lunes, 28 de abril de 2014

TRABAJO ALTERNATIVO A LOS JUEGOS LITERARIOS DEL SÁBADO para Bachillerato

Lea el discurso de Elena Poniatowska (informese sobre nuestra premio Cervantes 2014) y responda:

Señale los temas de este emotivo discurso, comente los párrafos en negrita y explique quiénes son los auténticos protagonistas de los textos de la autora. En el texto se hacen referencias a dos imperios que intentaron e intentar anular y doblegar México y otros países de América Latina (justifique su opinión). Señale algunas de las referencias a autores literarios que hace la autora y la valoración que hace de ellas. Finalmente, indique su opinión sobre el contenido de este discurso.


DISCURSO DE ELENA PONIATOWSKA AL RECIBIR EL CERVANTES
Majestades, Señor Presidente del Gobierno, Señor Ministro de Educación, Cultura y Deporte, Señor Rector de la Universidad de Alcalá de Henares, Señor Presidente de la Comunidad de Madrid, Señor Alcalde de esta ciudad, autoridades estatales, autonómicas, locales y académicas, amigas, amigos, señores y señoras.
Soy la cuarta mujer en recibir el Premio Cervantes, creado en 1976. (Los hombres son treinta y cinco.) María Zambrano fue la primera y los mexicanos la consideramos nuestra porque debido a la Guerra Civil Española vivió en México y enseñó en la Universidad Nicolaíta en Morelia, Michoacán.
Simone Weil, la filósofa francesa, escribió que echar raíces es quizá la necesidad más apremiante del alma humana. En María Zambrano, el exilio fue una herida sin cura, pero ella fue una exiliada de todo menos de su escritura.
La más joven de todas las poetas de América Latina en la primera mitad del siglo XX, la cubana Dulce María Loynaz, segunda en recibir el Cervantes, fue amiga de García Lorca y hospedó en su finca de La Habana a Gabriela Mistral y a Juan Ramón Jiménez. Años más tarde, cuando le sugirieron que abandonara la Cuba revolucionaria respondió que cómo iba a marcharse si Cuba era invención de su familia.
A Ana María Matute, la conocí en El Escorial en 2003. Hermosa y descreída, sentí afinidad con su obsesión por la infancia y su imaginario riquísimo y feroz.
María, Dulce María y Ana María, las tres Marías, zarandeadas por sus circunstancias, no tuvieron santo a quién encomendarse y sin embargo, hoy por hoy, son las mujeres de Cervantes, al igual que Dulcinea del Toboso, Luscinda, Zoraida y Constanza. A diferencia de ellas, muchos dioses me han protegido porque en México hay un dios bajo cada piedra, un dios para la lluvia, otro para la fertilidad, otro para la muerte. Contamos con un dios para cada cosa y no con uno solo que de tan ocupado puede equivocarse.
Del otro lado del océano, en el siglo XVII la monja jerónima Sor Juana Inés de la Cruz supo desde el primer momento que la única batalla que vale la pena es la del conocimiento. Con mucha razón José Emilio Pacheco la definió: “Sor Juana/ es la llama trémula/ en la noche de piedra del virreinato”.
Su respuesta a Sor Filotea de la Cruz es una defensa liberadora, el primer alegato de una intelectual sobre quien se ejerce la censura. En la literatura no existe otra mujer que al observar el eclipse lunar del 22 de diciembre de 1684 haya ensayado una explicación del origen del universo. Ella lo hizo en los 975 versos de su poema “Primero sueño”. Dante tuvo la mano de Virgilio para bajar al infierno, pero nuestra Sor Juana descendió sola y al igual que Galileo y Giordano Bruno fue castigada por amar la ciencia y reprendida por prelados que le eran harto inferiores.
Sor Juana contaba con telescopios, astrolabios y compases para su búsqueda científica. También dentro de la cultura de la pobreza se atesoran bienes inesperados. Jesusa Palancares, la protagonista de mi novela- testimonio “Hasta no verte Jesús mío”, no tuvo más que su intuición para asomarse por la única apertura de su vivienda a observar el cielo nocturno como una gracia sin precio y sin explicación posible. Jesusa vivía a la orilla del precipicio, por lo tanto el cielo estrellado en su ventana era un milagro que intentaba descifrar. Quería comprender por qué había venido a la Tierra, para qué era todo eso que la rodeaba y cuál podría ser el sentido último de lo que veía. Al creer en la reencarnación estaba segura de que muchos años antes había nacido como un hombre malo que desgració a muchas mujeres y ahora tenía que pagar sus culpas entre abrojos y espinas.
