por descubrir que la diosa y la mujer eran la misma persona.
También escribió “Hiperión”, que retrata la derrota de los Titanes y la llegada de los dioses Olímpicos.
Sin embargo, Keats va a destacar por sus odas. En ellas sobresale el tema de la naturaleza, que se considera un medio de expresión de los sentimientos del alma y del sentido trascendente de la vida. El contraste entre la eternidad de la belleza y la fugacidad de la vida humana se convierte en el tema central de sus odas.
Los temas románticos que encontramos en esta oda son:
Eternidad de la belleza
En la “Oda a un ruiseñor” la eternidad de la belleza se manifiesta en el canto del ruiseñor, al que no pueden afectar la decadencia ni la muerte. El canto se ensalza ya desde el principio cuando manifiesta que tanta felicidad sonora le duele, no por envidia sino por sobreabundancia de gozo. Como romántico, quiere alejarse del mundo y perderse con el ruiseñor por el bosque en penumbra y poder ver a la Luna en su trono rodeada de hadas estelares. El poeta quiere morir escuchando ese canto melodioso porque le haría apacible su muerte. La caducidad humana contrasta con la inmortalidad del ruiseñor, cuyo canto es escuchado desde los tiempos antiguos e incluso en tierras de leyenda ya olvidadas.
Naturaleza.
- En la “Oda a un ruiseñor” la importancia de la naturaleza se manifiesta en los frondosos abedules donde se esconde el ruiseñor, en su deseo de beber el vino que conserva el sabor de praderas, o en el arroyo tranquilo donde se va diluyendo el canto del ruiseñor.
- El protagonismo de la naturaleza se da también en “KublaKhan” de Coleridge.
Evasión romántica
En la “Oda a un ruiseñor” aparece el tema de la evasión romántica, ya que el poeta quiere alejarse del mundo, quiere huir de la fiebre, del hastío, de la angustia, de los gemidos de los hombres, de la juventud marchita, donde pensar significa tristeza y la Belleza pierde su esplendor.
 

4. Sitúe al autor en su contexto literario.
El Romanticismo, época en la el poeta desarrolló toda su obra, por estos momentos ya está instaurado y extendido por otras partes de Europa.
La época romántica inglesa acentuó la emoción sobre la razón. El culto a la naturaleza también caracterizó dicha literatura y se produjo la primacía de la voluntad individual sobre las normas sociales de conducta. Además hubo también una preferencia por la ilusión de la experiencia inmediata en cuanto opuesta a la experiencia generalizada y el interés por lo que estaba lejos en el espacio y en el tiempo.
• Los poetas de los lagos. Aquí se encuentran:
- Wordsworth, con una poesía que se centra en el análisis del yo, la meditación solitaria y la emoción producida por la contemplación de la naturaleza.
- Coleridge, que destaca por su “Balada del viejo marinero”, que cuenta la historia de un marinero que fue castigado por matar a un albatros con la muerte de toda su tripulación.
• Poetas rebeldes o satánicos. A este grupo pertenecería Keats. También se encuentran:
- Lord Byron. Crea personajes marginados y rebeldes. Destaca su poema Caín, donde se critica la injusticia divina por elegir a Abel y no a Caín.
- Percy B. Shelley, que compuso Adonais, que es una elegía por la muerte de Keats, en la que hay una aceptación serena de la muerte.
La poesía de Keats posee un tono intimista y además le atrae todo lo que esté relacionado con el mundo griego, pues dice que en ello percibe la belleza de las formas clásicas. A esas características responden sus cinco grandes odas, entre las que encontramos Oda al ruiseñor. 

Además habría que destacar la obra de Goethe en Alemania con sus Cartas al joven Werther y su Fausto, tan emparentado con el Don Juan Tenorio español, en Francia a Víctor Hugo con su conocida novela Los miserables y, en el género de la narrativa histórica especial relieve adquiere W. Scott con obras como Ivanhoe.

domingo, 13 de diciembre de 2015

lunes, 30 de noviembre de 2015

Preparamos el s. XVIII

Para resumir y aprender esta época es interesante visitar este enlace de Mercé Vergès donde hallaréis un ppt que presenta de modo resumido el periodo,
http://es.slideshare.net/mvergess/12-la-ilustracin-presentation-742266

FRAGMENTOS:
ROUSSEAU, CONFESIONES
(RESUMEN: Las Confesiones fueron escritas entre 1766 y 1770, cuando su autor contaba entre 54 y 58 años. En 1762, con la publicación del Emilio y el Contrato social empezaron sus desgracias: las dos obras fueron condenadas por el Parlamento de París y se dicto orden de prisión contra el autor, aunque se permitió que escapara. Vivió un tiempo en Suiza, luego en Inglaterra y finalmente recaló en París de nuevo, en 1770. Las Confesiones, escritas en el exilio, son una potente autojustificación de un anciano que ya estaba aquejado por la paranoia y la manía persecutoria. La paranoia tenía su fundamento: la condena del Emilio y del Contrato era exagerada y consecuencia de una persecución real en la que intervienen varios enciclopedistas (los ilustrados del tiempo), como d"Alembert, Diderot y el barón de Holbach. Rousseau tenía razón en extrañarse de la ferocidad de sus enemigos, antes amigos. Pero no la tiene al considerarse fuera de toda culpa, siempre inocente y, como llega a decir, “el mejor de los hombres”.
Las Confesiones es un libro único. San Agustín se había confesado a Dios y contado muchos detalles de su vida. Montaigne, con la excuse de unos ensayos, hizo algo semejante. Pero solo Rousseau trata solo de él mismo, y con una egolatría tan camuflada por el sentimiento que sorprende aun hoy por lo directo, la fluidez y el modo singular de convertir las culpas en méritos. El estilo es más ameno que el de la mejor novela. Hay momentos y arranques líricos que conmueven. Sirve edemas como retrato, todo lo parcial que se quiera, de una época: la de la Ilustración en Francia. El siglo XVIII aparece aquí con toda claridad: la difundida inmoralidad entre las clases altas, donde era frecuente el menage a trois, que empezaba en la corte, con la influencia de la favorita de Luis XV, madame Pompadour. -extraído dehttp://www.mercaba.org/Filosofia/rousseau_02.htm- )

"Emprendo una obra de la que no hay ejemplo y que no tendrá imitadores. Quiero mostrar a
mis semejantes un hombre en toda la verdad de la Naturaleza y ese hombre seré yo.
Sólo yo. Conozco mis sentimientos y conozco a los hombres.
No soy como ninguno de cuantos he visto, y me atrevo a creer que no soy como ninguno de
cuantos existen. Si no soy mejor, a lo menos soy distinto de ellos. Si la Naturaleza ha
obrado bien o mal rompiendo el molde en que me ha vaciado, sólo podrá juzgarse después
de haberme leído.
Que la trompeta del Juicio Final suene cuando quiera; yo, con este libro, me presentaré ante
el Juez Supremo y le diré resueltamente:
“He aquí lo que hice, lo que pensé y lo que fui. Con igual franqueza dije lo bueno y lo
malo. Nada malo me callé ni me atribuí nada bueno; si me ha sucedido emplear algún
adorno insignificante, lo hice sólo para llenar un vacío de mi memoria. Pude haber supuesto
cierto lo que pudo haberlo sido, mas nunca lo que sabía que era falso. Me he mostrado
como fui, despreciable y vil, o bueno, generoso y sublime cuando lo he sido. He
descubierto mi alma tal como Tú la has visto, ¡oh Ser Supremo! Reúne en torno mío la
innumerable multitud de mis semejantes para que escuchen mis confesiones, lamenten mis
flaquezas, se avergüencen de mis miserias. Que cada cual luego descubra su corazón a los
pies de tu trono con la misma sinceridad; y después que alguno se atreva a decir en tu
presencia: “Yo fui mejor que ese hombre.”

VOLTAIRE , CÁNDIDO
(Resúmen: En esta célebre fantasía filosófica, el joven Cándido, discípulo del doctor Pangloss -a su vez discípulo de Leibniz, filósofo del optimismo- sufre el infortunio de creer que el nuestro "es el mejor de todos los mundos posibles". Tras numerosas desventuras, se retira junto a sus compañeros a orillas de la Propóntide, en donde descubre que el secreto de la felicidad reside en  "cultivar nuestro huerto".
Cándido, quizás el relato mas famoso de Voltaire, es una novela de aprendizaje, y su héroe un optimista que cree a pies juntillas que el mundo es un paraíso, a pesar que, desde la primera línea, la realidad se encarga de negarlo.La estructura tiene un hilo conductor claro: el viaje; los vientos de la vida llevan de aquí para allá a Cándido, convertido en un juguete del destino que recorre un mundo estragado por catástrofes naturales, por designios humanos y, sobre todo, por las religiones.Voltaire ataca, con ironía y sarcasmo, la intolerancia, el fanatismo, los abusos de la colonización europea en América, los engaños y artificios sociales, y las matanzas de las guerras -extraído de http://dueloliterae.blogspot.com.es/2010/02/candido-de-voltaire-fragmento.html-).
"¿Sabe usted, por ejemplo, que en el momento en que yo os hablo hay cien mil locos de nuestra especie que llevan sombrero y que matan a otros cien mil animales que llevan turbante, o son asesinados por ellos, y que así ocurre en toda la tierra desde tiempo inmemorial? Estremecióse el Sirio y preguntó cuál podía ser el motivo de tan horribles querellas entre animales tan ruines. “El motivo es, dijo el filósofo, unos cuantos trozos de tierra tan grandes como vuestro talón. Y no se trata de que algunos de esos millones de hombres que se dejan la vida pretenda obtener para sí ni un pequeño terrón de ella. Lo que se ventila no es más que saber si esa tierra pertenecerá a un cierto hombre que se llama Sultán o a otro que, yo no sé por qué, se hace llamar César . Ni el uno ni el otro han visto ni verán jamás el pequeño rincón de tierra que está en litigio, y casi ninguno de esos animales que se matan mutuamente ha visto nunca al animal por el cual se matan”. 
- ¡Desgraciados! exclamó el Sirio con indignación, ¿puede concebirse tal exceso de rabia tan furiosa? Ganas me dan de dar tres pasos, y de aplastar con otros tantos puntapiés a toda esta ralea de asesinos ridículos. No vale la pena que os toméis tal molestia, que de sobra se están labrando ya ellos su propia ruina. Sabed que dentro de diez años no seguirá viviendo ni la centésima parte de estos miserables; sabed que incluso antes de sacar la espada, el hambre, la fatiga o la intemperancia habrán acabado con casi todos. Por otra parte, no es a ellos a los que hay que castigar: es a esos bárbaros sedentarios que apoltronados en sus despachos ordenan, mientras hacen la digestión, el exterminio de un millón de hombres y a continuación dan solemnemente gracias a Dios por ello. "

MONTESQUIEU, EL ESPÍRITU DE LAS LEYES
"Una de las obras más críticas de la Ilustración es “El espíritu de las leyes”, en francés “De l’esprit des lois”. Fue redactada por Montesquieu y publicada en 1748. En ella, el autor francés estudia las relaciones de las leyes políticas con la constitución de los estados, las costumbres, la religión, el comercio, el clima y los tipos de suelo de cada nación. Fue un libro que tuvo 22 ediciones en tan solo dos años ysuscitó violentas críticas, tanto por parte de los jesuitas, como por parte de los jansenistas. La Sorbona lo prohibió y la Iglesia Católica lo incluyó en el Índice de Libros Prohibidos.