Mi madre nunca supo qué país me había regalado cuando llegamos a México, en 1942, en el “Marqués de Comillas”, el barco con el que Gilberto Bosques salvó la vida de tantos republicanos que se refugiaron en México durante el gobierno del general Lázaro Cárdenas. Mi familia siempre fue de pasajeros en tren: italianos que terminan en Polonia, mexicanos que viven en Francia, norteamericanas que se mudan a Europa. Mi hermana Kitzia y yo fuimos niñas francesas con un apellido polaco. Llegamos “a la inmensa vida de México” —como diría José Emilio Pacheco—, al pueblo del sol. Desde entonces vivimos transfiguradas y nos envuelve entre otras encantaciones, la ilusión de convertir fondas en castillos con rejas doradas.
Las certezas de Francia y su afán por tener siempre la razón palidecieron al lado de la humildad de los mexicanos más pobres. Descalzos, caminaban bajo su sombrero o su rebozo. Se escondían para que no se les viera la vergüenza en los ojos. Al servicio de los blancos, sus voces eran dulces y cantaban al preguntar: “¿No le molestaría enseñarme cómo quiere que le sirva?”
Aprendí el español en la calle, con los gritos de los pregoneros y con unas rondas que siempre se referían a la muerte. “Naranja dulce,/ limón celeste,/ dile a María/ que no se acueste./ María, María/ ya se acostó,/ vino la muerte/y se la llevó”. O esta que es aún más aterradora: “Cuchito, cuchito/ mató a su mujer/ con un cuchillito/ del tamaño de él./ Le sacó las tripas/ y las fue a vender./ —¡Mercarán tripitas/ de mala mujer!”
Todavía hoy se mercan las tripas femeninas. El pasado 13 de abril, dos mujeres fueron asesinadas de varios tiros en la cabeza en Ciudad Juárez, una de 15 años y otra de 20, embarazada. El cuerpo de la primera fue encontrado en un basurero.
Recuerdo mi asombro cuando oí por primera vez la palabra “gracias” y pensé que su sonido era más profundo que el “merci” francés. También me intrigó ver en un mapa de México varios espacios pintados de amarillo marcados con el letrero: “Zona por descubrir”. En Francia, los jardines son un pañuelo, todo está cultivado y al alcance de la mano. Este enorme país temible y secreto llamado México, en el que Francia cabía tres veces, se extendía moreno y descalzo frente a mi hermana y a mí y nos desafiaba: “Descúbranme”. El idioma era la llave para entrar al mundo indio, el mismo mundo del que habló Octavio Paz, aquí en Alcalá de Henares en 1981, cuando dijo que sin el mundo indio no seríamos lo que somos.
¿Cómo iba yo a transitar de la palabra París a la palabra Parangaricutirimicuaro? Me gustó poder pronunciar Xochitlquetzal, Nezahualcóyotl o Cuauhtémoc y me pregunté si los conquistadores se habían dado cuenta quiénes eran sus conquistados.
Quienes me dieron la llave para abrir a México fueron los mexicanos que andan en la calle. Desde 1953, aparecieron en la ciudad muchos personajes de a pie semejantes a los que don Quijote y su fiel escudero encuentran en su camino, un barbero, un cuidador de cabras, Maritornes la ventera. Antes, en México, el cartero traía uniforme cepillado y gorra azul y ahora ya ni se anuncia con su silbato, solo avienta bajo la puerta la correspondencia que saca de su desvencijada mochila. Antes también el afilador de cuchillos aparecía empujando su gran piedra montada en un carrito producto del ingenio popular, sin beca del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, y la iba mojando con el agua de una cubeta. Al hacerla girar, el cuchillo sacaba chispas y partía en el aire los cabellos en dos; los cabellos de la ciudad que en realidad no es sino su mujer a la que le afila las uñas, le cepilla los dientes, le pule las mejillas, la contempla dormir y cuando la ve vieja y ajada le hace el gran favor de encajarle un cuchillo largo y afilado en su espalda de mujer confiada. Entonces la ciudad llora quedito, pero ningún llanto más sobrecogedor que el lamento del vendedor de camotes que dejó un rayón en el alma de los niños mexicanos porque el sonido de sus carritos se parece al silbato del tren que detiene el tiempo y hace que los que abren surcos en la milpa levanten la cabeza y dejen el azadón y la pala para señalarle a su hijo: “Mira el tren, está pasando el tren, allá va el tren; algún día, tú viajarás en tren”.
Tina Modotti llegó de Italia pero bien podría considerarse la primera fotógrafa mexicana moderna. En 1936, en España cambió de profesión y acompañó como enfermera al doctor Norman Bethune a hacer las primeras transfusiones de sangre en el campo de batalla. Treinta y ocho años más tarde, Rosario Ibarra de Piedra se levantó en contra de una nueva forma de tortura, la desaparición de personas. Su protesta antecede al levantamiento de las Madres de Plaza de Mayo con su pañuelo blanco en la cabeza por cada hijo desaparecido. “Vivos los llevaron, vivos los queremos”.
La última pintora surrealista, Leonora Carrington pudo escoger vivir en Nueva York al lado de Max Ernst y el círculo de Peggy Guggenheim pero, sin saber español, prefirió venir a México con el poeta Renato Leduc, autor de un soneto sobre el tiempo que pienso decirles más tarde si me da la vida para tanto.
Lo que se aprende de niña permanece indeleble en la conciencia y fui del castellano colonizador al mundo esplendoroso que encontraron los conquistadores. Antes de que los Estados Unidos pretendieran tragarse a todo el continente, la resistencia indígena alzó escudos de oro y penachos de plumas de quetzal y los levantó muy alto cuando las mujeres de Chiapas, antes humilladas y furtivas, declararon en 1994 que querían escoger ellas a su hombre, mirarlo a los ojos, tener los hijos que deseaban y no ser cambiadas por una garrafa de alcohol. Deseaban tener los mismos derechos que los hombres.
“¿Quien anda ahí?” “Nadie”, consignó Octavio Paz en “El laberinto de la soledad”. Muchos mexicanos se ningunean. “No hay nadie” —contesta la sirvienta. “¿Y tú quien eres?” “No, pues nadie”. No lo dicen para hacerse menos ni por esconderse sino porque es parte de su naturaleza. Tampoco la naturaleza dice lo que es ni se explica a sí misma, simplemente estalla. Durante el terremoto de 1985, muchos jóvenes punk de esos que se pintan los ojos de negro y el pelo de rojo, con chalecos y brazaletes cubiertos de estoperoles y clavos arribaban a los lugares siniestrados, edificios convertidos en sándwich, y pasaban la noche entera con picos y palas para sacar escombros que después acarreaban en cubetas y carretillas. A las cinco de la mañana, ya cuando se iban, les pregunté por su nombre y uno de ellos me respondió: “Pues póngame nomás Juan”, no sólo porque no quería singularizarse o temiera el rechazo sino porque al igual que millones de pobres, su silencio es también un silencio de siglos de olvido y de marginación.
Tenemos el dudoso privilegio de ser la ciudad más grande del mundo: casi 9 millones de habitantes. El campo se vacía, todos llegan a la capital que tizna a los pobres, los revuelca en la ceniza, les chamusca las alas aunque su resistencia no tiene límites y llegan desde la Patagonia para montarse en el tren de la muerte llamado “La Bestia” con el sólo fin de cruzar la frontera de Estados Unidos.
En 1979, Marta Traba publicó en Colombia una “Homérica Latina” en la que los personajes son los perdedores de nuestro continente, los de a pie, los que hurgan en la basura, los recogedores de desechos de las ciudades perdidas, las multitudes que se pisotean para ver al Papa, los que viajan en autobuses atestados, los que se cubren la cabeza con sombreros de palma, los que aman a Dios en tierra de indios. He aquí a nuestros personajes, los que llevan a sus niños a fotografiar ya muertos para convertirlos en “angelitos santos”, la multitud que rompe las vallas y desploma los templetes en los desfiles militares, la que de pronto y sin esfuerzo hace fracasar todas las mal intencionadas políticas de buena vecindad, esa masa anónima, oscura e imprevisible que va poblando lentamente la cuadrícula de nuestro continente; el pueblo de las chinches, las pulgas y las cucarachas, el miserable pueblo que ahora mismo deglute el planeta. Y es esa masa formidable la que crece y traspasa las fronteras, trabaja de cargador y de mocito, de achichincle y lustrador de zapatos —en