‘El espíritu de las leyes’ de Montesquieu
Montesquieu recibió grandes influencias de sus viajes por Europa, en especial el que realizó a Gran Bretaña, y lo plasmó en su obra, donde recreó el modelo político anglosajón de la separación de poderes y la monarquía constitucional. El escritor francés lo consideraba como el mejor sistema para luchar contra el despotismo ilustrado. “El espíritu de las leyes” habla de los conceptos de poder ejecutivo, poder legislativo y poder judicial pero, sobre todo, de la relación de los tresMontesquieu rechaza las teorías absolutistas en las que una persona debería concentrarlos todos en su figura y apuesta por un “equilibrio de poderes”. Este se debería producir de manera muy sencilla, donde cada uno de los poderes controle al otro y todos se controlen entre sí.
La teoría del equilibrio que presenta en su obra, también la recogen otros autores ilustrados, como por ejemplo Isaac Newton. De la misma forma en que Montesquieu sugiere que haya un rey que esté controlado por unos poderes intermedios, formados por la nobleza, el clero y los parlamentos, Newton plantea teorías sobre cómo ciertos elementos se atraen pero no pierden su identidad, lo que permite un equilibrio perfecto. Vendría a ser el mismo concepto pero, en lugar de aplicarse a la ciencia, aplicado a la vida política.
En definitiva, “El espíritu de las leyes” es una obra que une todo aquello que la Ilustración representa y, al mismo tiempo, combate el despotismo y el absolutismo. Fue la base que más adelante aplicaría la Revolución Francesa en 1789 y todas las constituciones de mentalidad liberal. Incluso hoy en día, la inmensa mayoría de las cartas magnas democráticas hablan de la separación de poderes que proponía Montesquieu en su obra". (extraído de http://redhistoria.com/el-espiritu-de-las-leyes-de-montesquieu/#.VlwHcdIvddg)

martes, 24 de noviembre de 2015

Shaun Tan y nuestros haikus de los sentimientos

Entre todos vamos a organizar una emotiva exposición de sentimientos (escritos en haiku) a partir de las inspiradoras ilustraciones que Shaun Tan crea en su libro Emigrantes. Para ello vuestras profesoras os explicarán qué es un haiku, practicaréis y luego crearéis hermosos dibujos y textos. Aquí os ofrezco catorce imagenes que, seguro, llegan a vuestro corazón. Ánimo.










domingo, 22 de noviembre de 2015

25 de noviembre

Ójala dentro de pocos años no haya que recordar en este día a todas las personas que sufren malos tratos. Aquí os dejo el enlace de un video para pensar
.

A los alumnos de 4º les propongo estas frases

Julia se avergonzaba de su vida
Se sufren malos tratos en muchos lugares del mundo
En aquellos años se veían bien estas actitudes
Con nuestros jóvenes una sociedad distinta es posible
Entre todos denunciaremos a los malvados
La maldad parece imposible de anular
La mujer miraba aterrorizada al padre de su hijo
La bañera se convierte en símbolo del ahogamiento vital
Se ve el maltrato desde un punto de vista diferente
El inspirador corto invita a la reflexión profunda sobre el problema

sábado, 21 de noviembre de 2015

ENLACES INTERESANTES PARA TODOS

Estos dos enlaces os pueden ser útiles para repasar:  MORFOLOGÍA

www.latizavirtual.org










y ORTOGRAFÍA y todo lo demás en www.roble.pntic.mec.es
NO DEJÉIS DE VISTARLOS

martes, 17 de noviembre de 2015

REDACCIÓN COMENTARIO ROMEO Y JULIETA

COMENTARIO ROMEO Y JULIETA


1. Este es un fragmento de la escena II del II acto de Romeo y Julieta de W. Shakespeare. Trata de  la aparición de Romeo bajo el balcón de Julieta y del diálogo en el que ella le insta para que se vaya por temer el ataque de su familia y él insiste en permanecer allí.
La obra cuenta como dos enamorados son víctimas de las rivalidades de dos familias (los Montescos, familia de Romeo, y los Capuleto, a la que pertenece Julieta).  Aunque Romeo está enamorado de Rosalina, en un baile organizado por los Capuleto descubre a Julieta de la que queda prendado. Tras esto Romeo y Julieta protagonizan varios encuentros amorosos hasta que Fray Lorenzo. Un cruento conflicto entre Tebaldo, Capuleto que odia a Romeo, y el amigo de éste último, Mercucio, termina con la muerte del fiel amigo del Montesco. Ante ello, Romeo toma venganza matando a Tebaldo lo que ocasionará su destierro a Mantua, después de una noche de amor con Julieta. La familia de esta organiza su matrimonio con Paris y ella para huir de este destino sigue el consejo de Fray Lorenzo y toma un bebedizo que la hace parecer muerta. Romeo es avisado de esta “muerte” pero no del engaño que esconde y al llegar de Mantua, desesperado compra veneno y al lardo de su amada lo ingiere después de matar a Paris en duelo. Cuando Julieta revive y descubre a su amado muerto, se apuñala. Este trágico final hace que los patriarcas de las dos familias se reconcilien.
2. A nivel formal destacamos en la estructura externa una única parte en la que las intervenciones de los protagonistas se suceden ordenadamente y en la interna hallamos tres partes: en la primera Julieta pregunta a Romeo la razón de su visita; en la segunda le avisa del peligro que corre; y, finalmente, Romeo víctima del loco amor desprecia el riesgo y confiesa un amor total.
El fragmento refleja el género dramático al que pertenece por el protagonismo absoluto del diálogo en el que vamos a localizar elementos de función apelativa en las preguntas y emotiva en las interjecciones (¡Ay!) y expresiones subjetivas del sentimiento de Romeo. A ellas se suma la función poética presente en un abundante número de figuras retóricas, sobre todo en las palabras de Romeo. La referencia mitológica a Cupido puede adquirir  un valor metafórico, las personificaciones del amor se suceden en distintos momentos, la hipérbole caracteriza las palabras de Romeo al comparar el peligro de los ojos de Julieta con las espadas de sus parientes, sinestésica es la atribución de dulzura a la mirada de la dama, el juego de los opuestos (vida/muerte, odio/amor) es muy del gusto de Shakespeare; para concluir, la comparación metafórica del final pone el broche al texto.
Hallamos en toda la obra una dualidad formal que permite la alternancia entre un estilo culto, retórico y petrarquista cuando habla Romeo o los nobles y un estilo coloquial, incluso obsceno a veces, en las intervenciones de criados o el ama. El autor alterna la comedia con la tragedia en toda la obra y en este fragmento la comicidad puede aparecer en el choque entre los discursos y el registro de Romeo (idealista y neoplatónico) y Julieta (pragmática). Aunque nuestro fragmento es una traducción sabemos que el autor mezcla verso (blanco y pareados) y prosa en esta tragedia. La comicidad habitualmente es lograda por Shakespeare a través de juegos ingeniosos de palabras  y replicas ágiles de personajes como los criados.

3. Willian Shakespeare (1564-1616) fue el dramaturgo más destacado del teatro barroco isabelino, junto con Marlowe y Ben Jonson. En su teatro mezcla lo trágico y lo cómico, el verso (libre y pareados) con la prosa y rompe la regla aristotélica de las tres unidades; se obsesiona con el lenguaje típicamente barroco y, en especial, con los juegos ingeniosos de palabras que buscan, con frecuencia, la comicidad. En sus casi cuarenta obras encontramos: comedias como La fierecilla domada o Sueño de una noche de verano; tragedias, entre las que destacan Otelo –prototipo de celoso-, Hamlet –símbolo de la duda-, Macbeth –reflejo de la ambición-, o Romeo y Julieta –arquetipos del amor-; finalmente, en el drama histórico se centra en la historia de su país en obras como Enrique III o Enrique V o de la Antigua Roma con Julio César o Antonio y Cleopatra. Muchos de sus personajes se convierten en prototipos universales de sentimientos humanos. Su faceta como poeta ha dado a la literatura bellísimos sonetos que compartieron protagonismo con la obras de John Donne y John Milton (El paraíso perdido).
Romeo y Julieta recoge una larga tradición literaria de amores imposibles con desenlace final que podríamos encontrar ya en Ovidio con la Fábula de Píramo y Tisbe o en nuestros Calisto y Melibea celestinescos. Shakespeare consigue con su obra proyectar esta historia hasta la literatura, la música y el cine contemporáneos. Los temas que se engarzan en la historia principal son múltiples y van desde el amor (entendido como superador de la muerte o causante del drama), el destino (causante del final trágico), el tiempo (propiciador de este desenlace fatal), el orden establecido (marcado por la familia, la sociedad, la política), la relación luz/oscuridad (reflejada en los opposita amor/odio, vida/muerte, juventud/madurez) y el matrimonio (que se analiza como libre o impuesto, con sus consecuencias).
4. Como hemos señalado, el autor pertenece al Barroco que es un movimiento cultural e ideológico que nace a finales del XVI, llegando hasta principios del XVIII. El vitalismo y clasicismo renacentistas se ahogan en una situación de crisis generalizada (económica, política, espiritual, social). Aparece así el espíritu de la Contrarreforma, anuladora de las filosofías protestantes de Erasmo, Lutero  y racionalistas de Descartes. Surgen así los tópicos literarios, reflejo perfecto de la ideología dominante, de: el engaño a los ojos, la vida es sueño o el gran teatro del mundo, que ahondan en la hipocresía social; el homo homini lupus que favorece un pensamiento desesperado; y el tempus fugit y pulvi sumus, claro reflejo del pesimismo barroco. A nivel formal, la armonía renacentista es sustituida por la complejidad (primero con el manierismo, después con el barroco y al final con el rococó). La propoporción y equilibrio se sustituyen por el retorcimiento, decoración extrema y el movimiento. Todo esto se visibiliza en el paso de las columnas dóricas a la salomónicas propias de la arquitectura del XVII. La belleza se encuentra en la deformación de la naturaleza, subrayando sus contrastes, como el clarosocuro pictórico. Los temas se heredan del Renacimiento, continuando un gusto por lo mitológico, a los que se suman otros morales o religiosos como la fugacidad de las cosas mundanas, la muerte, la confusión apariencia-realidad.
En este momento de cambio surgen los dos grandes nombres de la literatura universal, Shakespeare y Cervantes que protagonizan el cambio de época. Por otro lado, Lope de Vega en España protagoniza una revolución teatral similar a la de Shakespeare en la escena inglesa. Ellos serán los padres del teatro moderno.


domingo, 15 de noviembre de 2015

COMENTARIO DE TEXTO "ROMEO Y JULIETA"


PROPUESTA DE COMENTARIO

JULIETA ¿Cómo has entrado aquí? ¿Con qué objeto? Responde. Los muros del jardín son altos y difíciles de escalar: considera quién eres; este lugar es tu muerte si alguno de mis parientes te halla en él.
ROMEO Con las ligeras alas de Cupido he franqueado estos muros; pues las barreras de piedra no son capaces de detener al amor: Todo lo que éste puede hacer lo osa. Tus parientes, en tal virtud, no son obstáculo para mí.
JULIETA Si te encuentran acabarán contigo.
ROMEO ¡Ay! Tus ojos son para mí más peligrosos que veinte espadas suyas. Dulcifica sólo tu mirada y estoy a prueba de su encono.
 JULIETA No quisiera, por cuanto hay, que ellos te vieran aquí.
ROMEO En mi favor esta el manto de la noche, que me sustrae de su vista; y con tal que me ames, poco me importa que me hallen en este sitio. Vale más que mi vida sea víctima de su odio que el que se retarde la muertesin tu amor.
JULIETA ¿Quién te ha guiado para llegar hasta aquí?

ROMEO El amor, que a inquirir me impulsó el primero; él me prestó su inteligencia y yo le presté mis ojos. No entiendo de rumbos, pero, aunque estuvieses tan distante como esa extensa playa que baña el más remoto Océano, me aventuraría en pos de semejante joya.

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1. Exponga el contenido del fragmento y relaciónelo con la obra de la que ha sido extraído.
2. Analice los aspectos formales del texto.
3. Comente la producción literaria del autor con especial atención a la obra seleccionada y explique su posible relación de semejanza o diferencia con otras obras.
4. Sitúe al autor en su contexto histórico-literario.

INCLUYO AQUÍ CRITERIOS DE CORRECIÓN Y CALIFICACIÓN de la PAU
El examen consta de dos opciones y el alumno deberá elegir una. Cada opción tendrá dos preguntas: 1.ª) Tema. El alumno debe desarrollar los contenidos de un tema incluido en el programa de la materia. Se recomienda que en la exposición del tema prevalezcan la capacidad de comprensión y la ilación de conceptos y datos significativos de los diversos períodos, movimientos, géneros y obras de la literatura universal. Se calificará con una puntuación máxima de 3 puntos. 
2.ª) Comentario de texto En los casos de opcionalidad aparecerán dos fragmentos de los títulos propuestos para que el alumno elija uno según la lectura realizada durante el curso. El comentario constará de cuatro cuestiones que van del texto al contexto. En la primera el alumno deberá exponer el contenido del fragmento propuesto y lo relacionará con la totalidad del título del que procede. Se valorarán la capacidad de comprensión, de síntesis y la pertinente demostración de la lectura atenta de la obra. La segunda cuestión versa sobre los aspectos formales del texto. En función de la significación y la naturaleza del fragmento seleccionado, el alumno podrá destacar aspectos estilísticos, retóricos o relacionados con la tipología del texto narrativo, poético o dramático. En la tercera pregunta, el alumno deberá demostrar sus conocimientos sobre la producción del autor, su comprensión y su valoración personal suficientemente argumentada de la obra leída. Y en la cuarta cuestión, deberá situar al autor en su época literaria. El comentario se calificará con una puntuación máxima de 7 puntos. En ambas preguntas (tema y comentario de texto) se valorarán, en su conjunto, el contenido de la respuesta y la expresión de la misma. 
1) En la valoración del contenido se tendrán en cuenta los siguientes aspectos: 
a. Conocimiento y concreción de los conceptos. 
b. Capacidad de síntesis y de relación. c. Coherencia de la exposición o argumentación. 
2) En la valoración de la expresión escrita se tendrán en cuenta los criterios establecidos con carácter general por la Comisión Organizadora:
 a. La propiedad del vocabulario. 
b. La corrección sintáctica.
c. La corrección ortográfica (grafías y tildes). 
d. La puntuación apropiada. 
e. La adecuada presentación. 
«El corrector especificará en el ejercicio la deducción efectuada en la nota global en relación con los cinco criterios, que podrá ser hasta un máximo de cuatro puntos. Hasta dos errores aislados no deben penalizarse». 

jueves, 12 de noviembre de 2015

la divina comedia - el infierno de dante (documental).avi

Los triunfos de Petrarca.

EL REALISMO Y ANA OZORES



Todo sucede en Vetusta, ciudad que simboliza la vulgaridad, incultura e hipocresía propia de muchas ciudades provincianas de la España de la Restauración. En ella se desarrolla la vida de la frustrada Ana Ozores que, además de no conocer a su madre y ser criada por unas tías solteronas crueles y materialistas, no puede ser madre. Se casa por conveniencia con el anciano Víctor Quintanar, regente de la Audiencia. Ana, sensible y soñadora, termina en los brazos del donjuan D. Álvaro Mesía y en las garras psicológicas del Magistral D. Fermín de Pas, deseoso de poseer su alma y su cuerpo. Estos dos personajes representan a la aristocracia decadente y al clero corrupto que pretende criticar Clarín, junto con la hipocresía y presión social que destruye al individuo. 
La obra comienza in media res y se divide en dos partes, los quince primeros capítulos presentan situación, personajes y lo que sucede en tres días, mientras que los quince últimos desarrollan toda la trama que se extienden en tres años.


LEED ESTA SELECCIÓN DE TEXTOS DE LA REGENTA, elegid uno e incluidme aquí vuestro comentario.

TEXTO 1

La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas migajas de la basura, aquellas sobras de todo se juntaban en un montón, parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegado a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un escaparate, agarrada a un plomo.
Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de coro, que retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la Santa Basílica. La torre de la catedral, poema romántico de piedra, delicado himno, de dulces líneas de belleza muda y perenne, era obra del siglo diez y seis, aunque antes comenzada, de estilo gótico, pero, cabe decir, moderado por un instinto de prudencia y armonía que modificaba las vulgares exageraciones de esta arquitectura. La vista no se fatigaba contemplando horas y horas aquel índice de piedra que señalaba al cielo; no era una de esas torres cuya aguja se quiebra de sutil, más flacas que esbeltas, amaneradas, como señoritas cursis que aprietan demasiado el corsé; era maciza sin perder nada de su espiritual grandeza, y hasta sus segundos corredores, elegante balaustrada, subía como fuerte castillo, lanzándose desde allí en pirámide de ángulo gracioso, inimitable en sus medidas y proporciones. Como haz de músculos y nervios la piedra enroscándose en la piedra trepaba a la altura, haciendo equilibrios de acróbata en el aire; y como prodigio de juegos malabares, en una punta de caliza se mantenía, cual imantada, una bola grande de bronce dorado, y encima otra más pequeña, y sobre esta una cruz de hierro que acababa en pararrayos.



TEXTO 2
Uno de los recreos solitarios de don Fermín de Pas consistía en subir a las alturas. Era montañés, y por instinto buscaba las cumbres de los montes y los campanarios de las iglesias. En todos los países que había visitado había subido a la montaña más alta, y si no las había, a la más soberbia torre. No se daba por enterado de cosa que no viese a vista de pájaro, abarcándola por completo y desde arriba. Cuando iba a las aldeas acompañando al Obispo en su visita, siempre había de emprender, a pie o a caballo, como se pudiera, una excursión a lo más empingorotado. En la provincia, cuya capital era Vetusta, abundaban por todas partes montes de los que se pierden entre nubes; pues a los más arduos y elevados ascendía el Magistral, dejando atrás al más robusto andarín, al más experto montañés. Cuanto más subía más ansiaba subir; en vez de fatiga sentía fiebre que les daba vigor de acero a las piernas y aliento de fragua a los pulmones. Llegar a lo más alto era un triunfo voluptuoso para De Pas. Ver muchas leguas de tierra, columbrar el mar lejano, contemplar a sus pies los pueblos como si fueran juguetes, imaginarse a los hombres como infusorios, ver pasar un águila o un milano, según los parajes, debajo de sus ojos, enseñándole el dorso dorado por el sol, mirar las nubes desde arriba, eran intensos placeres de su espíritu altanero, que De Pas se procuraba siempre que podía. Entonces sí que en sus mejillas había fuego y en sus ojos dardos. En Vetusta no podía saciar esta pasión; tenía que contentarse con subir algunas veces a la torre de la catedral. Solía hacerlo a la hora del coro, por la mañana o por la tarde, según le convenía. Celedonio que en alguna ocasión, aprovechando un descuido, había mirado por el anteojo del Provisor, sabía que era de poderosa atracción; desde los segundos corredores, mucho más altos que el campanario, había él visto perfectamente a la Regenta, una guapísima señora, pasearse, leyendo un libro, por su huerta que se llamaba el Parque de los Ozores; sí, señor, la había visto como si pudiera tocarla con la mano, y eso que su palacio estaba en la rinconada de la Plaza Nueva, bastante lejos de la torre, pues tenía en medio de la plazuela de la catedral, la calle de la Rúa y la de San Pelayo. ¿Qué más? Con aquel anteojo se veía un poco del billar del casino, que estaba junto a la iglesia de Santa María; y él, Celedonio, había visto pasar las bolas de marfil rodando por la mesa. Y sin el anteojo ¡quiá! en cuanto se veía el balcón como un ventanillo de una grillera. Mientras el acólito hablaba así, en voz baja, a Bismarck que se había atrevido a acercarse, seguro de que no había peligro, el Magistral, olvidado de los campaneros, paseaba lentamente sus miradas por la ciudad escudriñando sus rincones, levantando con la imaginación los techos, aplicando su espíritu a aquella inspección minuciosa, como el naturalista estudia con poderoso microscopio las pequeñeces de los cuerpos. No miraba a los campos, no contemplaba la lontananza de montes y nubes; sus miradas no salían de la ciudad.
Vetusta era su pasión y su presa. Mientras los demás le tenían por sabio teólogo, filósofo y jurisconsulto, él estimaba sobre todas su ciencia de Vetusta. La conocía palmo a palmo, por dentro y por fuera, por el alma y por el cuerpo, había escudriñado los rincones de las conciencias y los rincones de las casas. Lo que sentía en presencia de la heroica ciudad era gula; hacía su anatomía, no como el fisiólogo que sólo quiere estudiar, sino como el gastrónomo que busca los bocados apetitosos; no aplicaba el escalpelo sino el trinchante.