México los llamamos boleros—. El novelista José Agustín declaró al regresar de una universidad norteamericana: “Allá, creen que soy un limpiabotas venido a más”. Habría sido mejor que dijera “un limpiabotas venido a menos”. Todos somos venidos a menos, todos menesterosos, en reconocerlo está nuestra fuerza. Muchas veces me he preguntado si esa gran masa que viene caminando lenta e inexorablemente desde la Patagonia a Alaska se pregunta hoy por hoy en qué grado depende de los Estados Unidos. Creo más bien que su grito es un grito de guerra y es avasallador, es un grito cuya primera batalla literaria ha sido ganada por los chicanos.
Los mexicanos que me han precedido son cuatro: Octavio Paz en 1981, Carlos Fuentes en 1987, Sergio Pitol en 2005 y José Emilio Pacheco en 2009. Rosario Castellanos y María Luisa Puga no tuvieron la misma suerte y las invoco así como a José Revueltas. Sé que ahora los siete me acompañan, curiosos por lo que voy a decir, sobre todo Octavio Paz.
Ya para terminar y porque me encuentro en España, entre amigos quisiera contarles que tuve un gran amor “platónico” por Luis Buñuel porque juntos fuimos al Palacio Negro de Lecumberri —cárcel legendaria de la ciudad de México—, a ver a nuestro amigo Álvaro Mutis, el poeta y gaviero, compañero de batallas de nuestro indispensable Gabriel García Márquez. La cárcel, con sus presos reincidentes llamados “conejos”, nos acercó a una realidad compartida: la de la vida y la muerte tras los barrotes.
Ningún acontecimiento más importante en mi vida profesional que este premio que el jurado del Cervantes otorga a una Sancho Panza femenina que no es Teresa Panza ni Dulcinea del Toboso, ni Maritornes, ni la princesa Micomicona que tanto le gustaba a Carlos Fuentes, sino una escritora que no puede hablar de molinos porque ya no los hay y en cambio lo hace de los andariegos comunes y corrientes que cargan su bolsa del mandado, su pico o su pala, duermen a la buena ventura y confían en una cronista impulsiva que retiene lo que le cuentan.
Niños, mujeres, ancianos, presos, dolientes y estudiantes caminan al lado de esta reportera que busca, como lo pedía María Zambrano, “ir más allá de la propia vida, estar en las otras vidas”.
Por todas estas razones, el premio resulta más sorprendente y por lo tanto es más grande la razón para agradecerlo.
El poder financiero manda no sólo en México sino en el mundo. Los que lo resisten, montados en Rocinante y seguidos por Sancho Panza son cada vez menos. Me enorgullece caminar al lado de los ilusos, los destartalados, los candorosos.
A mi hija Paula, su hija Luna, aquí presente, le preguntó: —Oye mamá, ¿y tú cuántos años tienes?
Paula le dijo su edad y Luna insistió:
—¿Antes o después de Cristo?
Es justo aclararle hoy a mi nieta, que soy una evangelista después de Cristo, que pertenezco a México y a una vida nacional que se escribe todos los días y todos los días se borra porque las hojas de papel de un periódico duran un día. Se las lleva el viento, terminan en la basura o empolvadas en las hemerotecas. Mi padre las usaba para prender la chimenea. A pesar de esto, mi padre preguntaba temprano en la mañana si había llegado el “Excélsior”, que entonces dirigía Julio Scherer García y leíamos en familia. Frida Kahlo, pintora, escritora e ícono mexicano dijo alguna vez: “Espero alegre la salida y espero no volver jamás”.
A diferencia de ella, espero volver, volver, volver y ese es el sentido que he querido darle a mis 82 años. Pretendo subir al cielo y regresar con Cervantes de la mano para ayudarlo a repartir, como un escudero femenino, premios a los jóvenes que como yo hoy, 23 de abril de 2014, día internacional del libro, lleguen a Alcalá de Henares.
En los últimos años de su vida, el astrónomo Guillermo Haro repetía las coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre. Observaba durante horas a una jacaranda florecida y me hacía notar “cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando”. Esa certeza del estrellero también la he hecho mía, como siento mías las jacarandas que cada año cubren las aceras de México con una alfombra morada que es la de la cuaresma, la muerte y la resurrección.
Muchas gracias por escuchar.