TEXTO 3


Ana corrió1 con mucho cuidado las colgaduras granate, como si alguien pudiera verla desde el tocador. Dejó caer con negligencia su bata azul con encajes crema, y apareció blanca toda, como se la figuraba don Saturno poco antes de dormirse, pero mucho más hermosa que Bermúdez podía representársela. Después de abandonar todas las prendas que no habían de acompañarla en el lecho, quedó sobre la piel de tigre, hundiendo los pies desnudos, pequeños y rollizos en la espesura de las manchas pardas. Un brazo desnudo se apoyaba en la cabeza algo inclinada, y el otro pendía a lo largo del cuerpo, siguiendo la curva graciosa de la robusta cadera. Parecía una impúdica modelo olvidada de sí misma en una postura académica impuesta por el artista. Jamás el Arcipreste, ni confesor alguno había prohibido a la Regenta esta voluptuosidad de distender a sus solas los entumecidos miembros y sentir el contacto del aire fresco por todo el cuerpo a la hora de acostarse. Nunca había creído ella que tal abandono fuese materia de confesión.
Abrió el lecho. Sin mover los pies, dejose caer de bruces sobre aquella blandura suave con los brazos tendidos. Apoyaba la mejilla en la sábana y tenía los ojos muy abiertos. La deleitaba aquel placer del tacto que corría desde la cintura a las sienes.
-«¡Confesión general!» -estaba pensando-. Eso es la historia de toda la vida. Una lágrima asomó a sus ojos, que eran garzos, y corrió hasta mojar la sábana.
Se acordó de que no había conocido a su madre. Tal vez de esta desgracia nacían sus mayores pecados.
«Ni madre ni hijos».
Esta costumbre de acariciar la sábana con la mejilla la había conservado desde la niñez. -Una mujer seca, delgada, fría, ceremoniosa, la obligaba a acostarse todas las noches antes de tener sueño. Apagaba la luz y se iba. Anita lloraba sobre la almohada, después saltaba del lecho; pero no se atrevía a andar en la obscuridad y pegada a la cama seguía llorando, tendida así, de bruces, como ahora, acariciando con el rostro la sábana que mojaba con lágrimas también. Aquella blandura de los colchones era todo lo maternal con que ella podía contar; no había más suavidad para la pobre niña. Entonces debía de tener, según sus vagos recuerdos, cuatro años. Veintitrés habían pasado, y aquel dolor aún la enternecía. Después, casi siempre, había tenido grandes contrariedades en la vida, pero ya despreciaba su memoria; una porción de necios se habían conjurado contra ella; todo aquello le repugnaba recordarlo; pero su pena de niña, la injusticia de acostarla sin sueño, sin cuentos, sin caricias, sin luz, la sublevaba todavía y le inspiraba una dulcísima lástima de sí misma. Como aquel a quien, antes de descansar en su lecho el tiempo que necesita, obligan a levantarse, siente sensación extraña que podría llamarse nostalgia de blandura y del calor de su sueño, así, con parecida sensación, había Ana sentido toda su vida nostalgia del regazo de su madre. Nunca habían oprimido su cabeza de niña contra un seno blando y caliente; y ella, la chiquilla, buscaba algo parecido donde quiera. Recordaba vagamente un perro negro de lanas, noble y hermoso; debía de ser un terranova. -¿Qué habría sido de él?-. El perro se tendía al sol, con la cabeza entre  las patas, y ella se acostaba a su lado y apoyaba la mejilla sobre el lomo rizado, ocultando casi todo el rostro en la lana suave y caliente. En los prados se arrojaba de espaldas o de bruces sobre los montones de yerba segada. Como nadie la consolaba al dormirse llorando, acababa por buscar consuelo en sí misma, contándose cuentos llenos de luz y de caricias.
(… )
Pensando la Regenta en aquella niña que había sido ella, la admiraba y le parecía que su vida se había partido en dos, una era la de aquel angelillo que se le antojaba muerto. La niña que saltaba del lecho a obscuras era más enérgica que esta Anita de ahora, tenía una fuerza interior pasmosa para resistir sin humillarse las exigencias y las injusticias de las personas frías, secas y caprichosas que la criaban.

TEXTO4
Doña Ana tardó mucho en dormirse, pero su vigilia ya no fue impaciente, desabrida. El espíritu se había refrigerado con el nuevo sesgo de los pensamientos. Aquel noble esposo a quien debía la dignidad y la independencia de su vida, bien merecía la abnegación constante a que ella estaba resuelta. Le había sacrificado su juventud: ¿por qué no continuar el sacrificio? No pensó más en aquellos años en que había una calumnia capaz de corromper la más pura inocencia; pensó en lo presente. Tal vez había sido providencial aquella aventura de la barca de Trébol. Si al principio, por ser tan niña, no había sacado ninguna enseñanza de aquella injusta persecución de la calumnia, más adelante, gracias a ella, aprendió a guardar las apariencias; supo, recordando lo pasado, que para el mundo no hay más virtud que la ostensible y aparatosa. Su alma se regocijó contemplando en la fantasía el holocausto del general respeto, de la admiración que como virtuosa y bella se le tributaba. En Vetusta, decir la Regenta era decir la perfecta casada. Ya no veía Anita la estúpida existencia de antes. Recordaba que la llamaban madre de los pobres. Sin ser beata, las más ardientes fanáticas la consideraban buena católica. Los más atrevidos Tenorios, famosos por sus temeridades, bajaban ante ella los ojos, y su hermosura se adoraba en silencio. Tal vez muchos la amaban, pero nadie se lo decía... Aquel mismo don Álvaro que tenía fama de atreverse a todo y conseguirlo todo, la quería, la adoraba sin duda alguna, estaba segura; más de dos años hacía que ella lo había conocido, pero él no había hablado más que con los ojos, donde Ana fingía no adivinar una pasión que era un crimen.
Verdad era que en estos últimos meses, sobre todo desde algunas semanas a esta parte, se mostraba más atrevido... hasta algo imprudente, él que era la prudencia misma, y sólo por esto digno de que ella no se irritara contra su infame intento... pero ya sabría contenerle; sí, ella le pondría a raya helándole con una mirada... Y pensando en convertir en carámbano a don Álvaro Mesía, mientras él se obstinaba en ser de fuego, se quedó dormida dulcemente
TEXTO5
La familia de los Ozores era una de las más antiguas de Vetusta. Era el tal apellido de muchos condes y marqueses, y pocos nobles había en la ciudad que no fueran, por un lado o por otro, algo parientes de tan ilustre linaje.
Don Carlos, padre de Ana, era el primogénito de un segundón del conde de Ozores. Don Carlos tuvo dos hermanas, Anunciación y Águeda, que con su padre habitaron mucho tiempo el caserón de sus mayores. La rama principal, la de los condes, vivía años hacía emigrada.
El primogénito del segundón quiso tener una carrera, ser algo más que heredero de algunas caserías, unos cuantos foros y un palacio achacoso de goteras. Fue ingeniero militar. Se portó como un valiente; en muchas batallas demostró grandes conocimientos en el arte de Vauban, construyó duraderos y bien dispuestos fuertes en varias costas, y llegó pronto a coronel de ejército, comandante del cuerpo. Cansado de casamatas, cortinas, paralelas y castillos, procurose un empleo en la corte y fue perdiendo sus aficiones militares, quedándose   -98-   sólo con las científicas: prefirió la física, las matemáticas a las aplicaciones de tales ciencias, al arte, y cada día fue menos guerrero. Pero al mismo tiempo se entregaba a las delicias de Capua, y por fin, después de muchos amoríos, tuvo un amor serio, una pasión de sabio (o cosa parecida) que ya no es joven.
Loco de amor se casó2 don Carlos Ozores a los treinta y cinco años con una humilde modista italiana que vivía en medio de seducciones sin cuento, honrada y pobre. Esta fue la madre de Ana que, al nacer, se quedó sin ella.
-«¡Menos mal!» -pensaban las hermanas de don Carlos allá en su caserón de Vetusta.
Su matrimonio había originado al coronel un rompimiento con su familia. Se escribieron dos cartas secas y no hubo más relaciones.
-Si viviera mi padre -pensaba Ozores- de fijo perdonaba este matrimonio desigual.
-¡Si viviera padre, moriría del disgusto! -decían las solteronas implacables.
Toda la nobleza vetustense aprobaba la conducta de aquellas señoritas, que vieron un castigo de Dios en el desgraciado puerperio de la modista italiana, su cuñada indigna.