TRABAJO ALTERNATIVO a los Juegos Literarios del Sábado para 3º y 4º

 Leed este delicioso cuento de nuestra Premio Cervantes 2014, Elena Poniatowska y responded a las siguientes preguntas:
¿Cuál es su tema? ¿y su estructura? ¿con qué técnica se narra? ¿qué se consigue con ella? ¿Cómo es el protagonista y su interlocutor? ¿cómo consigue la autora describirlos? ¿Qué significa para el personaje secundario regalar su nombre?
Busca información sobre la autora y escribe su biografía a modo de cuento
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La identidad   

Yo venía cansado. Mis botas estaban cubiertas de lodo y las arrastraba como si fueran féretros. La mochila se me encajaba en la espalda, pesada. Había caminado mucho, tanto que lo hacía como un animal que se defiende. Pasó un campesino en su carreta y se detuvo. Me dijo que subiera. Con trabajos me senté a su lado. Calaba frío. Tenía la boca seca, agrietada en la comisura de los labios; la saliva se me había hecho pastosa. Las ruedas se hundían en la tierra dando vueltas lentamente. Pensé que debía hacer el esfuerzo de girar como las ruedas y empecé a balbucear unas cuantas palabras. Pocas. Él contestaba por no dejar y seguimos con una gran paciencia, con la misma paciencia de la mula que nos jalaba por los derrumbaderos, con la paciencia del mismo camino, seco y vencido, polvoso y viejo, hilvanando palabras cerradas como semillas, mientras el aire se enrarecía porque íbamos de subida – casi siempre se va de subida -, hablamos, no sé, del hambre, de la sed, de la montaña, del tiempo, sin mirarnos siquiera. Y de pronto, en medio de la tosquedad de nuestras ropas sucias, malolientes, el uno junto al otro, algo nos atravesó blanco y dulce, una tregua transparente. Y nos comunicamos cosas inesperadas, cosas sencillas, como cuando aparece a lo largo de una jornada gris un espacio tierno y verde, como cuando se llega a un claro en el bosque. Yo era forastero y sólo pronuncié unas cuantas palabras que saqué de mi mochila, pero eran como las suyas y nada más las cambiamos unas por otras. Él se entusiasmó, me miraba a los ojos, y bruscamente los árboles rompieron el silencio. “Sabe, pronto saldrá el agua de las hendiduras.” “No es malo vivir en la altura. Lo malo es bajar al pueblo a echarse un trago porque luego allá andan las viejas calientes. Después es más difícil volver a remontarse, nomás acordándose de ellas”… Dijimos que se iba a quitar el frío, que allá lejos estaban los nubarrones empujándolo y que la cosecha podía ser buena. Caían nuestras palabras como gruesos terrones, como varas resecas, pero nos entendíamos.

            Llegamos al pueblo donde estaba el único mesón. Cuando bajé de la carreta empezó a buscarse en todos los bolsillos, a vaciarlos, a voltearlos al revés, inquieto, ansioso, reteniéndome con los ojos: “¿Qué le regalaré? ¿Qué le regalo? Le quiero hacer un regalo…” Buscaba a su alrededor, esperanzado, mirando el cielo, mirando el campo. Hurgoneó de nuevo en su vestido de miseria, en su pantalón tieso, jaspeado de mugre, en su saco usado, amoldado ya a su cuerpo, para encontrar el regalo. Vio hacia arriba, con una mirada circular que quería abarcar el universo entero. El mundo permanecía remoto, lejano, indiferente. Y de pronto, todas las arrugas de su rostro ennegrecido, todos esos surcos escarbados de sol a sol, me sonrieron. Todos los gallos del mundo habían pisoteado su cara llenándola de patas. Extrajo avergonzado un papelito de no sé dónde, se sentó nuevamente en la carreta y apoyando su gruesa mano sobre las rodillas tartamudeó:

- Ya sé, le voy a regalar mi nombre.


TRABAJO ALTERNATIVO A LOS JUEGOS LITERARIOS DEL SÁBADO PARA 2º c (¡Ójala pueda perdonarme Elena Poniatowska!)

A partir de este cuento contesta a las siguientes preguntas y ESCRIBE OTRO en el que la ladrona sea de palabras.
PREGUNTAS: ¿Cuál es el tema de este cuento? ¿Cuántas partes tiene? ¿Qué significan las palabras subrayadas en rojo y qué tiene en común? Busca información sobre la autora. ¿Qué te ha parecido el cuento?

Cuento "La vendedora de nubes", de Elena Poniatowska, PremioCervantes 2013

La vendedora de nubes es un cuento entrañable, mágico y realista que narra cómo una niña muy pobre decidió vender su nube en el mercado. Historia que habla sobre la amistad, la sencillez y la dicha de disfrutar la naturaleza.

Los marchantes llevan sus centavos liados en un pañuelo; otros los hacen sudar en la apretada cuenca de su mano.
Hay que cuidar el monedero porque los jitomates están de "mírame y no me toques" y la romanita cuesta "un ojo de la cara".
Huele a fritangas, a maíz tostado, a cebolla, a cilantro, y a yerbas el monte. Huele bonito. Los vendedores ofrecen sus alteros de naranjas, sus sandías atrincheradas, sus pirámides de chile poblano que relumbran verde, sus montoncitos de pepitas de calabaza.
Entre los puestos atiborrados de mercancía, uno permanece vacío. Sin embargo, bajo el tendido de manta rosa, una niña se ha parado y espera:
Bueno niña, y tú ¿qué vendes?
 Yo, esta nube.
¿Cuál nube?
La que está allá arriba.
¿Dónde?
Aquí encima, ¿no la ve?
El señor ve que, en efecto, una nube aguarda a prudente distancia.
¡Niña, las nubes no se venden!
Pues yo la tengo que vender porque en mi casa estamos muy pobres.
Yo soy licenciado, niña; y puedo afirmarte que las nubes no son de nadie, por lo tanto no pueden venderse.
Pero ésta sí, es mía: me sigue a todas partes.
En primer lugar, ¿cómo te hiciste de ella?
Una noche la soñé y tal como la soñé amaneció frente a mi puerta.
¡Con mayor razón! ¿Quién vende sueños? La juventud de ahora anda de cabeza.

El licenciado se aleja refunfuñando. Tras él, una señora se detiene. Lleva puestos unos collares tan largos que casi no la dejan avanzar; y brillan tanto, que lastiman los ojos:
A ver, ¿de qué es tu nube?
De agüita, señora.
¿Es importada?
No, señora, es de aquí.
La señora arruga la nariz.
Le puede regar su jardín —insiste la niña, le puede adornar el ventanal de la sala.
¿ Para que parezca cromo?
¡Dios me libre! Las nubes son anticuadas. Decididamente tu nube no tiene nada especial.

La niña sonríe a la nube para animarla. "Olvida el desaire", le dice; y todavía está con la cabeza en el aire cuando un político de traje acharolado medita frente a ella:
Creo que tu nube, niña, puede ser un elemento positivo en mi campaña para diputado. ¿Sabrá escribir letras en el cielo?
Depende de las letras.
Las del nombre del candidato.
Todos las verían escritas encima de la ciudad. Si vienes mañana al centro, a la sede del partido...
Oh, no señor, yo al centro no voy y menos a una oficina. Allá hay mucho esmog, del más denso y negro, y se me tizna mi nube.
Te pago un buen precio.
No señor, fíjese que no.
El político se da la media vuelta.
La niña permanece una hora en medio de su puesto, sin que nadie se acerque, a pesar de que vocea como los papeleros:

- "¿Quién quiere una nube? 
- ¿Quién compra una nube? 
-Una nube limpiecita, sin esmog"; hasta que se cansa y empieza a hablarse a sí misma en voz alta: "¡Qué hambre! ¡Lástima que no me pueda comer un pedazo de nube!" Y al oírla un militar la interrumpe.

¿De qué hablas sola, niña; qué tanto murmuras?
Le estaba hablando a mi nube, capitán; le vendo esta nube, una nube de verdad.
Hum... Una nube... No lo había yo pensado, pero podría servir para esconder mis aviones. Nadie se atrevería a sospechar de una nube.
¿Sabe acatar órdenes tu nube?
Entonces, si no es para guerrear, no la quiero. ¡Hasta luego!
Un vagabundo, con su morral deshilachado y su sombrero agujerado ha escuchado y sin más le sonríe.
Y esa nube niña, ¿es tuya?
Sí señor, ¿cómo lo adivinó?
Pues, por el mecatito del cual la traes amarrada.

Yo también de niño tuve una nube y la llevaba jalando como un globo, nomás que se me perdió. Con la edad, se le van perdiendo a uno las cosas.