TEXTO6
El elemento masculino notó mucho antes que el femenino la extraordinaria belleza de Anita. Pocos meses después de la fiebre, Ana había crecido milagrosamente, sus formas habían tomado una amplitud armónica que tenía orgullosa a la nobleza vetustense. La verdad era que el tipo aristocrático no se perdía, pese a la chusma que no quiere clases. Aquella niña en cuanto la habían separado de una vida vulgar, en poder de un padre extraviado y liberalote, y la habían alimentado bien, había recobrado el tipo de la raza. Se votó por unanimidad que era hermosísima. La plebe opinaba lo mismo que la nobleza, y la clase media era de igual parecer. En poco tiempo se consolidó la fama de aquella hermosura y Anita Ozores fue por aclamación la muchacha más bonita del pueblo. Cuando llegaba un forastero, se le enseñaba la torre de la catedral, el Paseo de Verano, y, si era posible, la sobrina de las de Ozores. Eran las tres maravillas de la población.
(…)
Su belleza salvó a la huérfana. Se la admitió sin reparo en la clase, en la intimidad de la clase por su hermosura. Nadie se acordaba de la modista italiana. -Tampoco Ana debía mentarla siquiera, según orden expresa de las tías-. Se había olvidado todo, incluso el republicanismo del padre, todo: era un perdón general. Ana era de la clase; la honraba con su hermosura, como un caballo de sangre y de piel de seda honra la caballeriza y hasta la casa de un potentado.
Las señoritas nobles no envidiaban mucho a Anita, porque era pobre. Para ellas la hermosura era cosa secundaria; daban más valor a la dote y a los vestidos, y creían que las proporciones -los novios aceptables- harían lo mismo. Sabían a qué atenerse. En las tertulias, en los bailes, en las excursiones campestres no le faltarían a la sobrina adoradores; los muchachos de la aristocracia eran casi todos libertinos más o menos disimulados; les atraería la hermosura de Ana, pero no se casarían con ella. Cada niña aristócrata no necesitaba más cuidado que prohibir a su novio formal -el futuro esposo- hacer el amor a la huérfana, a lo menos en presencia de su futura. Si Anita se descuidaba, pensaban las herederas, podía verse comprometida sin ninguna utilidad. Dentro de la nobleza no era probable que se casara. Los nobles ricos buscaban a las aristócratas ricas, sus iguales; los nobles pobres buscaban su acomodo en la parte nueva de Vetusta, en la Colonia india, como llamaban al barrio de los americanos los aristócratas. Un indiano plebeyo, un vespucio  -como también los apellidaban- pagaba caro el placer de verse suegro de un título, o de un caballero linajudo por lo menos.
El cálculo de las tías respecto al matrimonio de Ana no se había modificado a pesar de la gran hermosura de su sobrina. Por guapa no se casaría con un noble; era preciso abdicar, dejarla casarse con un ricacho plebeyo. Entre tanto, se necesitaba mucha vigilancia y tener advertida a la niña.
(… )
Si alguno se propasase a mayores, lo que se llama mayores, sobre todo, tomándolo en serio y obsequiándote (palabra de la juventud de doña Anuncia), obsequiándote en regla, entonces no te fíes; déjale decir, pero no te dejes tocar. Al que te proponga amores formales, no le toleres pellizcos, ni nada que no sea inofensivo. Escandalizarse es ridículo, es como no saber con qué se come alguna cosa...
-Es una falta de educación entre la clase...
-Y tolerar demasiado es exponerse. Tú no te has de casar con ninguno de ellos...
-Ni gana, tía -dijo Anita sin poder contenerse, pesándole en seguida de haberlo dicho.
Doña Águeda sonrió.
-Eso de la gana te lo guardas para ti -exclamó doña Anuncia, puesta en pie otra vez, y dejando caer el Werther al suelo.
-Eres muy orgullosa -añadió.
-Déjala; el que no se consuela...
-Tienes razón; están verdes. Pero lo que importa es que tú no olvides lo que te digo. Es necesario que dejes antes de entrar en casa de la marquesa ese aire displicente y ese tonillo seco, porque es una impertinencia. Lo que está bien, muy bien, y ya ves como lo bueno se te alaba, es que en público mantengas el severo continente que merece no menos elogios del público que tu palmito y buen talle.
-Sí, hija mía -interrumpió doña Águeda-. Es necesario sacar partido de los dones que el Señor ha prodigado en ti a manos llenas. 
Ana se moría de vergüenza. Estos elogios eran el mayor martirio. Se figuraba sacada a pública subasta. Doña Águeda y después su hermana trataron con gran espacio el asunto de la cotización probable de aquella hermosura que consideraban obra suya. Para doña Águeda la belleza de Ana era uno de los mejores embutidos; estaba orgullosa de aquella cara, como pudiera estarlo de una morcilla. Lo demás, lo que se refería a la esbeltez, lo había hecho la raza, decía doña Anuncia, que se picaba de esbelta, porque era delgada.
(…)
Uno a uno despreciaba todos los elogios que a su hermosura tributaban los señoritos nobles y los abogadetes de Vetusta y cuantos la veían; pero al despertar, como una neblina de incienso bien oliente envolvían su voluptuoso amanecer del alma aquellas dulces alabanzas de tantos labios condensadas en una sola, y con deleite saboreaba Ana aquel perfume. Y como la historia ha de atreverse a decirlo todo, según manda Tácito, sépase que Anita, casta por vigor del temperamento, encontraba exquisito deleite en verificar la justicia de aquellas alabanzas. Era verdad, era hermosa. Comprendía aquellos ardores que con miradas unos, con palabras misteriosas otros, daban a entender todos los jóvenes de Vetusta. Pero ¿el amor? ¿Era aquello el amor? No, eso estaba en un porvenir lejano todavía. Debía de ser demasiado grande, demasiado hermoso para estar tan cerca de aquella miserable vida que la ahogaba, entre las necedades y pequeñeces que la rodeaban. Acaso el amor no vendría nunca; pero prefería perderlo a profanarlo. Toda su resignación aparente era por dentro un pesimismo invencible: se había convencido de que estaba condenada a vivir entre necios; creía en la fuerza superior de la estupidez general; ella tenía razón contra todos, pero estaba debajo, era la vencida. Además su miseria, su abandono, la preocupaban más que todo; su pensamiento principal era librar a sus tías de aquella carga, de aquella obra de caridad que cada día pregonaban más solemnemente las viejas.
Quería emanciparse; pero ¿cómo? Ella no podía ganarse la vida trabajando; antes la hubieran asesinado las Ozores; no había manera decorosa de salir de allí a no ser el matrimonio o el convento.
Pero la devoción de Ana ya estaba calificada y condenada por la autoridad competente. Las tías, que habían maliciado algo de aquel misticismo pasajero, se habían burlado de él cruelmente. Además, la falsa devoción de la niña venía complicada con el mayor y más ridículo defecto que en Vetusta podía tener una señorita: la literatura. Era este el único vicio grave que las tías habían descubierto en la joven y ya se le había cortado de raíz.
Cuando doña Anuncia topó en la mesilla de noche de Ana con un cuaderno de versos, un tintero y una pluma, manifestó igual asombro que si hubiera visto un rewólver4, una baraja o una botella de aguardiente. Aquello era una cosa hombruna, un vicio de hombres vulgares, plebeyos. Si hubiera fumado, no hubiera sido mayor la estupefacción de aquellas solteronas. «¡Una Ozores literata!».
-«Por allí, por allí asomaba la oreja de la modista italiana que, en efecto, debía de haber sido bailarina, como insinuaba doña Camila en su célebre carta».
(…)
Tan general y viva fue la protesta del gran mundo de Vetusta contra los conatos literarios de Ana, que ella misma se creyó en ridículo y engañada por la vanidad.
A solas en su alcoba algunas noches en que la tristeza la atormentaba, volvía a escribir versos, pero los rasgaba en seguida y arrojaba el papel por el balcón para que sus tías no tropezasen con el cuerpo del delito. La persecución en esta materia llegó a tal extremo, tales disgustos le causó su afán de expresar por escrito sus ideas y sus penas, que tuvo que renunciar en absoluto a la pluma; se juró a sí misma no ser la «literata», aquel ente híbrido y abominable de que se hablaba en Vetusta como de los monstruos asquerosos y horribles.
TEXTO7
Su marido era botánico, ornitólogo, floricultor, arboricultor, cazador, crítico de comedias, cómico, jurisconsulto; todo menos un marido. Quería más a Frígilis que a su mujer. ¿Y quién era Frígilis? Un loco; simpático años atrás, pero ahora completamente ido, intratable; un hombre que tenía la manía de la aclimatación, que todo lo quería armonizar, mezclar y confundir; que injertaba perales en manzanos y creía que todo era uno y lo mismo, y pretendía que el caso era «adaptarse al medio». Un hombre que había llegado en su orgía de disparates a injertar gallos ingleses en gallos españoles: ¡Lo había visto ella! Unos pobrecitos animales con la cresta despedazada, y encima, sujeto con trapos un muñón de carne cruda, sanguinolenta ¡qué asco! Aquel Herodes era el Pílades de su marido. Y hacía tres años que ella vivía entre aquel par de sonámbulos, sin más relaciones íntimas. Bastaba, bastaba, no podía más; aquello era la gota de agua que hace desbordar... ¡caer en una trampa que un marido coloca en su despacho como si fuera el monte! ¡no era esto el colmo de lo ridículo!».
La exageración de aquel sentimiento de cólera injustísima, pueril, la hizo notar su error. «¡Ella sí que era ridícula! ¡Irritarse de aquel modo por un incidente vulgar, insignificante!». Y volvió contra sí todo el desprecio. «¿Qué culpa tiene él de que yo entre a deshora, sin luz en su despacho? ¿Qué motivo racional de queja tenía ella? Ninguno. ¡Oh! no había pretexto, no había pretexto para la ingratitud...».
«Pero no importaba; ella se moría de hastío. Tenía veintisiete años, la juventud huía; veintisiete años de mujer eran la puerta de la vejez a que ya estaba llamando... y no había gozado una sola vez esas delicias del amor de que hablan todos, que son el asunto de comedias, novelas y hasta de la historia. El amor es lo único que vale la pena de vivir, había ella oído y leído muchas veces. Pero ¿qué amor? ¿Dónde estaba ese amor? Ella no lo conocía. Y recordaba entre avergonzada y furiosa que su luna de miel había sido una excitación inútil, una alarma de los sentidos, un sarcasmo en el fondo; sí, sí, ¿para qué ocultárselo a sí misma si a voces se lo estaba diciendo el recuerdo?: la primer noche, al despertar en su lecho de esposa, sintió junto a sí la respiración de un magistrado; le pareció un despropósito y una desfachatez que ya que estaba allí dentro el señor Quintanar, no estuviera con su levita larga de tricot y su pantalón negro de castor; recordaba que las delicias materiales, irremediables, la avergonzaban, y se reían de ella al mismo tiempo que la aturdían: el gozar sin querer junto a aquel hombre le sonaba como la frase del miércoles de ceniza, ¡quia pulvis es! eres polvo, eres materia... pero al mismo tiempo se aclaraba el sentido de todo aquello que había leído en sus mitologías, de lo que había oído a criados y pastores murmurar con malicia... ¡Lo que aquello era y lo que podía haber sido!... Y en aquel presidio de castidad no le quedaba ni el consuelo de ser tenida por mártir y heroína... Recordaba también las palabras de envidia, las miradas de curiosidad de doña Águeda (q. e. p. d.) en los primeros días del matrimonio; recordaba que ella, que jamás decía palabras irrespetuosas a sus tías, había tenido que esforzarse para no gritar: «¡Idiota!» al ver a su tía mirarla así. Y aquello continuaba, aquello se había sufrido en Granada, en Zaragoza, en Granada otra vez y luego en Valladolid. Y ni siquiera la compadecían. Nada de hijos. Don Víctor no era pesado, eso es verdad. Se había cansado pronto de hacer el galán y paulatinamente había pasado al papel de barba que le sentaba mejor. ¡Oh, y lo que es como un padre se había hecho querer, eso sí!; no podía ella acostarse sin un beso de su marido en la frente. Pero llegaba la primavera y ella misma, ella le buscaba los besos en la boca; le remordía la conciencia de no quererle como marido, de no desear sus caricias; y además tenía miedo a los sentidos excitados en vano. De todo aquello resultaba una gran injusticia no sabía de quién, un dolor irremediable que ni siquiera tenía el atractivo de los dolores poéticos; era un dolor vergonzoso, como las enfermedades que ella había visto en Madrid anunciadas en faroles verdes y encarnados. ¿Cómo había de confesar aquello, sobre todo así, como lo pensaba? y otra cosa no era confesarlo».
«Y la juventud huía, como aquellas nubecillas de plata rizada que pasaban con alas rápidas delante de la luna... ahora estaban plateadas, pero corrían, volaban, se alejaban de aquel baño de luz argentina y caían en las tinieblas que eran la vejez, la vejez triste, sin esperanzas de amor. Detrás de los vellones de plata que, como bandadas de aves cruzaban el cielo, venía una gran nube negra que llegaba hasta el horizonte. Las imágenes entonces se invirtieron; Ana vio que la luna era la que corría a caer en aquella sima de obscuridad, a extinguir su luz en aquel mar de tinieblas».
«Lo mismo era ella; como la luna, corría solitaria por el mundo a abismarse en la vejez, en la obscuridad del alma, sin amor, sin esperanza de él... ¡oh, no, no, eso no!».
Sentía en las entrañas gritos de protesta, que le parecía que reclamaban con suprema elocuencia, inspirados por la justicia, derechos de la carne, derechos de la hermosura.
TEXTO8
Estaba desnudo de medio cuerpo arriba. El cuello robusto parecía más fuerte ahora por la tensión a que le obligaba la violencia de la postura, al inclinarse sobre el lavabo de mármol blanco. Los brazos cubiertos de vello negro ensortijado, lo mismo que el pecho alto y fuerte, parecían de un atleta. El Magistral miraba con tristeza sus músculos de acero, de una fuerza inútil. Era muy blanco y fino el cutis, que una emoción cualquiera teñía de color de rosa. Por consejo de don Robustiano, el médico, De Pas hacía gimnasia con pesos de muchas libras; era un Hércules. Un día de revolución un patriota le había dado el ¡quién vive! en las afueras, cerca de la noche. De Pas rompió el fusil de chispa en las espaldas del aguerrido centinela, que le había querido coser a bayonetazos, porque no se entregaba a discreción. Nadie supo aquella hazaña, ni el mismo don Santos Barinaga que andaba a caza de las calumnias y verdades que corrían contra La Cruz Roja, como él llamaba, colectivamente, al Provisor y a su madre. En cuanto al miliciano, había callado, jurando odio eterno al clero y a los fusiles de chispa. Era uno de los que al murmurar del Magistral añadían:
-«¡Si yo hablara!».
Mientras estaba lavándose, desnudo de la cintura arriba, don Fermín se acordaba de sus proezas en el juego de bolos, allá en la aldea, cuando aprovechaba vacaciones del seminario para ser medio salvaje corriendo por breñas y vericuetos; el mozo fuerte y velludo que tenía enfrente, en el espejo, le parecía un otro yo que se había perdido, que había quedado en los montes, desnudo, cubierto de pelo como el rey de Babilonia, pero libre, feliz... Le asustaba tal espectáculo, le llevaba muy lejos de sus pensamientos de ahora, y se apresuró a vestirse. En cuanto se abrochó el alzacuello, el Magistral volvió a ser la imagen de la mansedumbre cristiana, fuerte, pero espiritual, humilde: seguía siendo esbelto, pero no formidable. Se parecía un poco a su querida torre de la catedral, también robusta, también proporcionada, esbelta y bizarra, mística; pero de piedra
(…)
La madre de don Fermín creía en la omnipotencia de la mujer. Ella era buen ejemplo. No temía que las intrigas del Cabildo pudiesen gran cosa contra el prestigio de su Fermín, que era el instrumento de que ella, doña Paula, se valía para estrujar el Obispado. Fermín era la ambición, el ansia de dominar; su madre la codicia, el ansia de poseer. Doña Paula se figuraba la diócesis como un lagar de sidra de los que había en su aldea; su hijo era la fuerza, la viga y la pesa que exprimían el fruto, oprimiendo, cayendo poco a poco; ella era el tornillo que apretaba; por la espiga de acero de su voluntad iba resbalando la voluntad, para ella de cera, de su hijo; la espiga entraba en la tuerca, era lo natural. «Era mecánico» como decía don Fermín explicando religión. «Pero a una mujer otra mujer» pensaba el tornillo. «Su hijo era joven todavía, podían seducírselo, como ya otra vez habían intentado y acaso conseguido». Ella creía en la influencia de la mujer, pero no se fiaba de su virtud. «¡La Regenta, la Regenta! dicen que es una señora incapaz de pecar, pero ¿quién lo sabe?». Algo había oído de lo que se murmuraba. Era amiga de algunas beatas de las que tienen un pie en la iglesia y otro en el mundo; estas señoras son las que lo saben todo, a veces aunque no haya nada. Le habían dicho, sobre poco más o menos, y sin estilo flamenco, lo mismo que Orgaz contaba en el Casino dos días antes: que don Álvaro estaba enamorado de la Regenta, o por lo menos quería enamorarla, como a tantas otras. «Aquel don Álvaro era un enemigo de su hijo. Lo sabía ella». Ni el mismo don Fermín le tenía por enemigo, por más que varias veces había adivinado en él un rival en el dominio de Vetusta. Pero doña Paula tenía superior instinto; veía más que nadie en lo que interesaba al poderío de su hijo. «Aquel don Álvaro era otro buen mozo, listo también, arrogante, hombre de mundo; tenía el prestigio del amor, contaba con las mujeres respectivas de muchos personajes de Vetusta, y a veces con los personajes mismos, gracias a las mujeres; era el jefe de un partido, el brazo derecho, y la cabeza acaso, de los Vegallana... podía disputar a Fermín, con fuerzas iguales acaso, el dominio de Vetusta, de aquella Vetusta que necesitaba siempre un amo y cuando no lo tenía se quejaba de la falta «de carácter» de los hombres importantes. Y ¿por qué no había de estar ya Mesía disputando ese dominio? ¿No cabía en lo posible que la Regenta, aquella santa, y el don Alvarito, se entendieran y quisieran coger en una trampa al pobre Fermo?». Estas malas artes, por complicadas y sutiles que fuesen, las suponía fácilmente doña Paula en cualquier caso, porque ella pasaba la vida entregada a combinaciones semejantes. De estas sospechas no comunicó a su hijo más que lo suficiente para prevenirle contra la Regenta y sus confesiones de dos horas. No citó el nombre de Mesía. En los labios le retozaba esta pregunta:
« ¿Pero de qué demontres hablasteis dos horas seguidas?».
TEXTO9
Quien más gozaba con aquella propaganda de infamia, después de Glocester que la creía obra suya exclusivamente, era D. Álvaro Mesía. Ya aborrecía de muerte al Magistral. «Era el primer hombre ¡y con faldas! que le ponía el pie delante: ¡el primer rival que le disputaba una presa, y con trazas de llevársela!». «Tal vez se la había llevado ya. Tal vez la fina y corrosiva labor del confesonario había podido más que su sistema prudente, que aquel sitio de meses y meses, al fin del cual  el arte decía que estaba la rendición de la más robusta fortaleza. Yo pongo el cerco, pero ¿quién sabe si él ha entrado por la mina?». El dandy vetustense sudaba de congoja recordando lo mucho que había padecido bajo el poder de don Víctor Quintanar, que según su cuenta, en pocos meses de íntima amistad le había declamado todo el teatro de Calderón, Lope, Tirso, Rojas, Moreto y Alarcón. Y todo, ¿para qué? «Para que el diablo haga a esa señora caer en cama, tomarle miedo a la muerte, y de amable, sensible y condescendiente (que era el primer paso), convertirse en arisca, timorata, mística... pero mística de verdad. ¿Y quién se la había puesto así? El Magistral, ¿qué duda cabía? Cuando él comenzaba a preparar la escena de la declaración, a la que había de seguir de cerca la del ataque personal, cuando la próxima primavera prometía eficaz ayuda... se encuentra con que la señora tiene fiebre». «La señora no recibe», y estuvo sin verla quince días. Se le permitía llegar al gabinete, preguntarle cómo estaba... pero no entrar en la alcoba. Él había ido a visitarla todos los días, pero como si