Un estudiante de mezclilla se metió en la conversación:
A ver, niña, si te la compro, ¿cómo me la llevo?
Pues, desamarro el cordelito y usted la jala.
¿Y en dónde la meto? En mi casa no va a caber.
Sí cabe, cómo no, sí cabe.
Nosotros somos siete y vivimos en un solo cuarto; yo, en la noche, la meto en una botella para que no ande nomás flotando por ahí, arrimándose a otras puertas; vayan decir los vecinos que lo que quiere es que le regalen un taco.
Bueno, y ¿qué come?
Airecito, pero del limpio.
Pero en la mañana, ¿cómo le hago si tengo que ir a clases?
Nomás destapa la botella; la nube sale, bosteza, se estira, se alisa la falda, se esponja y ya la puede usted sacar al patio para que se vaya para arriba de nuevo.
¿Cuánto quieres por ella?
Dos setenta y cinco. Nomás cuídela usted cuando hay tormenta, porque se inquieta mucho; se pone negra de coraje porque ya le anda por irse con las otras. Eso es lo único.
El estudiante se amarra el mecate a la muñeca y la vendedora le da un jalón diciendo "vete nube".
¡Pero la nube no se mueve!
¡Vete nube!,  vuelve a decir la niña, y nada.
El estudiante aburrido de que la nube se taimara, le entrega el mecate a la niña y se va pensando en qué le regalara ahora a su novia.
La niña desconcertada, mira su nube y esta enojada se coloca gris y comienza a mojarla solo a ella…para nube por favor  que tengo frío, pero la nube no paraba de mojarla….
El vagabundo quiso rescatarla pero él también terminó empapado.
Y entonces la nube habló, ¿por qué ya no me quieres más Amanda?, soy tu amiga, compañera, la que te cuida del sol, del frío y te esconde cada vez que quieres…¿acaso te he fallado?
 
Amanda se puso a llorar y sus lágrimas se confundían con la lluvia, entonces la nube se hizo a un lado y le dijo a su amigo sol que por favor secara a sus amigos. Y así se hizo.
En eso un pequeño arco iris salió desde la nube al suelo…y entonces el vagabundo que era muy ingenioso grito ¡Amanda ya sé cómo podemos tener dinero para comer!!!

 Y así, todos los días y en la misma plaza, los niños del pueblo suben por el arco iris llegando a la nube que los eleva por los aires una y otra vez.

El vagabundo reúne las risas de los niños para venderlas a los Licenciados, políticos, militares, señoras con collares y estudiantes apurados, y con esto hasta le salió una panza.
De tanta comida que puede comprar.
Amanda, la niña Amanda, compró una casa con 8 dormitorios, y en una de ellas tiene una esponjosa y celeste cama para su mejor y buena amiga Nube.

miércoles, 23 de abril de 2014

PROPUESTA DE COMENTARIO

COMENTARIO DE TEXTO SONETO XXIII DE GARCILASO DE LA VEGA

                                    
                                       En tanto que de rosa y azucena
                                   se muestra la color en vuestro gesto,
                                   y que vuestro mirar ardiente, honesto,
                                   enciende el corazón y lo refrena,
                        5             y en tanto que el cabello, que en la vena
                                   del oro se escogió, con vuelo presto
                                   por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
                                   el viento mueve, esparce y desordena:,
                                      coged de vuestra alegre primavera
                        10       el dulce fruto antes que el tiempo airado
                                   cubra de nieve la hermosa cumbre.
                                      Marchitará la rosa el viento helado,
                                   todo lo mudará la edad ligera
                                   por no hacer mudanza en su costumbre.

1.    INTRODUCCIÓN AL AUTOR Y LA ÉPOCA


Esta composición lírica es una de las más conocidas del poeta toledano Garcilaso de la Vega (1501-1536), introductor de la poesía renacentista de influencia petrarquista y máximo exponente de este movimiento poético durante la primera mitad del siglo XVI. Garcilaso es el perfecto cortesano renacentista ya que aúna “armas y letras”.
Su producción literaria, exclusivamente poética, es corta; en metros italianistas: tres églogas, dos elegías, cinco canciones, una oda, una epístola y treinta y ocho sonetos. El poema que nos ocupa es el soneto XXIII y puede estar inspirado en Isabel Freyre, dama portuguesa de la reina, de la que estuvo muy enamorado. Tanto es así que parece probable que su vida amorosa quede reflejada en su Égloga I en la que el pastor Salicio desesperado por la indiferencia de Galatea reflejaría su propia desesperación al saber que Isabel se ha casado con un rico comerciante toledano, mientras que el pastor Nemoroso lloraría la muerte de Elisa, al igual que Garcilaso se lamenta cuando Isabel muere.
El momento literario en el que escribe es el Renacimiento que ocupa el s. XVI, este siglo se ve marcado por un movimiento intelectual llamado Humanismo que sitúa al hombre en el centro de todo (Antropocentrismo) y recupera el arte y los textos clásicos olvidados durante la Edad Media. Reflejo de este movimiento es la poesía amorosa de Garcilaso netamente neoplatónica: la belleza de la naturaleza, la mujer y el arte nos ponen en contacto con la divinidad. Reflejo de esta influencia clásica es también la poesía de Fray Luis que retoma la idea pitagórica de la música como elemento que mantiene el orden en el universo. En el XVI cambia la sociedad que pasa de ser feudal a ser urbana, apareciendo nuevas clases sociales como la burguesía (artesanos y comerciantes) que buscarán relaciones ya no basadas en la fidelidad sino en lo salarial. Unido a esto y a la revolucionaria aparición de la imprenta se generará un público lector que será consumidor de un nuevo género: la novela. La literatura dejará de ser oral y anónima y se trasmitirá oralmente y será de autor. La cultura ya no se guarda en los monasterios como en la Edad Media, sino que ya estará en las Universidades y en la calle. En cuanto a la espiritualidad pasamos de una sociedad teocéntrica a una sociedad que busca las raíces del cristianismo primitivo y la auténtica religiosidad con movimientos como el ascetismo y el misticismo que darán lugar a una literatura muy especial.


Tema Y Estructura


 Invitación a disfrutar de la juventud y belleza.
 La primera parte compuesta por los dos tercetos hace una descripción de la belleza juvenil de la dama.
La segunda es una invitación al carpe diem y se corresponde con el primer terceto.
La tercera, el último terceto, formula un aviso de lo que sucederá con el paso del tiempo.


Comentario Lingüístico



l  Comentacio fonético 
Se trata de un soneto de estructura clásica, compuesto por 14 versos endecasílabos de rima consonante, distribuidos en dos cuartetos (ABBA ABBA) y dos tercetos  (CDE DCE). Es una estrofa culta de origen italiano, introducida por Garcilaso de la Vega.
Es de destacar el imperativo, que marca una exhortación, que aparece en el 1º terceto, pieza clave del poema.
·         Comentario morfosintáctico
Los nombres son básicamente concretos y se agrupan en los
campos semánticos de: elementos de la naturaleza (rosa, azucena, luz, oro,…), de las partes del rostro (gesto, mirar, cuello) y los referidos al tiempo (edad, mudanza, primavera) perfectamente enlazados y vinculados a los tres temas señalados en la estructura.

La adjetivación adquiere una gran importancia ya que la primera parte es una descripción de la dama (tú poético) y por eso se repiten los adjetivos posesicos (“vuestro gesto”, “vuestro mirar”). Los abundantes adjetivos especificativos determinan la belleza de la dama (“mirar ardiente, honesto”, “clara luz”. “vuelo presto”, hermoso cuello blanco, enhiesto”; en el primer terceto los adjetivos son epítetos: alegre primavera”, dulce fruto”, “hermosa cumbre”). En el segundo terceto la adjetivación se hace negativa ya que refleja el paso del tiempo ( “viento helado”, “edad ligera”). Se destacan también los dos epítetos alegre primavera”, “clara luz” que inciden en lo dicho.

En cuanto a los tiempos verbales, observamos su adecuación a la estructura: presente en los cuartetos descriptivos; imperativo, en el primer terceto, es decir, en la invitaciónal carpe diem; y futuro, en el segundo terceto, para expresar los efectos del paso del tiempo. Los tres presentes del v. 8 (“el viento mueve, esparce y desordena ), tratan de hacernos imaginar esa hermosa cabellera rubia movida por el viento.


                Sintácticamente hay que señalar la combinación de subordinadas temporales (“En tanto que…”) de los dos cuartetos con la oración en imperativo del 1º terceto de la que dependen. EL último terceto une dos oraciones simples en futuro.

               
l  Comentario semántico

La figura literaria predominante es la METÁFORA de tradición clásica utilizada para la descripción hiperbólica de la belleza de la dama. El color pálido de su tez sonrosado en sus mejillas tiene como término imaginario la rosa y la azucena, el rubio de los cabellos es comparado con el oro, el mirar compite con la luz, la alegre primavera nos hace imaginar la juventud y la nieve en la alta cumbre,  la vejez.
             

            Conclusión

            Se trata de un claro ejemplo de lírica renacentista en la que el optimismo y el deseo edónico del disfrute de la vida tienen clara contraposición con la mentalidad medieval. La perfección formal es indiscutible, todo en el poema “cuadra” como en una perfecta ecuación: la estructura tiene su reflejo en el uso que se hace de todos los elementos lingüísticos.
El amor humano y la admiración que el poeta debió sentir por Isabel Freire también se percibe en estos versos.