no, no le dejaban verla. Y ¡oh rabia! el Magistral, él lo había visto, pasaba sin obstáculo, y estaba solo con ella. «La lucha era desigual». Durante la primera convalecencia, que duró pocos días, se le permitió a él también entrar en la alcoba dos o tres veces, pero nunca pudo hablar a solas con Ana. Y lo más triste había sido después; cuando la segunda arremetida del mal, que fue tan peligrosa, cedió el paso poco a poco a la salud. Ana le recibió en su gabinete. ¡Pero cómo! Por de pronto estaba bastante delgada, y pálida como una muerta. «Hermosísima, eso sí, hermosísima... pero a lo romántico. Con mujeres de aquellas carnes y de aquella sangre no luchaba él. Estaba entregada a Dios. ¡Claro! ¡Apenas comía! No podía levantar un brazo sin cansarse». Don Álvaro calculaba, furioso de impaciencia, cuánto tiempo tardaría aquella naturaleza en adquirir la fuerza necesaria para volver a sentir los impulsos sensuales, que eran la fe viva del señor Mesía y su esperanza. Tardaría mucho. Mientras tanto él no podría emprender nada de provecho. «Y el Magistral estaba haciendo allí su agosto; embutiendo aquel cerebro débil de visiones celestes... Ana era otra para él. No le miraba jamás, y las pocas palabras con que contestaba a las preguntas de cariñoso interés, eran corteses, afables, pero frías, como cortadas por patrón. A veces se le ocurría a él si se las dictaría el Magistral». Una tarde comía la Regenta en presencia de su esposo, don Álvaro y De Pas. Le costaba lágrimas cada bocado. El Magistral opinaba que a la fuerza no debía comer. Entonces Mesía tomó con mucho calor la defensa del alimento obligatorio.
-Yo creo, con permiso de este señor canónigo, que lo principal aquí es sentirse bien; y pronto, para que no se apodere la anemia de ese organismo...
-Oh, amigo mío -replicó el Magistral, sonriendo con mucha amabilidad- la anemia, usted sabe mejor que yo que puede venir a pesar del alimento... Además, comer no es lo mismo que alimentarse...
-Pues, con permiso del señor canónigo, yo aconsejaría carne cruda, mucha carne a la inglesa...
(… )
Ana sintió que un pie de don Álvaro rozaba el suyo y a veces lo apretaba. No recordaba en qué momento había empezado aquel contacto; mas cuando puso en él la atención sintió un miedo parecido al del ataque nervioso más violento, pero mezclado con un placer material tan intenso, que no lo recordaba igual en su vida. El miedo, el terror era como el de aquella noche en que vio a Mesía pasar por la calle de la Traslacerca, junto a la verja del parque; pero el placer era nuevo, nuevo en absoluto y tan fuerte, que le ataba como con cadenas  de hierro a lo que ella ya estaba juzgando crimen, caída, perdición.
Don Álvaro habló de amor disimuladamente, con una melancolía bonachona, familiar, con una pasión dulce, suave, insinuante... Recordó mil incidentes sin importancia ostensible que Ana recordaba también. Ella no hablaba pero oía. Los pies también seguían su diálogo; diálogo poético sin duda, a pesar de la piel de becerro, porque la intensidad de la sensación engrandecía la humildad prosaica del contacto.
Cuando Ana tuvo fuerza para separar todo su cuerpo de aquel placer del roce ligero con don Álvaro, otro peligro mayor se presentó en seguida: se oía a lo lejos la música del salón.
-¡A bailar, a bailar! -gritaron Paco, Edelmira, Obdulia y Ronzal.
Para Trabuco era el paraíso aquel baile que él llamó clandestino, allí, entre los mejores, lejos del vulgo de la clase media...
Se entreabrió la puerta para oír mejor la música, se separó la mesa hacia un rincón, y apretándose unas a otras las parejas, sin poder moverse del sitio que tomaban, se empezó aquel baile improvisado.
Don Víctor gritó:
-Ana ¡a bailar! Álvaro, cójala usted...
No, quería abdicar su dictadura el buen Quintanar; don Álvaro ofreció el brazo a la Regenta que buscó valor para negarse y no lo encontró.
Ana había olvidado casi la polka; Mesía la llevaba como en el aire, como en un rapto; sintió que aquel cuerpo macizo, ardiente, de curvas dulces, temblaba en sus brazos.
Ana callaba, no veía, no oía, no hacía más que sentir un placer que parecía fuego; aquel gozo intenso, irresistible, la espantaba; se dejaba llevar como cuerpo muerto, como en una catástrofe; se le figuraba que dentro de ella se había roto algo, la virtud, la fe, la vergüenza; estaba perdida, pensaba vagamente...
El presidente del Casino en tanto, acariciando con el deseo aquel tesoro de belleza material que tenía en los brazos, pensaba... «¡Es mía! ¡ese Magistral debe de ser un cobarde! Es mía... Este es el primer abrazo de que ha gozado esta pobre mujer». ¡Ay sí, era un abrazo disimulado, hipócrita, diplomático, pero un abrazo para Anita!
(… )
Oh, Mesía era más noble, luchaba sin visera, mostrando el pecho, anunciando el golpe... No había abusado de su amistad con don Víctor, no había insistido. ¡Pero los dos la amaban!». La tristeza de Ana encontraba en este pensamiento un consuelo dulce sino intenso. «Ella no podría ser de ninguno; del Magistral no podía ni quería... Le debía eterna gratitud... pero otra cosa... sería un absurdo repugnante. Daba asco. Bueno estaría empezar a querer en el mundo cerca de los treinta años... ¡y a un clérigo!... La vergüenza y algo de cólera encendían el rostro de Ana. ¡Pero ese hombre esperaría que yo... en mi vida!...».
Como aquella tarde pasó muchos días la Regenta. Las mismas ideas cruzaban, combinadas de mil maneras, por su cerebro excitado.
Cuando sentía la presencia de Mesía en el deseo, huía de ella avergonzada, avergonzada también de que no fuera un remordimiento punzante el recuerdo del baile, sobre todo el del contacto de don Álvaro. «Pero no lo era, no. Veíalo como un sueño; no se creía responsable, claramente responsable de lo que había sucedido aquella noche. La habían emborrachado con palabras, con luz, con vanidad, con ruido... con champaña... Pero ahora sería una miserable si consentía a don Álvaro insistir en sus provocaciones. No quería venderse al sofisma de la tentación que le gritaba en los oídos: al fin don Álvaro no es canónigo; si huyes de él te expones a caer en brazos del otro. Mentira, gritaba la honradez. Ni del uno ni del otro seré. A don Fermín le quiero con el alma, a pesar de su amor, que acaso él no puede vencer como yo no puedo vencer la influencia de Mesía sobre mis sentidos; pero de no amar al Magistral de modo culpable estoy bien segura. Sí, bien segura. Debo huir del Magistral, sí, pero más de don Álvaro. Su pasión es ilegítima también, aunque no repugnante y sacrílega como la del otro... ¡Huiré de los dos!».
No
(… )
Las primeras palabras de amor que Ana, ya vencida, se atrevió a murmurar con voz apasionada y tierna al oído de su vencedor, no el día de la rendición, mucho después, fueron para pedirle el juramento de la constancia...
«Para siempre, Álvaro, para siempre, júramelo; si no es para siempre, esto es un bochorno, es un crimen infame, villano...».
Mesía había jurado, y seguía jurando todos los días, una eternidad de amores.
La idea de la soledad después de aquello, le parecía a la Regenta más horrorosa que en un tiempo se le antojara la imagen del Infierno.
Con amor se podía vivir donde quiera, como quiera, sin pensar más que en el amor mismo...; pero sin él... volverían los fantasmas negros que ella a veces sentía rebullir allá en el fondo de su cabeza, como si asomaran en un horizonte muy lejano, cual primeras sombras de una noche eterna, vacía, espantosa. Ana sentía que acabarse el amor, aquella pasión absorbente, fuerte, nueva, que gozaba por la primera vez en la vida, sería para ella comenzar la locura.
«Sí, Álvaro; si tú me dejaras me volvería loca de fijo; tengo miedo a mi cerebro cuando estoy sin ti, cuando no pienso en ti. Contigo no pienso más que en quererte».
Esto solía decir ella en brazos de su amante, gozando sin hipocresía, sin la timidez, que fue al principio real, grande, molesta para Mesía, pero que al desaparecer no dejó en su lugar fingimiento. Ana se entregaba al amor para sentir con toda la vehemencia de su temperamento, y con una especie de furor que groseramente llamaba Mesía, para sí, hambre atrasada.
Él estuvo el primer mes asustado. Si los primeros días renegaba del miedo, de la ignorancia y de los escrúpulos (absurdos en una mujer casada de treinta años, según la filosofía del Presidente del Casino), pronto vio tan colmada la medida de sus deseos, que llegó a inquietarle «otro aspecto» de sus amores. Nunca había sido más feliz. ¿Quería satisfacer el amor propio a quien la edad empezaba a dar algunos disgustos? Pues Ana, la mujer más hermosa de Vetusta, le adoraba; y le adoraba por él, por su persona, por su cuerpo, por el físico. Muchas veces, si a él le daba por hablar largo, y tendido, ella le tapaba la boca con la mano y le decía en éxtasis de amor: «No hables». Mesía no echaba esto a mala parte; también él reconocía que lo mejor era callar, dejarse adorar por buen mozo. ¿Quería satisfacer caprichos de la carne ahíta, gozar delicias delicadas de los sentidos? Pues la misma ignorancia de Ana y la fuerza de su pasión y las circunstancias de su vida anterior y las condiciones de su temperamento y la de su hermosura facilitaban estos alambicados goces del gallo, corrido y gastado, pero capaz de morir de placer sin miedo. Y a pesar de tanta felicidad, Mesía estaba intranquilo.
-Está usted desmejorado -le decía Somoza.   
-Cuidado -repetía Visitación.
Y él mismo notaba que su rostro perdía la lozana apariencia que había recobrado en aquellos meses de buena vida, de ejercicio y abstinencia que él, prudentemente, había observado antes de dar el ataque decisivo a la fortaleza de la Regenta.
«Sí, sentía que dentro de su cuerpo había algo que hacía crac de cuando en cuando. Había polilla por allá dentro. Y lo que él temía no era la enfermedad por la enfermedad, la vejez por la vejez; no; era buen soldado del amor, héroe del placer, sabría morir en el campo de batalla. Su inquietud era por otro motivo. Morir, bueno; pero decaer y decaer en presencia de Ana era horroroso; era ridículo y era infame. Sí; él faltaba a su juramento envejeciendo, perdiendo fuerzas. Recordaba con escalofríos épocas pasadas en que decadencias pasajeras, producidas por excesos de placer, le habían obligado a recurrir a expedientes bochornosos, buenos para referirlos entre carcajadas en el Casino, a última hora, a Paco, a Joaquín y demás trasnochadores, para referirlos después de pasados, cuando el vigor volvía y ya las trazas cómicas no eran necesarias; pero expedientes odiosos como la miseria y sus engaños. Aquel fingir juventud, virilidad, constancia en el amor corporal, parecíale a don Álvaro semejante a los recursos de la pobreza ostentosa que describe Quevedo en el Gran Tacaño. Él también había sido más de una vez, después de pródigo, el Gran Tacaño del amor... Pero las trazas antiguas serían imposibles ahora, si llegara el caso de necesitarlas... «No, antes huir o pegarse un tiro. Ana, la pobre Ana, tenía derecho a una juventud eterna e inagotable». Pero estas ideas tristes, aprensiones de la edad, venían de tarde en tarde; lo más del tiempo semejante inquietud dejaba libre al Tenorio vetustense gozando de aquellos amores que reputaba la gloria más alta de su vida. Por su parte se confesaba todo lo enamorado que él podía estarlo de quien no fuese don Álvaro Mesía. Después del Presidente del Casino ningún ser de la tierra le parecía más digno de adoración que su dócil Ana, su Ana frenética de amor, como él había esperado siempre aun en los días de mayor apartamiento. Don Álvaro no se confesaba a sí mismo, que había habido un tiempo en que perdiera la esperanza de vencer a la Regenta. ¡La tenía ahora tan vencida!
Mejor que nunca lo conoció cuando hubo que dar la gran batalla para trasladar al caserón de los Ozores el nido del amor adúltero. Ana se opuso, lloró, suplicó... «no, no; eso no, Álvaro, por Dios no, eso nunca». Y resistió muchos días a las súplicas del amante que se quejaba de lo poco y deprisa y sin comodidad que gozaba de su amor. Casi siempre se veían en casa de Vegallana; allí eran sus cariños furtivos, precipitados; pero el reposado dominio de horas y horas de voluptuosa intimidad no era posible conseguirlo, si no se buscaba lugar menos expuesto a sobresaltos, intermitencias y disimulos. Ana se negaba a acudir a un rincón de amores que Álvaro prometía buscar; el mismo Álvaro confesaba que era difícil encontrar semejante rincón seguro en un pueblo tan atrasado como Vetusta. Además, el lugar que él pudiera encontrar, al cabo tenía que parecerle repugnante a ella; y como en Ana la imaginación influía tanto, el desprecio del albergue podía llevarla a la repugnancia del adulterio... No había más remedio que tomar por asilo el caserón de los Ozores. Era lo más seguro, lo más tranquilo, lo más cómodo. Comprendía Álvaro los escrúpulos de Ana, pero se propuso vencerlos y los venció. Sin embargo, si los obstáculos del orden puramente moral, los escrúpulos místicos, como se decía Álvaro con frase tan impropia como horriblemente grosera, se dejaron a un lado, a fuerza de pasión, los inconvenientes materiales, las precauciones del miedo opusieron dificultades de más importancia. A don Álvaro se le ocurría que sin tener de su parte a una criada, a la doncella mejor, era todo sino imposible muy difícil; pero ni siquiera se atrevió a proponer a Anita su idea; la vio siempre desconfiada, mostrando antipatía mal oculta hacia Petra, y comprendió además que era muy nueva la Regenta en esta clase de aventuras, para llegar al cinismo de ampararse de domésticas, y menos sabiendo de ellas que eran solicitadas por su marido.
TEXTO 10
El Magistral estaba pensando que el cristal helado que oprimía su frente parecía un cuchillo que le iba cercenando los sesos; y pensaba además que su madre al meterle por la cabeza una sotana le había hecho tan desgraciado, tan miserable, que él era en el mundo lo único digno de lástima. La idea vulgar, falsa y grosera de comparar al clérigo con el eunuco se le fue metiendo también por el cerebro con la humedad del cristal helado. «Sí, él era como un eunuco enamorado, un objeto digno de risa, una cosa repugnante de puro ridícula... Su mujer, la Regenta, que era su mujer, su legítima mujer, no ante Dios, no ante los hombres, ante ellos dos, ante él sobre todo, ante su amor, ante su voluntad de hierro, ante todas las ternuras de su alma, la Regenta, su hermana del alma, su mujer, su esposa, su humilde esposa... le había engañado, le había deshonrado, como otra mujer cualquiera; y él, que tenía sed de sangre, ansias de apretar el cuello al infame, de ahogarle entre sus brazos, seguro de poder hacerlo, seguro de vencerle, de pisarle, de patearle, de reducirle a cachos, a polvo, a viento; él atado por los pies con un trapo ignominioso, como un presidiario, como una cabra, como un rocín libre en los prados, él, misérrimo cura, ludibrio de hombre disfrazado de anafrodita, él tenía que callar, morderse la lengua, las manos, el alma, todo lo suyo, nada del otro, nada del infame, del cobarde que le escupía en la cara porque él tenía las manos atadas... ¿Quién le tenía sujeto? El mundo entero... Veinte siglos de religión,  millones de espíritus ciegos, perezosos, que no veían el absurdo porque no les dolía a ellos, que llamaban grandeza, abnegación, virtud a lo que era suplicio injusto, bárbaro, necio, y sobre todo cruel... cruel... Cientos de papas, docenas de concilios, miles de pueblos, millones de piedras de catedrales y cruces y conventos... toda la historia, toda la civilización, un mundo de plomo, yacían sobre él, sobre sus brazos, sobre sus piernas, eran sus grilletes... Ana que le había consagrado el alma, una fidelidad de un amor sobrehumano, le engañaba como a un marido idiota, carnal y grosero... ¡Le dejaba para entregarse a un miserable lechuguino, a un fatuo, a un elegante de similor, a un hombre de yeso... a una estatua hueca!... Y ni siquiera lástima le podía tener el mundo, ni su madre que creía adorarle, podía darle consuelo, el consuelo de sus brazos y sus lágrimas... Si él se estuviera muriendo, su madre estaría a sus pies mesándose el cabello, llorando desesperada; y para aquello, que era mucho peor que morirse, mucho peor que condenarse... su madre no tenía llanto, abrazos, desesperación, ni miradas siquiera... Él no podía hablar, ella no podía adivinar, no debía... No había más que un deber supremo, el disimulo; silencio... ¡ni una queja, ni un movimiento! Quería correr, buscar a los traidores, matarlos... ¿sí? pues silencio... ni una mano había que mover, ni un pie fuera de casa... Dentro de un rato sí, ¡a coro a coro! ¡Tal vez a decir misa... a recibir a Dios!». El Provisor sintió una carcajada de Lucifer dentro del cuerpo; sí, el diablo se le había reído en las entrañas... ¡y aquella risa profunda, que tenía raíces en el vientre, en el pecho, le sofocaba... y le asfixiaba!...
TEXTO 14
El Magistral dio otra absolución y llamó con la mano a otra beata... La capilla se iba quedando despejada. Cuatro o cinco bultos negros, todos absueltos, fueron saliendo silenciosos, de rato en rato; y al fin quedaron solos la Regenta, sobre la tarima del altar, y el Provisor dentro del confesionario.
Ya era tarde. La catedral estaba sola. Allí dentro ya empezaba la noche.
Ana esperaba sin aliento, resucita a acudir, la seña que la llamase a la celosía...
Pero el confesionario callaba. La mano no aparecía, ya no crujía la madera.
Jesús de talla, con los labios pálidos entreabiertos y la mirada de cristal fija, parecía dominado por el espanto, como si esperase una escena trágica inminente.
Ana, ante aquel silencio, sintió un terror extraño...
Pasaban segundos, algunos minutos muy largos, y la mano no llamaba...
La Regenta, que estaba de rodillas, se puso en pie con un valor nervioso que en las grandes crisis le acudía... y se atrevió a dar un paso hacia el confesionario.
Entonces crujió con fuerza el cajón sombrío, y brotó de su centro una figura negra, larga. Ana vio a la luz de la lámpara un rostro pálido, unos ojos que pinchaban como fuego, fijos, atónitos como los del Jesús del altar...
El Magistral extendió un brazo, dio un paso de asesino hacia la Regenta, que horrorizada retrocedió hasta tropezar con la tarima. Ana quiso gritar, pedir socorro y no pudo. Cayó sentada en la madera, abierta la boca, los ojos espantados, las manos extendidas hacia el enemigo, que el terror le decía que iba a asesinarla.
El Magistral se detuvo, cruzó los brazos sobre el vientre. No podía hablar, ni quería. Temblábale todo el cuerpo, volvió a extender los brazos hacia Ana... dio otro paso adelante... y después clavándose las uñas en el cuello, dio media vuelta, como si fuera a caer desplomado, y con piernas débiles y temblonas salió de la capilla. Cuando estuvo en el trascoro, sacó fuerzas de flaqueza, y aunque iba ciego, procuró no tropezar con los pilares y llegó a la sacristía sin caer ni vacilar siquiera.
Ana, vencida por el terror, cayó de bruces sobre el pavimento de mármol blanco y negro; cayó sin sentido.
La catedral estaba sola. Las sombras de los pilares y de las bóvedas se iban juntando y dejaban el templo en tinieblas.
Celedonio, el acólito afeminado, alto y escuálido, con la sotana corta y sucia, venía de capilla en capilla cerrando verjas. Las llaves del manojo sonaban chocando.
Llegó a la capilla del Magistral y cerró con estrépito.
Después de cerrar tuvo aprensión de haber oído algo allí dentro; pegó el rostro a la verja y miró hacia el fondo de la capilla, escudriñando en la obscuridad. Debajo de la lámpara se le figuró ver una sombra mayor que otras veces...
Y entonces redobló la atención y oyó un rumor como un quejido débil, como un suspiro.
Abrió, entró y reconoció a la Regenta desmayada.
Celedonio sintió un deseo miserable, una perversión de la perversión de su lascivia: y por gozar un placer extraño, o por probar si lo gozaba, inclinó el rostro asqueroso sobre el de la Regenta y le besó los labios.
Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba náuseas.
Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.